Conversaciones de Mayores

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Desde que nace, el ser humano está destinado a crecer y envejecer hasta fallecer. Envejecer es una oportunidad; la alternativa, es morir. Sin embargo, vivir significa perder. En ese transcurrir del tiempo, inevitablemente se sufre la pérdida de seres queridos. Es entonces cuando la persona se enfrenta a un proceso de duelo que puede ser más o menos extenso, porque el duelo es dolor, tal y como el origen de la palabra indica. «Es un proceso de adaptación a la nueva situación que genera la pérdida y cada uno lo vive de manera muy personal y distinta». Así lo aseguró José Carlos Bermejo, director del Centro de Humanización de la Salud, en las «Jornadas de mayores», organizada por ABC en el marco del acuerdo de colaboración entre la Fundación Bancaria “la Caixa” y la Consejería de Políticas Sociales, Familia, Igualdad y Justicia del Gobierno de La Rioja, en convenio con el Ayuntamiento de Logroño.

En su intervención, este experto explicó que el duelo supone un «trabajo» que pesa mucho y requiere tiempo, como parte de un proceso que conlleva unas tareas para que se viva de manera «normalizada» y que el dolor no se enquiste, complique o paralice la vida cotidiana. No hay que olvidar nunca –matizó– que el duelo es la otra cara del amor; al que ama, le duele la pérdida; donde no hay amor, no hay dolor».

Para superar esta fase, José Carlos Bermejo apuntó que los recursos más importantes son uno mismo, los familiares y los amigos más cercanos, aunque «hay veces que este periodo se complica y se requiere una intervención exterior. Ocurre, por ejemplo, cuando una mujer se queda viuda y, al principio tiene la cercanía de sus hijos, pero, después, cuando cada uno vuelve a su vida, la mujer se siente enferma porque, una oportunidad que la naturaleza le ha dado para abordar su sufrimiento es enfermar, que es un camino con el que el duelo da la cara. La enfermedad es el síntoma de haberse quedado sola tras morir su esposo».

Sobrellevar el sufrimiento

Matizó que hay muchos tipos de duelos, pero que existe una serie de pautas para que no suponga una complicación más allá del puro dolor de la pérdida. En primer lugar, explicó que no se deben comparar los sufrimientos. «Es mejor describir y respetar de manera sagrada el sentimiento de cada persona. Comparar si un dolor es mayor que otro no tiene sentido. Todo el mundo sabe que hay ciertos vínculos que son indescriptibles, como perder a un hijo, que es algo que no tiene nombre. Perder al padre sí, uno se queda huérfano; perder a la pareja también, uno se queda viudo, pero, ¿perder a un hijo? No existe una palabra que lo defina».

También señaló que, aunque resulte difícil, hay que aceptar la realidad de la pérdida y superar los dinamismos de negación. «La naturaleza ya se encarga por la noche de que soñemos con el ser querido, y así parece que esta vivo, o que parezca que le vemos de día como si fueran alucinaciones, que pueden dificultar esta aceptación».

«Quizá se piense que el sentimiento más habitual en el duelo es la tristeza, pero el más difícil de manejar es la culpa»

Otra de sus recomendaciones es la necesidad de dar expresión a los sentimientos. «Quizá se piense que el sentimiento más habitual en el duelo es la tristeza, pero el más difícil de manejar es la culpa, normalmente irracional porque tenemos fantasmas internos. El que no narra lo que siente no se desahoga y el que no se desahoga, se ahoga en su sufrimiento. Tenemos el derecho y deber de contar cómo nos sentimos y que nadie nos juzgue si es normal o no».

La dificultad de aceptar que ya no está

En tercer lugar, señaló la conveniencia de adaptarse a la idea de que el difunto ya no está. Explicó que hay quien dirá que no puede desmontar la habitación, quitar sus enseres del baño, vaciar su armario... «Mantener todas sus cosas no va a delvolver a la vida al ser querido. Una tarea del duelo es adaptarse a un mundo en el que el difunto ya no va a estar de manera física. Por eso, hay que retirar cuanto antes sus cosas, quitar su firma del banco, el nombre del buzón...».

Por último, destacó la importancia de aprender a invertir energía emotiva en nuevas relaciones, lo que no significa olvidar, lo que sería un maltrato a uno mismo y una especie de afrenda contra el ser querido. «Hay que honrar la memoria del fallecido, pero cuando uno se enquista en el recuerdo y lleva al difunto en cada instante debajo del brazo, se convertirá en un dolor crónico. El duelo, al principio, requiere toda la atención, ya que todo lo que pensamos gira en torno al dolor de la pérdida, pero en ese proceso de adaptación hay que aprovechar la energía liberada al perder al ser querido para invertirla en nuevas pasiones que sirvan a los demás».

La resignación ya no es consuelo

También se debe cultivar el dinamismo de la esperanza. «La humanidad nace cuando los animales en desarrollo empezaron a tratar a los seres queridos fallecidos de una manera distinta al resto de los muertos. Es cuando nacen los cementerios, la esperanza en clave religiosa o antropológica, el anhelo de que la muerte no nos separe de manera eterna. Hoy es posible crecer a pesar del duelo, es lo que se define con la palabra "resiliencia", la hipótesis de poder evolucionar con ocasión de las pérdidas. Las abuelas decían "hay que resignarse", pero hoy la resignación no forma parte de nuestra cultura, sí la posibilidad de salir crecido a pesar de las pérdidas, porque pueden convertirse en un trampolín, no solo para sobrevivir, sino para hacer algo bueno a pesar de perder al ser querido».

«Hay que poner en valor todo lo bueno que tenemos, no solo el dolor de una ausencia»

El problema, según apuntó Rosa Labarta (74 años) –quien perdió a su hijo tras luchar contra un cáncer hace seis años y a su marido un año después–, es que no hemos aprendido a lo largo de los siglos que la muerte es consustancial a la vida. «Vemos la muerte como un gran defecto de la ley de la naturaleza, pero ocurre todos los días y a todos. Hay millones de madres que pierden a sus hijos. Me miro al espejo y veo que mis circustancias son mejores que muchas de ellas porque tengo un techo donde vivir, otro hijo maravilloso, familia, amigos... que me ayudan a seguir viviendo. Hay que poner en valor todo lo bueno que tenemos, no solo el dolor de una ausencia».

Proceso de aceptación

Aseguró que, a pesar del paso del tiempo, ella tiene días más luminosos que otros, pero que intenta pensar en la vida de su hijo, en los momentos que compartió con él, no en su sufrimiento durante la enfermedad o en su ausencia. «Es inevitable echar de menos. No puedo aferrarme a que esté aquí porque en mi vida hay una nueva realidad. Yo tuve la «suerte» de tener seis meses para asumir que le iba a perder. También me ayudó su propia aceptación de la muerte, pese a que por su juventud se merecía vivir. De toda pérdida se puede sacar un poco de ganancia, aunque suene extraño. A mí me ha enseñado a querer más, a ser mejor, a empatizar... Todo eso es un crecimiento».

El caso de Fortunato Rubio (74 años) es distinto. Perdió a su hijo de forma inesperada hace cinco años cuando fue arrollado por un coche. Apuntó que su familia y amigos han sido una gran ayuda para sobrevivir a la ausencia de su hijo porque «es un proceso muy difícil de llevar cuando no esperas la muerte de golpe». En su opinión, hablar de su hijo en cualquier conversación «es muy positivo y me ayuda a mitigar mi gran dolor y sentirme, en cierto modo, aliviado al dar salida a mis pensamientos. Hay que expresarse». Recordó que en los primeros instantes de incredulidad, los abrazos de sus seres queridos fueron muy importantes y que tienen más valor que muchas palabras. Aún así –insistió– a un hijo no se le olvida nunca. La muerte es dolorosa».

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