Hasta 5.000 euros por enterrar al perro

GUILLERMO D. OLMO | ARGANDA DEL REY
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Perros, gatos, cobayas, serpientes y hasta una mona. No. No estamos en un zoológico. Esto es un cementerio. Sólo que uno diferente. Este es de animales. Se ubica en la localidad madrileña de Arganda del Rey. Y además de una necrópolis es también un buen negocio. Así lo atestiguan los 26 años que lleva abierto y los más de 4.000 animales que han sido aquí enterrados en ese periodo. El cementerio nació en 1983. Ángel García, que fue uno de sus fundadores, explica qué les movió a él y a sus socios a embarcarse en tan particular empresa. «Teníamos experiencia en el sector veterinario, donde llevábamos trabajando y percibimos que muchos propietarios sentían la necesidad de hacer con el cadáver de su animal algo diferente a echarlos al cubo de la basura». Así que Ángel y sus socios adquirieron una finca de 35.000 m², y lo que hasta entonces había sido un pinar destinado al recreo de su propietario se convirtió en El Último Parque, el primer cementerio para mascotas de la Comunidad de Madrid, una empresa pionera en una época en la que tanto la sensibilidad social respecto a los derechos de los animales como la normativa que regula la gestión de este tipo de residuos, que al fin y al cabo es lo que son los cadáveres de los animales, estaban en pañales. Como recuerda el fundador, «cuando empezamos, la gente de por aquí se reía de nosotros; nos decían, "pero si a los perros se les tira al campo". Más de dos décadas y miles de animales muertos y enterrados después, El Último Parque ofrece hoy todo tipo de formas de sepultura y para todo tipo de mascotas. Los precios oscilan desde los 301 euros que cuesta la tumba más básica, una pequeña fosa con una pequeña placa de piedra en la que se graba el nombre de la mascota, hasta los 5.000, de las llamadas fosas de honor. Son estas fastuosos túmulos en los que pueden inhumarse hasta siete animales, cubiertos por amplias lápidas en las que grabar el mensaje que para la posteridad quiera dejarse.

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Prohibido los símbolos religiosos

Eduardo Jorge es uno de los amantes de los animales que ha enterrado a los suyos en El Último Parque. Lo habitual hasta hace poco era que el Ayuntamiento recogiera el cadáver del animal y procediera a su «eliminación». Él explica por qué eligió pagar por un lugar en el que enterrar a sus animales y poder visitarlos. «Se trata de una cuestión sentimental, un recuerdo para quien fue un amigo, un compañero». Esos son los adjetivos con los que Eduardo recuerda a Pongo, el chuchillo al que sacó de una perrera y que se convirtió en su camarada incondicional hasta el fin de sus días. De eso se trata, de un homenaje a quien fue querido y quiso. Habrá quien lo entienda y quien no. En El Último Parque, probablemente para no enervar a nadie, prohíben expresamente cualquier símbolo o ritual religioso. «Nosotros pensamos que los perros no tienen conciencia religiosa y que cualquier motivo relacionado está fuera de lugar».