Antonio Illán Illán

El leve vuelo de «Los gavilanes»

Habría que exigir a los emprendedores un trabajo más y mejor elaborado

Antonio Illán Illán
Actualizado:

El público popular está ávido de zarzuelas y en especial de estas zarzuelas «zarzueleras» que sacan a la superficie el tópico fácil y tradicional de amores desiguales, de rechazos, de vueltas y revueltas y de pasiones encontradas, donde lo social y el dinero ponen barreras infranqueables. Eso pasa en «Los gavilanes», del maestro Guerrero. Y su puesta en escena en el Palacio de Congresos El Greco de Toledo fue aplaudido cada vez que abría la boca un cantante y dejaba en el aire una romanza.

La propuesta de producciones La Folía presentó una obra adaptada y carente de elementos escenográficos, salvo una pantalla de fondo en la que aparecieron algunas proyecciones de imágenes naturales: el mar, el bosque, el cielo o un interior con lluvia copiosa en los cristales. Pero, la verdad, el ambiente de pueblo marinero no se aprecia apenas y eso que en los figurines se quiere aparentar un cierto realismo exagerado. Esta ausencia de escenografía y la encorsetada dramaturgia tiene a su favor el evitar que inspire pena o desagrado la precariedad con la que hay que solventar estas producciones de compañías modestas y con poco acceso a las subvenciones y financiaciones de un teatro Real o de la Zarzuela. No fue el caso. El escenario vacío y las proyecciones dieron un cierto juego.

La falta de un contexto adecuado para anclar el contenido de la obra y la poca claridad del texto en la mayoría de los cantantes dificultaron el seguimiento de la acción para quienes desconocieran la trama de la obra, que gira en torno al tópico metafórico del gavilán que se quiere «comer» a una paloma. Por ejemplo, está ausente el ambiente marinero y de pescadores que solo se evidencia en las imágenes proyectadas del mar y una playa arenosa. El coro, que se supone que debería crear ese ambiente en el que se mueve Juan, el indiano, cuando llega, tras hacer fortuna, a su tierra natal tras más de veinte años de ausencia, lo contemplamos estático, inmóvil, sentado en unos bancos a ambos lados de la escena y así permaneció durante toda la representación. El trabajo vocal, desdibujado y sin matices. Apenas se entendía lo que cantaban. El coro es francamente mejorable, tanto en la voz como en su papel en la dramaturgia.

La misma falta de nitidez en la vocalización es característica de la soprano que interpreta el papel de Adriana y del barítono que encarna el papel protagonista de Juan «el Indiano», aunque bien es verdad que ponen mucho brío en sus respectivos papeles, en especial en las escenas dramáticas.

Esta ininteligibilidad evidente de los textos haría imprescindible el uso de sobretítulos para poder seguir de manera adecuada el desarrollo de la trama. Con ello se disfruta mucho mejor de las romanzas, dúos o acompañamientos corales.

Ya se ha comentado otras veces que en este auditorio ni la disposición ni el lugar de la orquesta son adecuados; cuando suenan los vientos se comen el sonido de la cuerda y aún de los cantantes.

Si a todo esto añadimos que buena parte del público parece que ha ido al espectáculo a aplaudir indiscriminadamente todos los números musicales, pues miel sobre hojuelas. No deja de ser un síntoma más de que el género gusta al público toledano.

En la interpretación destacaron, en los personajes cómicos de Clariván y Triquet, con unos papeles hablados en su mayor parte, los tenores Germán Scasso y Ángel Piñero, respectivamente. Resultaron con muy buen hacer vocal la pareja de jóvenes Sofía Esparza (Rosaura) y Jesús Álvarez (Gustavo) con unas bellas voces y sobresaliendo por su vocalización, afinación y agilidades muy adecuadas.

El público se lo pasó bien con estos «Gavilanes» del maestro Jacinto Guerrero y aplaudió de forma incondicional. Sin embargo, considero que, además de apoyar estos proyectos necesarios, también habría que exigir a los emprendedores de los mismos un trabajo más y mejor elaborado.

Antonio Illán IllánAntonio Illán Illán