El salto a la garrocha es uno de los grabados más conocidos de «La Tauromaquia» de Goya
El salto a la garrocha es uno de los grabados más conocidos de «La Tauromaquia» de Goya - ABC
TOROS

Goya, el de los toros

Javier Gallego, comisario de la exposición «La Tauromaquia», que desde este lunes se muestra en el centro cultural Rafael Morales de Talavera, explica la relación del pintor aragonés con este arte

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El 11 de mayo de 1801 José Delgado Guerra, conocido como Pepe-Hillo, uno de los mejores toreros de la época, quedó inerte sobre la arena de la plaza de Madrid después de la paliza que le atizó «Barbudo», el séptimo toro de la tarde. Goya, conocido como «don Francisco, el de los toros» en el ambiente taurino, fue testigo directo de la muerte de su amigo Pepe-Hillo y más de una década después reflejó la escena en un grabado.

Esa imagen y 39 más componen la serie «La Tauromaquia», que desde este lunes y hasta el próximo 15 de febrero se exponen en el centro cultural Rafael Morales de Talavera de la Reina. La muestra es gratuita, está organizada por el ayuntamiento y es una edición singular, la única que se hizo en tinta parda rojiza.

«No es una exposición para ensalzar la tauromaquia, sino que se hace con motivo del 200 aniversario de la publicación de la serie», dice el comisario de la muestra, Javier Gallego y Sánchez-Rollón (Alberche del Caudillo, 1969), abogado, perito judicial de antigüedades, experto en pintura en general y en la vida y obra de Goya en particular.

La historia de los grabados también es particular. Según cuenta el comisario, en su día Goya hizo 45 en 33 planchas, pero imprimió solo 33 porque «pensaba que esos eran los de mayor calidad». Después de la muerte del pintor aragonés, uno de sus nietos vendió las planchas y estas aparecieron a mediados del siglo XIX en París. Entonces un grabador francés descubrió que siete de las planchas estaban grabadas por los dos lados y a partir de 1857 se registraron 40 imágenes. Las otras cinco de las 45 iniciales se han perdido.

La muestra consta de 40 grabados en tinta parda rojiza, la única que se hizo en este colorGoya fue un gran defensor de la tauromaquia. Aquella era una fiesta atroz, donde moría la gente, los caballos... y el retratar esas imágenes no era una crítica

«La Tauromaquia» se estructura en tres partes: una dedicada a la parte histórica de la fiesta de los toros en España en la que aparece «El animoso moro Gazul», «Carlos V lanceando un toro en la plaza de Valladolid» o «El Cid Campeador lanceando otro toro»; una segunda en la que muestra a las figuras de las dos escuelas taurinas predominantes en la época (la navarro-aragonesa y la andaluza) y una tercera en la que representa varios lances como el salto a la garrocha, las banderillas de fuego o la suerte de matar.

Sobre la afición de Goya a los toros, Javier Gallego empieza diciendo que «en una sociedad tan clasista, el ascender de clases sociales era, prácticamente, imposible». «Entonces nacías lechón y te morías cochino», explica de una manera muy gráfica y recuerda que el toreo moderno, tal y como lo conocemos hoy, nació en tiempos de Goya. Según el comisario, «fue, quizás, la primera profesión democrática en el sentido de que alguien sin dinero y sin posibilidades podía llegar a la cúspide de la sociedad por su valía como torero». De hecho, «Goya consiguió ascender en la sociedad como pintor, pero en su juventud hizo sus pinitos como novillero». «Siempre he dicho que la tauromaquia es propia de la Ilustración», añade.

Una falsa polémica

El año pasado la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando celebró la exposición «Otras tauromaquias» en la que, entre otros autores, se mostraban algunos de los grabados taurinos de Goya y se aseguraba que, en realidad, el pintor fue un antitaurino. «No hay más que ver la belleza con la que dibuja al animal y el entorno oscuro que le rodea para entender cuál era su pensamiento», dijo entonces el académico Juan Bordes.

Preguntado por el tema, el experto Gallego opina: «La interpretación antitaurina que hoy se quiere hacer de Goya es una barbaridad». Y lo explica: «Goya fue un gran defensor de la tauromaquia. Aquella era una fiesta feroz donde moría la gente, los caballos... y el retratar esas imágenes no era una crítica. Él era un fotógrafo de la realidad y la reflejó tal y como era. Goya era íntimo de los grandes toreros de la época como Pedro Romero, Pepe-Hillo o Costillares».

Javier Gallego es el comisario de la exposición
Javier Gallego es el comisario de la exposición - ABC

Si a eso se le suma que probó como novillero y que acudía con frecuencia a las plazas, de haber sido antitaurino: ¿qué necesidad tenía de fustigarse a sí mismo? El comisario de la exposición de Talavera añade: «Lo que más me disgusta es que sea la Real Academia de Bellas Artes, de la que Goya fue director y profesor, la que le quiera presentar como antitaurino».

Un fracaso en ventas

Lo que sí es cierto es que la serie «La Tauromaquia» se vendió muy mal. «Goya se adelantó a su tiempo y no se le entendió, por eso fue un fracaso en la venta», cree Gallego y pone el ejemplo de Antonio Carnicero, que a finales del siglo XVIII hizo una serie de grabados sobre la tauromaquia que «tuvieron un gran éxito» porque «reproducía a los personajes quietos y mirando». «En cambio, Goya reproduce una instántanea fotográfica», los dota de movimiento.

Goya pintó «La Tauromaquia» al final de su vida, justo después de la Guerra de la Independencia, en un momento en el que sus grandes mentores, los reyes Carlos III y Carlos IV, habían muerto o ya no vivían en España. Esta fue una etapa difícil para el pintor porque con el nuevo rey, Fernando VII, no tuvo sintonía, dejó de recibir encargos y terminó por exiliarse en Burdeos (Francia), donde moriría en 1828 no sin antes pintar otra serie de cuatro litografías de temática taurina. «Acabó más cerca de la pobreza que de aquellos tiempos de oropeles, dinero y fama», recuerda Gallego.

—¿Y por qué esperó al final de su vida para realizar esta serie de «La Tauromaquia» si tanto le gustaban los toros?

—En esa época en la que él era mayor (murió con 82 años) y en la que lo había vivido todo, se le habían muerto cinco hijos y la mujer, había llegado a la cúspide desde Fuendetodos, un pueblecito pequeño de Zaragoza, pienso que quería rememorar los tiempos en los que era un chaval que quiso ser torero. Como la ensoñación de cualquier tiempo pasado, el volver a vivir y a disfrutar aquello que ya nunca volverá. Tenía una especie de nostalgia.