El conejo de alicia

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En la Navidad de 2007 el gobierno del marido de Sonsoles recomendó a los demócratas comer conejo (el mejor es el de Casa Miro, en Titulcia) para hacer frente a la subida de precios. Tres meses después, con la andorga llena de conejos y la promesa de cuatrocientos euros por el voto, los demócratas sacaban a hombros a Zapatero en unas elecciones contra el catastrofismo de Pizarro, que anunciaba una crisis. El ministro que luego iba a arreglar la crisis regalando bombillas pezoneras estaba el miércoles en Hamburgo viendo por la cara al Atleti, esa alegría para los cinco millones de parados que, mientras el Inem se decide a ir la huelga, cantan en sus colas el «Defendamos la alegría» que Serrat y Boselito grabaron para el coro de Sonsoles. O sea, que la crisis no tiene arreglo, razón por la cual Madrid va a celebrar el centenario de la Gran Vía con una tarta de las de Salones Hiroshima en Callao, de la que saldrá, pimpante y triunfante, el conejo de Alicia (Moreno, claro), ama de llaves del «kitsch» municipal, y sepa Gallardón que uno tiene leída la «Fenomenología del kitsch» de Ludwig Giesz. La tarea principal del «kitsch» es crear estados de ánimo, razón de ser, hoy, del Ayuntamiento de Gallardón y del Atleti de Cerezo y Flores. ¿Cerezo y Flores? Moctezuma quería que en sus jardines sólo hubiera flores, porque las flores llevan en sí, decía, la suprema aristocracia de la belleza inútil, pero vaya usted a explicarles esto a los destripaterrones de Toxo que bailan su danza sindical en la Cibeles. La tarta de Alicia es la corona «kitsch» de un pueblo de bici y alpargata. Ahora que van a prohibir la aporofobia, ¿por qué no prohíben esas bicis con silla infantil incorporada donde el infante va con la nariz incrustada en la salida de gases del pedalista? Ya sabemos que el pedalista es vegetariano, y que los gases de alimentarse de chupar raíces no son iguales que los de alimentarse de chuletones de Ávila, pero... ¡es por lo «kitsch»!