ACOGIDA FAMILIAR

«No sabía dar besos ni abrazos. A mí nunca me los habían dado»

El 75% de los menores desamparados están institucionalizados y no en familias por desconocimiento

MadridActualizado:

A sus 19 años Patricia Moya ha vivido ya tres vidas. La primera, con su familia biológica, con la que vivió hasta los 6 años. La segunda, hasta los 9, mientras estuvo ingresada en un centro residencial y la tercera, de los 9 hasta este momento, que es el tiempo que ha estado con su familia de acogida. «No fue fácil. Al principio tuvimos serios problemas de convivencia. No sabía dar besos, ni abrazos. A mí nunca me los habían dado. No sabía cómo tenía que comportarme y necesité la ayuda de un terapeuta», relata. «Por fin supe lo que era que alguien se interesara por mí. Por primera vez alguien me revisaba los deberes al llegar a casa, o me preguntaba algo tan simple cómo la ropa que me gustaba. El cariño de un hogar me hizo entender todo lo que esto aporta al buen desarrollo de un niño».

Moya forma parte del afortunado 15% de los 22.000 menores en situación de desamparo en España que han sido acogidos en una familia. Es decir, de los que consiguen unos "padres" que se encargan de su alimentación, de su educación y de procurar al niño el calor de un hogar. El otro 10% lo hace en pisos tutelados y el 75% restante lo hace en centros residenciales, pese a que el internamiento debería ser según los expertos la última opción a adoptar.

A día de hoy, el porcentaje de acogimiento en nuestro país resulta muy bajo, fundamentalmente, por «miedo y desconocimiento», asegura María Aráuz, vicepresidenta de la Asociación de Acogedores de la Comunidad de Madrid ( ADAMCAM) y coordinadora del II Congreso «El Interés Superior del Niño», que tendrá lugar el próximo 19 de noviembre. «No se acoge más por desconocimiento de este sistema, y por miedo a que la familia biológica quiera recuperar al niño», explica Arauz.

Pero la flamante Ley de la Infancia, prosigue esta experta, habla con rigor de los plazos y este «es uno de los primeros pasos para que la situación empiece a revertir», advierte. «porque por primera vez prima el derecho del niño por encima de cualquier otro». Así, explica, «existen las acogidas de urgencia, para niños de entre 0 y 8 años, que conlleva un tiempo estimado y corto hasta que se determine otra medida, existen acogidas temporales, que tienen un principio y un fin y la gente que se presta a ello lo sabe. Hay otras que tienen vocación de permanencia y que, además, son las más frecuentes. El miedo a que te quiten el niño es lícito, pero todos los hijos, sean de acogida o biológicos terminan por irse. Hay lazos más fuertes que los de la sangre».

Rigurosidad

Además la Administración, prosigue la presidenta de ADAMCAM, toma las mismas cautelas que con una adopción: «Hay que superar un proceso y que te den la idoneidad como familia acogedora. La diferencia estriba en que en una adopción, las familias tardan siete o diez años hasta que les dan un niño. En un acogimiento, son los niños los que esperan y saben que cada año que pasa, tienen menos oportunidades de salir de los centros. Ellos conviven con esa ansiedad».

Si bien la Ley supone para los expertos un gran avance, el sistema, recuerda Araúz, «son 17 sistemas, que son las comunidades autonomas que tenemos, cada una con competencias en el tema. Las hay que, como las Islas Baleares o Málaga, ya no tienen niños menores de seis años en centros de acogida, porque han hecho un buen trabajo previo y lo han conseguido, y otras que no, pero tienen que irse preparando». En España, añade, «hay muchísimos centros de menores abiertos, eso es mucho personal trabajando y en algún momento habrá que abordar eso».

Otro temor

El otro gran temor de las familias es la «mochila o la lesión emocional» que pueda llevar al niño, lo que disuade en muchos casos de elegir esta opción, asegura Arauz. «La cuestión es que la única medicina para curar ese tipo de heridas difíciles de sanar es el amor y la convivencia en familia. Cada niño necesita en su infancia de figuras de apego y de un modelo en el que mirarse porque esta es la etapa más importante de la persona, cuando se establecen los cimientos de lo que va a ser su vida luego». «Como dice el psicólogo especialista en Psicología evolutiva Jesús Palacio, cada pequeño necesita de una persona que esté “loca” por él, de alguien que se implique con su vida entera».

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