Piso en el centro de la capital dedicado, casi íntegramente, a alojar prostitutas
Piso en el centro de la capital dedicado, casi íntegramente, a alojar prostitutas - RAFA ALBARRÁN
Trata de mujeres

Las mafias esconden la prostitución en cientos de pisos para eludir a la Policía

Madrid tiene ya más casas de citas que clubes y meretrices ejerciendo en la calle

MADRID Actualizado: Guardar
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Resulta muy complicado, por no decir imposible, ver a una mujer china ejerciendo la prostitución en las calles de Madrid. En lugares como Gran Vía, Montera, Casa de Campo, Parque del Oeste, Chueca, Capitán Haya o Marconi, están aún presente meretrices a las que, en el 95% de los casos, son los proxenetas los que las obligan a comerciar con su cuerpo. Sin embargo, las mafias de este negocio que mueve cientos de millones de euros en Madrid están optando más por la «vía asiática»; es decir, por quitar a las chicas de la vista pública y venderlas en pisos de todos los rincones de las grandes ciudades de la región.

Son lo que se llaman «víctimas ocultas», explican en la Ucrif, la Unidad de la Policía Nacional que lleva, entre otras, la lucha contra las redes de inmigración ilegal y tráfico de seres humanos. Se trata de una realidad que en los últimos años no ha hecho más que repuntar, hasta convertirse en el modo de prostitución mas extendido. Un solo dato: si en Madrid existen 70 clubes de alterne y barras americanas, estos pisos se cuentan ya por centenares.

Los agentes encargados de estas investigaciones realizan periódicamente un mapeo de la ciudad y su área metropolitana, dividiéndola en distritos en función de los «flyers» o tarjetas de publicidad que se colocan en los parabrisas de los coches.

Copian el «modus operandi»

Llaman a todos los teléfonos que se indican en ellos, corroboran que allí se ejerce la prostitución y sitúan a esa vivienda dentro del listado. Pero la frecuencia y facilidad con la que estas redes organizadas cambian de domicilio son tales, que es tremendamente complicado decir un número exacto de pisos. Podrían rozar el millar.

Desde siempre han existido casas de citas, con su «madame» ordenando el consabido «¡Niñas, al salón!» cada vez que llegaba un cliente. Pero desde que los grupos chinos irrumpieran en el «mercado» madrileño, el resto de mafias ha ido copiándoles el «modus operandi». «Antes, eran las chinas. Ahora, también hay dominicanas, brasileñas y de muchos más lugares de América Latina. Esperamos un repunte de colombianas, porque les han quitado la obligatoriedad del visado para venir a España, y paraguayas», explican fuentes policiales.

Detrás de esas tarjetas en los coches, que antes eran fotocopias en blanco y negro y ahora son cartulinas o papel couché a todo color, «no hay tres amigas que han decidido buscarse la vida en una casa de citas, sino toda una organización».

Las mafias se han dado cuenta de que les sale más rentable, por dos motivos principales. El primero, que, si tienen a las chicas en un club, deben pagar 40 o 50 euros al día por cada una para costear la comida, el alojamiento y la cama donde dormir. En cambio, en un piso, las ganancias por su explotación van íntegras para la mafia. «Así, pueden tener a cinco muchachas comiendo muy poco en un piso por apenas dos mil euros de gastos al mes; una cifra irrisoria en comparación con todo lo que les sacan», indica un mando policial.

Las redes criminales consiguen ahorrar dinero al no tener que pagar 50 euros al día por chica a los clubesEste fenómeno empezó con las chinas, pero ya hay brasileñas y dominicanas, indican fuentes policiales

La segunda gran razón del auge de estos pisos es que así tiene ocultas a las mujeres y las sacan de las calle: «Y, por lo tanto, no podemos identificarlas. Necesitamos entonces muchas más pruebas. No es lo mismo que hacer una vigilancia en un club de alterne o en un polígono. En un piso es muy complicado, porque, además, las van moviendo de domicilios e, incluso, de ciudades». También se aseguran la clientela: un tipo que va a una de estas casas acude, seguro, a pagar por tener sexo. En resumen, no es tanto cuestión de buscar a consumidores, sino que estos vienen ya decididos. El negocio es redondo.

Sin embargo, generan muchos problemas alrededor. Se trata de una prostitución muy barata y de una «clientela muy chunga». Los vecinos están hartos, porque el trasiego es continuo, las 24 horas del día. Se oye sonar el portero electrónico continuamente, hay broncas, taconazos y, en el silencio de la noche, se escucha perfectamente lo que están haciendo la chica y el cliente en el piso de arriba. Los afectados llaman a la Policía Municipal, que no puede más que comprobar el ruido en la vivienda (como si de una discoteca se tratara) y, como no supera los decibelios, se va. Si las denuncias son muy frecuentes, las mafias se mudan. Y vuelta a empezar.

Estos «flyers» son más baratos que los anuncios tradicionales y, además, llegan a un mayor número de clientes potenciales, de manera indiscriminada. Contratan por cuatro duros a los llamados «tarjeteros», muchos inmigrantes sin papeles, y utilizan teléfonos Lebara. Esta es otra de las características fundamentales del nuevo fenómeno.

A raíz del 11-M, el Gobierno obligó a que, para comprar una tarjeta de prepago, hay que aportar la documentación del titular. Lebara es una compañía «low cost» y lo que hacen las mafias es utilizar a una tercera persona, casi un testaferro, para que adquiera el número en un locutorio y aporte sus datos. Al principio, estos «flyers» se repartían en zonas muy concretas de Madrid, como el distrito de Ciudad Lineal. Ahora, todo Madrid está lleno, señal de que el negocio sale muy rentable.

Sin protección

En cuanto a las condiciones en que tienen sometidas a estas chiquillas, son del todo lamentables. El cliente es el que manda, y, si por ejemplo, pide sexo sin preservativo, se hace así. La modificación de la Ley de Seguridad Ciudadana, que entró en vigor el 1 de julio de 2015, ha supuesto poner trabas a los clientes.

Ahora se les multa, por ejemplo, en los polígonos industriales que se encuentran en el extrarradio de la capital con la «excusa» de que interrumpen el tráfico. Son 600 euros de una sanción que, además, le llega a casa. Así, no es de extrañar que hayamos llegado al punto de que, en Madrid, haya ya más prostitución en pisos que en clubes de alterne y que en la calle. «Lo que no se ve no existe», resumen fuentes policiales.