Alberto Sánchez, junto a su perro «Koke» - ABC / Vídeo: El rap del caníbal de La Guindalera en redes: «No existe cura para mi locura»

El caníbal de La Guindalera: el crimen más atroz de la Historia de España para la Policía

La juez decretó este sábado prisión sin fianza para Alberto Sánchez (26), el presunto asesino . Los vecinos del barrio veían al detenido bebiendo en la zona con «indigentes»

Madrid Actualizado: Guardar
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La Policía Nacional no duda en aseverar que el suceso del caníbal de La Guindalera es el más atroz de la historia de España. Por casos muy inhumanos que se recojan en los archivos policiales, ninguno reúne tanto exceso de locura como para acabar con la vida de la mujer que te dio la vida, descuartizarla, repartirla en «tuppers» y comértela. En ello coinciden los agentes más veteranos del Grupo Operativo de Respuesta y del Grupo de Atención al Ciudadano que llegaron al domicilio del presunto asesino y antropófago el pasado jueves. No daban crédito a lo que estaban asistiendo. Experimentados policías acabaron vomitando en la Jefatura Superior de Policía tras escuchar la declaración de Alberto Sánchez, de 26 años, quien reconoció con gran frialdad ante los uniformados en su casa que su progenitora, María Soledad Gómez, de 66, estaba repartida a pedazos en fiambreras y bolsas distribuidas por distintas zonas de la vivienda, el 1 C del 50 de la calle Francisco Navacerrada (distrito de Salamanca).

El caso más parecido que se conoce en el país es el de Francisco García Escalero, apodado como el «matamendigos», quien falleció en agosto de 2014 en el centro psiquiátrico penitenciario de Fontcalent (Alicante), tras ser condenado a 30 años de prisión por haber cometido once crímenes. Sus objetivos eran vidas sesgadas, gente de la calle: una prostituta e indigentes. Los mató entre agosto de 1987 y septiembre de 1993. Era un asesino en serie, esquizofrénico, alcohólico, atraído por la muerte. Él mismo declaró haber practicado la necrofilia y haberse comido las vísceras de algunas de las personas con las que acabó porque habías «voces» que se lo pedían. Con ninguno de ellos compartía lazos de consanguineidad.

La crónica de ayer, en la calle de Francisco de Navacerrada, en La Guindalera, era la de un barrio aún incrédulo con los hechos que habían inmortalizado esta vía con el salvaje crimen. La mayoría de los transeúntes que caminaban a la altura del 50 levantaban la mirada hacia el edificio del delirio. En ese bloque de tres pisos, sólo atendía al telefonillo una mujer, que compartía rellano con la familia. «No vamos a decir nada más», respondía.

En la calle, un joven de unos veinte años rondaba a los dispersos medios de comunicación sacando pecho de que era «amigo del caníbal»:«¿Quién me lo iba a decir a mí?».

«Bebiendo y consumiendo»

En un bar de la misma vía, una camarera comentaba que Alberto solía reunirse en dos parques cercanos con los «sin techo» o personas que se dan «a la mala vida». «Yo le he visto con indigentes y medio borracho. Siempre mal», señalaba la trabajadora.

Un chico apuntaba a que se le podía ver en la entrada de un garaje que está unos números más arriba (cuesta abajo) de la calle donde vivía «bebiendo o consumiendo» con otros chavales. Su actitud, tras la ingesta, era violenta, coincidían en describir algunas de las personas que aseguraban conocerlo de vista.

Muchos lo situaban en el parque cercano de Eva Duarte de Perón. En su entrada por la calle del Doctor Gómez Ulla, tras subir una escalinata, había un aparente «sin techo» reposando en un banco junto a unos cartones; dos hombres de habla marroquí en otro banco y una joven sentada en una mesa del parque. Cercanos todos entre sí. «Yo lo conozco de cuando era menor y era un poco raro», comentaba ella, mientras uno de los magrebíes lanzaba:«Era bipolar. Podía estar normal y de repente saltaba de una forma que no parecía él. El perro también estaba loco». Ella asentía.

En torno a las seis de la tarde, la magistrada titular de Juzgado de Instrucción número 7 de Madrid acordó prisión provisional comunicada y sin fianza para el acusado de matar a su madre, cuyos restos mortales almacenó y, como él mismo confesó, se fue «comiendo» junto a su perro, «Koke». Se le imputa un delito de homicidio con el agravante de parentesco, según informó el Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM).

El Juzgado de Instrucción número 7 se ha inhibido en favor del Juzgado de Instrucción número 53, que será el que a partir de ahora tramite la investigación, ya que era este órgano el que se encontraba de guardia de diligencias cuando se hallaron los restos mortales de la mujer y el que, en aplicación de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, abrió las correspondientes diligencias previas y procedió al levantamiento del cadáver.

La calificación de los hechos es inicial y, según se vayan practicando las correspondientes diligencias de investigación, podría modificarse, especificó el TSJM.

El motivo de la muerte

El Instituto Anatómico Forense será el que determine, con gran dificultad, desde cuándo llevaba muerta la mujer así como la causa que se lo provocó. La amiga de María Soledad que denunció su desaparición, lo que motivó el hallazgo en el domicilio, advirtió a la Policía de que no la veía desde después del día de Reyes. Algunos residentes de la zona ayer mantenían que la habían visto hacía uno o dos miércoles asomada a la ventana. Alberto tenía órdenes de alejamiento de su madre y, supuestamente, tratamiento psiquiátrico.Desde el Ayuntamiento de Madrid y la Comunidad de Madrid no pudieron precisar si asistían a uno o a ambos.