Alberto Sánchez, el caníbal de La Guindalera - ABC

La vida del caníbal de La Guindalera en la cárcel: frío y sin signos de arrepentimiento

El joven que descuartizó y se comió a su madre pasa las horas vigilado por dos presos «sombra» y sin hacer actividades

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Es plenamente consciente de lo que hizo, sin embargo, no muestra signos de arrepentimiento ni tristeza. Vigilado las 24 horas del día por los funcionarios de la prisión de Soto del Real y acompañado por dos presos de apoyo en lugar de uno, lo habitual establecido en el protocolo antisuicidio. Tranquilo y sereno; así está Alberto Sánchez Gómez, de 26 años, el presunto parricida que confesó a la Policía Nacional haber descuartizado a su madre, Soledad Gómez, de 66, comerse parte de su cadáver y darle también trozos al perro de la familia, «Koke».

El bautizado como Caníbal de La Guindalera lleva ya dos semanas en la cárcel. La titular del Juzgado de Instrucción número 53 de Madrid ordenó el pasado 23 de febrero esa medida, dos días después de que se descubriera la espeluznante tragedia que se ocultaba en el 1º C de la calle de Francisco Navacerrada del barrio de La Guindalera (Salamanca). Desde el primer día que llegó a Soto, el presunto criminal ha estado en la enfermería y, por el momento, no hay visos de que su situación vaya a cambiar, según explican las fuentes consultadas por ABC.

En una sala de observación acristalada y con la única compañía de los dos presos «sombra», reclusos de confianza que se van turnando de forma que uno siempre está con Alberto. Su labor, tal y como marca el protocolo, es no perderlo de vista y alertar al centro si detectan alguna anomalía en su comportamiento.

La pequeña sala tiene dos camas. En una duerme el parricida confeso; en la otra, uno de sus «compañeros». No disponen de televisión ni de radio o teléfono móvil. Tampoco hay nada para leer. Alberto, que se está adaptando a la vida carcelaria, no ha solicitado material de la biblioteca ni se ha apuntado a ningún taller ni curso.

Alberto lleva en la enfermería desde que llegó a Soto del Real, sin leer y sin hacer deporte

Doce antecedentes

El acusado de un delito de homicidio con la agravante de parentesco está aquejado de una enfermedad mental (se sospecha que psicosis de tipo esquizofrénico) y, probablemente, con un trastorno de personalidad de base añadido y/o agravado por el consumo de estupefacientes. Este peligroso cóctel pudo estallar provocándole un brote, máxime si en los últimos meses no tomaba la medicación.

Así lo explicaba Soledad a sus más íntimos del barrio. Le tenía miedo porque la golpeaba. De hecho, el reo estuvo ingresado tres veces en una unidad de psiquiatría; la mayoría, a instancias de ella. Sin embargo, cuando se recuperaba, pedía el alta voluntaria. Al poco, volvía a casa y se desataba el infierno.

El 21 de febrero se descubrió la atrocidad. Ya lo había anunciado en el parque de Eva Perón entre una nube de vapores etílicos y otras drogas que exacerbaban su enfermedad. Nadie le hizo caso. Su deseo expresado ante un grupo de indigentes lo convirtió en realidad. Quién sabe porqué. Quién sabe porqué guardó restos del cadáver en envases de plástico. Si se conoció el caso fue gracias a una amiga, que acudió a denunciar a comisaría porque que llevaba un mes sin saber nada de Soledad.

Alberto, junto a su perro «Koke»
Alberto, junto a su perro «Koke»

Lejos han quedado los episodios violentos que protagonizaba en la que la víctima era siempre la misma: su madre. En ella centró toda su furia cuando esta se desataba, descontrolada. Era la única que permanecía en la vivienda. Su padre murió cuando él era un crío y su hermano mayor formó su propia familia y apenas se relacionaba con la suya. Ante la espiral que fueron tomando los acontecimientos, la mujer que le dio la vida comenzó a denunciarle. Debió sufrir lo indecible antes de dar ese paso y, obviamente, después, pues no pudo frenar a pesadilla. Ni la suya, ni la de su hijo. Fue en 2017.

Desde entonces, Alberto fue detenido una docena de veces, la mayoría por maltratarla. En agosto pasado fue arrestado, esta vez por quebrantar una orden de alejamiento hacia su progenitora. Una medida que seguía en vigor cuando el acusado acabó con su vida y que vulneraron los dos. Ella no quería ya dejarle pasar al piso y, de hecho, alguna vez llegó a cambiar el bombín de la cerradura. Anulada, sola, y madre, a pesar del miedo que le tenía, le dejaba entrar. Nadie sabe si obligada. Alguna vez dijo a sus amigos: «¡Qué le voy a hacer, al fin y al cabo es mi hijo!».

Sale media hora al patio

El joven que nunca sonreía en las imágenes que colgaba en sus redes sociales y que dejó videos con frases que ahora se antojan inquietantes –«Paseando al perro como un cencerro, no sé la mierda que digo, pero si te quiero hundir te entierro» o «No hay cura para mi locura»– ha vuelto al mundo real en Soto. Sabe perfectamente la salvajada que cometió. Sin embargo, externamente no muestra emoción alguna ni se ha venido abajo. Está medicado y relajado, apuntan nuestras fuentes, y formará parte del Programa de Atención Integral a Enfermos Mentales del penal.

Mano sobre mano, el parricida confeso solo puede charlar con sus presos «sombra» y de uno en uno. Cada día sale media hora al patio; nunca a la misma. Es el único momento en el que puede ver un pedacito de cielo y el único en el que está en completa soledad, sin sus «vigilantes» y sin otros reclusos para evitar cualquier agresión.

En el patio, ni fuma ni hace deporte. Solo pasea y pasea. Tal vez deje la mente en blanco y se sienta libre. Dentro, quizá emplee el abundante tiempo libre en darle vueltas a la cabeza. En prepararse para afrontar la condena o en pensar en el futuro. En hacer borrón y cuenta nueva. O no. Por ser muy frío o por estar tan sedado que no puede pensar con claridad.