El rey Juan Carlos y el monarca deMarruecos, Mohamed VI, durante un encuentro en 2006 - EFE

Embajador ante el mundo

El carácter del Rey y su facilidad de trato con gobernantes de todo tipo le han permitido allanar el camino y defender los intereses de España en el mundo

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El 31 de mayo de 1976, por vez primera, unos Reyes de España cruzaban el A-tlántico. Ese día, el avión real aterrizó en la República Dominicana, en la isla de La Española, la primera tierra americana que pisó Colón en 1492. Don Juan Carlos y Doña Sofía abrían así una agenda que, en los últimos 35 años, se ha llenado de compromisos internacionales, testimonio de la frase que nadie pone ya en duda: el Rey es el mejor embajador de España en el mundo.

Sólo un par de días más tarde, Don Juan Carlos y Doña Sofía eran recibidos en Washington, en la Casa Blanca por Gerald Ford, un presidente de EE.UU. expectante por conocer los planes del hombre que había asumido la jefatura del Estado en España seis meses antes. La curiosidad de Ford se extendía a los miembros de la Cámara de Representantes y al Senado, que no terminaban de ver cómo se iba a producir la transición del autoritarismo franquista a una plena democracia.

En una sesión conjunta en el Capitolio, en el mejor lugar para que sus palabras se escucharan en todos los continentes, Don Juan Carlos marcaría el norte de su Reinado. Al tiempo que afirmó que la Monarquía se comprometía a ser una institución abierta en la que todos tuvieran sitio, subrayaba su intención de hacer que «bajo los principios de la democracia, se asegure el acceso ordenado al poder de las distintas alternativas de Gobierno».

Aquellos compromisos tranquilizaron a las cancillerías occidentales, aunque a España le quedaba aún un buen trecho por recorrer antes de poder integrarse en el club de los países más avanzados. Don Juan Carlos pudo comprobar que las cosas no iban a ser fáciles. Cuando en octubre de ese mismo año viajó a París, en el primer desplazamiento oficial a un país europeo, probablemente sintió que, detrás de la cordialidad formal con que le recibió el presidente francés, Valery Giscard D'Estaing, asomaba una buena carga de frialdad, producto tal vez también de la escasa simpatía que el mandatario galo tenía hacia España. Nuestro país se presentaba en una posición de inferioridad evidente, muy distinta a la que tenía en marzo de 2006 cuando se produjo la última visita de Estado de los Reyes al país vecino. La acogida dispensada en las calles y el reconocimiento y respeto a la figura del Monarca y a lo hecho por España reflejan el cambio experimentado por el país y el papel desempeñado por Don Juan Carlos, a quien ya en 1993 se concedió el honor de ser el primer invitado internacional a pronunciar un discurso ante la Asamblea Nacional Francesa.

Derechos humanos

De especial importancia resulta también el viaje que en octubre de 1978 hizo el Rey a Perú, México y Argentina, país éste último sometido entonces a la dictadura de Jorge Videla. Desde la izquierda en España —incluido el PSOE— se consideraba inadecuada la visita. Pero todos tuvieron que elogiar después que el Rey, consciente de la situación que vivían Argentina y otros países de la región, abogara en Buenos Aires por el respeto a la dignidad y los derechos humanos.

La figura del Monarca ha sido clave a la hora de forjar la nueva relación con Iberoamérica. Su presencia en las cumbres iberoamericanas, desde la primera, en 1991, en Guadalajara, sin interrupción, ha estado siempre rodeada de un gran respeto por parte de la inmensa mayoría de los gobernantes de la región. Con todos ellos se ha reunido Don Juan Carlos, quien decidió además, que el Príncipe de Asturias le representara en las tomas de posesión de los distintos presidentes. Fue en una de esas cumbres, la de Santiago de Chile, en noviembre de 2007, donde se produjo el conocido incidente con Hugo Chávez. Cuando el presidente venezolano insistía en atacar al ex presidente del Gobierno José María Aznar, el Rey se vio obligado a espetarle el famoso «¿Por qué no te callas?», que se convirtió en lema de la oposición venezolana al régimen bolivariano.

Otra de esas cumbres, la de 1999, en La Habana, permitió al Rey acudir a Cuba, el único país de Iberoamérica que no ha visitado oficialmente, y donde tuvo que vivir la descortesía de Fidel Castro, que se ocupó de que las calles de la capital estuvieran casi desiertas al paso de los Reyes.

En cualquier caso, el prestigio del Rey en Iberoamérica es indudable, como lo es su buena relación con las Monarquías árabes, que resultó esencial en momentos en que la crisis energética amenazaba a España y que fue un elemento importante para la normalización de las relaciones diplomáticas con Israel, en 1987. Seis años más tarde, Don Juan Carlos, que ostenta el título de Rey de Jerusalén, hizo su primer viaje a Israel.

En el marco de esos contactos con los países del sur del Mediterráneo, destaca la relación con la monarquía alauí. El Rey viajó por primera vez a Marruecos en junio de 1979 para reunirse con Hassan II, quien se consideraba su «hermano mayor». Don Juan Carlos volvería en muchas ocasiones al país vecino, una de ellas para la firma del Tratado de Amistad, Vecindad y Buena Cooperación suscrito en 1991, y otra, para asistir al entierro de Hassan II en julio de 1999. El Rey, visiblemente emocionado, dijo a Mohamed VI que ahora él era su «hermano mayor». Desde entonces, no han faltado los momentos en los que Don Juan Carlos ha tenido que intervenir para rebajar las tensiones.

Singular relevancia tuvo también la histórica visita de los Reyes al Reino Unido, en abril de 1986, que supuso el reencuentro de dos de las grandes Monarquías europeas, y a la que seguiría la devolución de la visita de Isabel II a España, dos años más tarde. El Rey habló en el Parlamento británico, en un discurso muy elogiado y en el que no eludió el contencioso de Gibraltar, expresando su confianza en que se podría lograr una solución satisfactoria para todos.

España era ya desde hacía años miembro de la Alianza Atlántica y de la UE y Don Juan Carlos se había ganado el reconocimiento mundial, como pudo comprobar en los aplausos que recibió durante su primer discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas en 1986. Siempre en el marco de la Constitución, el Rey ha ejercido con plena eficacia el papel que le corresponde, apoyando la política exterior desarrollada por los distintos gobiernos de la democracia. Su carácter y su facilidad para el trato con gobernantes de todo tipo, le ha permitido pasar a menudo muchos mensajes más allá de los discursos oficiales, facilitando así que se allanara el camino para la resolución de problemas bilaterales o para defender los intereses de España en el mundo.