Foto: Ernesto Agudo/ Vídeo: David García
Familia

ABC reúne a siete jóvenes valores de nuestro país

Pertenecen a disciplinas diferentes pero tienen en común que defienden que «si se quiere algo, se puede conseguir»

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Tienen entre 20 y 35 años. Y son triunfadores. A pesar de su juventud han sabido aprovechar cada pequeña oportunidad que les ha brindado la vida para subir peldaño tras peldaño y sentirse más cerca de esa meta personal y profesional que para ellos, más que un sueño, es una realidad alcanzable.

Se trata de diez jóvenes valores que ABC ha seleccionado por su talento, esfuerzo, constancia y logros. Esta semana siete de ellos han mantenido un encuentro en la Casa de ABC para compartir sus impresiones y demostrar con sus testimonios que los jóvenes tiene un potencial enorme y son capaces de asumir riesgos. Argumentos que no quieren que queden en papel mojado con el firme ánimo de difuminar esa imagen tan dañina que se tiene de la juventud española tildada de vaga, que ni estudia ni trabaja, que espera que se lo den todo hecho y que vive enganchada al botellón.

Así lo corrobora el bailarín sevillano Rubén Olmo (35 años), cuya andadura para conseguir el Premio Nacional de Interpretación de Danza no fue nada fácil. «A los 18 años logré formar parte del Ballet Nacional de España y cuando cumplí los 23 decidí arriesgarme y montar mi propia compañía. La ilusión de mi vida. No salió bien. ¡Me di con la puerta en las narices! Con solo 25 años me arruiné».

Lejos de sucumbir a la tentación de tirar la toalla «aproveché mi juventud para pensar que tenía que intentarlo otra vez, con la ventaja que ya sabía los errores». Poco a poco fue recuperándose económicamente. Ahora tiene su propia compañía y está representando sobre los escenarios «La tentación de Poe», por la que recibió el Premio Nacional de Danza.

Al igual que Rubén tenía decidido desde muy niño que quería ser bailarín, la trayectoria David de Andrés, hoy cocinero y reconocido como el mejor chef de España y Portugal menor de 30 años –tiene 28–, sirve de ejemplo para demostrar que llegar al éxito se puede llegar, en ocasiones «por casualidad».

Este joven de Igualada (Barcelona) compaginaba sus estudios de Arquitectura con los entrenamientos en la Selección Española de Jockey, de la que era capitán. Su hermano, tres años mayor que él, sacó un 9,8 al final de la carrera para ser arquitecto y David pensó que no tenía nada que hacer a su lado. «Debía dar un giro a mi vida».

Al cumplir los 21 años fueron a celebrarlo en familia al restaurante ÀBaC, dotado con dos estrellas Michelin y liderado por Jordi Cruz. Entre plato y plato David decidió dejar Arquitectura y ser cocinero. «A las siete de la mañana del día siguiente me compré una chaquetilla y empecé a trabajar en la cocina de ÀBaC», recuerda.

Confiesa que nunca antes había tocado una sartén. Pero allí se quedó entre fogones durante cuatro años. «Como empecé desde cero y rodeado de los mejores aprendí mucho y decidí abrir mi propio restaurante, Somiatruites». Poco más tarde, su hermano compró una fábrica para curtir pieles y le propuso que le ayudara con el negocio. «Lo hice a escondidas para que no se enterara Jordi e, incluso, escribí una carta de renuncia que estuvo un mes en el bolsillo de mi chaqueta. No me atrevía a entregársela porque se enfadaría muchísimo».

Pero llegó el día. «Le dije que quería hablar con él. “Pues ven”, me dijo, “yo también tengo algo que comentarte”. Mi sorpresa fue mayúscula. Me dijo que quería nombrarme jefe de cocina de ÀBaC. ¡Jefe del mejor restaurante de Barcelona!». Actualmente David –que le confesó sus intenciones con aquella carta– compagina su trabajo en ÀBaC con las responsabilidades de su propio restaurante.

Pero mientras a algunos jóvenes les cuesta definir cuál será su trayectoria profesional, otros lo tienen más claro porque han mamado desde pequeños el trabajo de sus padres. Así lo cuenta Gregorio Peño, que con 32 años ha recibido el Premio Nacional a la Excelencia Artística por la Asociación Española de Críticos de Arte. «Mis bisabuelos, abuelos y mi padre han seguido la tradición de ser alfareros. Yo nací rodeado de arcilla y barro y jugaba siempre en el taller de mi padre en Villafranca de los Caballeros (Toledo)».

A los 19 años se matriculó en la Escuela de Cerámica de Madrid. Aquello cambió todo. «Supe apreciar la artesanía, sobre todo el arte contemporáneo realizado con cerámica por sus infinitas posibilidades».

Creó su propio estudio en el taller de su padre en el pueblo y comenzó a presentarse a premios que le han dado visibilidad a sus obras. Explica que su trabajo es muy sacrificado. «Es una profesión en la que la soledad es tu fiel compañera. En los momentos de inspiración tienes muchas dudas y vives con la incertidumbre de si tu creación es la acertada. Aún así, no trabajo pensando en hacerme millonario, sino en disfrutar con lo que hago».

Asegura que ser alguien en el arte requiere mucho tiempo, paciencia y constancia porque hay que hacer muchas obras buenas. «Los jóvenes, aunque vivamos en un entorno rural, como es mi caso, lejos del mundo que rodea la élite del arte, de los críticos, etc., pueden llegar a ser alguien. Mi obra se ha ido abriendo camino sola a pesar de vivir yo en un pueblo».

A sus 23 años, Darío García, desprende energía y pasión por todo lo que hace. A pesar de su juventud, ha logrado el Premio Adecco a la Idea Más Brillante de España. ¿Su idea? Un sistema de impresión 3D de órganos de pacientes oncológicos para emular, planificar y diseñar cirugías.

Este biólogo por la Universidad Católica de Murcia (UCAM) reconoce que su dedicación es totalmente vocacional. «Siempre me interesé por el mundo de las enfermedades pero, a raíz de una dura experiencia familiar, decidí que tenía que hacer algo para salvar a la humanidad». Fue así como creó Cella Medical Solutions, una empresa que comercializa el producto por el que le dieron el premio, y otros proyectos que tiene en marcha. Cuenta con cinco empleados y logró poner en marcha su negocio con la ayuda de la lanzadera de empresas de la UCAM. «He recibido gran apoyo por parte de las empresas e instituciones, por lo que puedo asegurar que en España se apuesta por la juventud y la innovación». Ahora compagina su negocio con su doctorado coordinado por la UCAM, grupo hospitalario Quirón Salud Torrevieja y el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas.

La historia de éxito de Gabriela Ybarra, autora de «El comensal» estaba escrita en su propia biografía. Estudió empresariales en Nueva York, pero pidió una excedencia de cuatro meses para regresar a España y acompañar a su madre en sus últimos momentos. Al morir, su familia volvió a su rutina pero ella tenía tres meses por delante antes de regresar a EE.UU..

Aprovechó para ir a un taller de literatura. Empezó a escribir sobre el fallecimiento de su madre y el papel de la muerte en su vida, desde que ETA asesinó a su abuelo en 1977. «Me ha sorprendido mucho la gran acogida que ha tenido mi primera novela, incluso desde las diferentes formaciones políticas», asegura. «Aún así –puntualiza–, vivir de la literatura es muy complicado. Seguiré intentándolo con nuevas publicaciones, pero lo cierto es que, de momento, me tengo que ganar la vida de forma muy diferente: analizando redes sociales sobre cosméticos», explica.

Complicado también es vivir de la investigación en España. Al menos así lo considera Vanessa Valdiglesias, que aunque ella se confiesa afortunada porque lleva trabajando diez años en el campo de la investigación, reconoce que todos sus amigos se han marchado al extranjero para poder desarrollar esta labor, «lo que demuestra que los jóvenes sí arriesgamos».

Su tesón y la dedicación la han hecho merecedora del Premio Europeo a la mejor científica menor de 35. Asegura que su profesión «requiere muchas horas de esfuerzo, paciencia y constancia». Además, ha pasado temporadas en muchos países «donde a los jóvenes se nos valora mucho porque saben que somos muy trabajadores, pero en España, por desgracia, no se tiene el mismo concepto de nosotros y se ofrecen contratos muy precarios».

Es madre de un niño y explica que sin la ayuda de su familia no hubiera podido viajar tanto ni dedicar tantas horas porque las medidas de conciliación para compaginar vida laboral y familiar aún no están tan implantadas como la sociedad demanda».

Antonio Fabregat, estudiante de Derecho y ADE en la Universidad Pontificia de Comillas ICADE, es comunicarse. Desde que iba al el colegio ya le gustaba hablar en público. El año pasado participó en el Campeonato Mundial Universitario de Debate de México y ganó el primer premio. Ahora enseña a los alumnos escolares y universitarios a hablar en público «para que la gente sepa comunicar sus ideas».

«En España –explica– hay demasiados prejuicios sobre nuestra generación, pero también hay muchos jóvenes que quiere emprender aunque no saben cómo comunicarlo y venderse. La comunicación debería ser una asignatura obligatoria. Hay que practicar, al menos, dos horas al día y perder el miedo. El 93% de lo que se dice, no es con palabras, sino con gestos, por eso es imprescindible dominar todas las técnicas».

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