Grafitis, la guerra de nunca acabar

Grafitis, la guerra de nunca acabar

El Ayuntamiento de la capital se gasta 9 millones de euros todos los años en limpiar más de 1,5 millones de metros de superficies pintadas

MADRID Actualizado:

En las fachadas, sobre los cierres metálicos de los comercios, cubriendo el mobiliario urbano, encima de los bancos, sobre los cristales de los establecimientos, en las farolas... Un paseo por Madrid permite apreciar un amplio muestrario de grafitis, firmas o garabatos de todos los colores, formas, tamaños y estilos. Lo que para unos es producto de la falta de educación y de civismo, y para otros una expresión artística callejera, le cuesta a los madrileños la friolera de 9 millones de euros al año en limpiezas específicas.

La concejal de Medio Ambiente, Ana Botella, lo tuvo claro desde que llegó al cargo en el año 2007: inició entonces una cruzada contra los grafitis que incluía tolerancia cero con estas manifestaciones. Y para que sus políticas fueran eficaces, puso a sus equipos técnicos a trabajar para encontrar la fórmula que permitiera multiplicar las multas. Convencida de que, como dice el refrán, «la letra con sangre entra».

Así, consiguió en 2009 modificar la normativa —aprovechando la Ley de Medidas Urgentes de la Comunidad de Madrid— y añadirle ceros a sus sanciones: las más leves pasaron de 300 euros a los actuales 1.500, que en zonas más céntricas suben hasta 2.000 euros, y en los casos de grafitis en edificios con protección o en el casco histórico o en parques y jardines, pueden elevarse hasta los 3.000 euros. Una cantidad que se dobla —llegando a los 6.000 euros de multa— en los casos de reincidencia.

Entre enero y septiembre de este año, el área de Medio Ambiente ha iniciado la tramitación de 95 expedientes a personas que fueron sorprendidas realizando grafitis. Además de pagar la multa, deben también hacer frente al coste de la limpieza de la pared.

En algunos casos, se «paga» con trabajo social: existe un protocolo de sustitución por el que decenas de multados han saldado su deuda con los madrileños limpiando superficies previamente «grafiteadas». Si el grafitero sancionado es menor de edad, son sus padres o responsables legales los que se encargan de abonarla.

Pero además de multar, el Ayuntamiento también tiene que limpiar las paredes, bancos, cristales o muros con grafitis. Y lo hace: sobre unos 1,5 millones de metros cuadrados de superficie cada año. Con un enorme coste: entre 5,5 y 6 euros por cada metro cuadrado. Esto supone unos 9 millones de euros por ejercicio en estos quehaceres. Que además, son técnicamente muy complicados: hay que tener especial cuidado con las pintadas que se hacen sobre monumentos.

Algunos materiales, como el granito, son especialmente difíciles de limpiar. Y en muchas ocasiones, ni después de la limpieza recupera su estado, y queda con un aspecto sucio o manchado.

El problema de fondo es la ambigüedad con la que se trata el problema: mientras que el área de Medio Ambiente es tajante con su principio de «tolerancia cero», y le niega valor artístico a la actividad de los grafiteros, otras áreas municipales entregaban distinciones a algunos artistas urbanos. Es el caso de Asier Vera, que estudió en el Instituto Europeo di Design (IED): fue premio 2008 del Certamen de Jóvenes Creadores que convoca el Ayuntamiento, y autor de un grafiti que se inspiró en el alcalde Alberto Ruiz-Gallardón.

En otros casos, la actividad grafitera se ha fomentado desde las administraciones: la Noche de los Teatros de la Comunidad incluyó en su edición de 2009 en su programa a Suso33, un clásico del aerosol madrileño, que realizó una actuación con láser-grafiti sobre la fachada del Instituto Cervantes. Y de nuevo el Ayuntamiento madrileño, en la Noche en Blanco de 2007, incluyó en el programa al mismo artista, Suso33, con sus grafitis en el Círculo de Bellas Artes.

Claro que un año antes, la ampliación del Centro de Arte Reina Sofía contó con una serie de eventos entre los que se encontraba la actuación de cuatro grupos de grafiteros «reinterpretando» el Guernica: el citado Suso33, Brake1, Max501 y Boa Mistura —autores estos últimos del diseño decorativo de la pista de skate de Madrid Río—. Max501 se defendía entonces: «Que vean que el grafiti no es sólo pintar la mona y guarrear».

Espacios «redecorados»

Porque de eso es de lo que se quejan muchas asociaciones de vecinos: de la sucesión de firmas —«tags» en el argot— que pueblan las fachadas del centro, los muros, las vallas publicitarias, y todo espacio susceptible de ser «redecorado». En algunos casos, el elemento inspirador de los dibujos ha sido la propia concejal Ana Botella: su imagen, unas veces, y su firma, otras, ha sido reproducida por muros, papeleras y fachadas del centro de la ciudad por grupos que reivindicaban de esta manera su actividad.

En varios foros de urbanistas, arquitectos y estudiosos de la ciudad critican estas iniciativas: aquí no hay ningún Banksy, cuyas obras se conserven como obras de arte. En uno de los más activos, Urbanity.es, hay decenas de comentarios que se quejan de la degradación que supone para la ciudad esta actividad. Especialmente en calles como Fuencarral. Y ponen ejemplos de espacios emblemáticos que no han sido respetados. Como «la puerta lateral del convento de Las Comendadoras, que pese a ser monumento nacional aparece cubierta».

Pasaron ya los tiempos en que el «Muelle», en los años ochenta, llenaba con su inconfundible firma las calles, vallas y carteles de Madrid. ¿Serviría de algo cederles espacios para su actividad? La edil de Medio Ambiente se ha manifestado más de una vez en contra, y además, no se dispondría de suficiente sitio. Otros muchos creen que esta solución tampoco serviría porque una de las claves del grafiti está en su carácter transgresor: si está permitido, ya no tiene gracia.