Calle de Santa Leocadia hacia 1915. A la izquierda la portada que acogería la Casa del Maestro en 1928. Fotografía de Abelardo Linares ARCHIVO MUNICIPAL DE TOLEDO. Colección: Luis Alba
Calle de Santa Leocadia hacia 1915. A la izquierda la portada que acogería la Casa del Maestro en 1928. Fotografía de Abelardo Linares ARCHIVO MUNICIPAL DE TOLEDO. Colección: Luis Alba
VIVIR TOLEDO

La Casa del Maestro. El origen de una historia (1928)

Este nombre evoca una singular historia gestada por la Inspección de Enseñanza Primaria y la Asociación Provincial de Maestros y que, a pesar de su corta vida, tan peculiar título aún pervive para identificar al edificio que la albergó en la calle Santa Leocadia del Casco Histórico

TOLEDOActualizado:

En la toledana calle de Santa Leocadia, en el número 4, se sitúa la llamada Casa del Maestro. Este nombre evoca una singular historia gestada en 1926 por la Inspección de Enseñanza Primaria y la Asociación Provincial de Maestros y que, a pesar de su corta vida, tan peculiar título aún pervive para identificar al edificio que la albergó. Según Julio Porres, la citada casa pertenecía, en 1776, a Fernando Pacheco regidor que -como indica el historiador Mariano García Ruipérez, fue Comisario del «Plantío de la Vega» en los accesos a la Real Fábrica de Espadas, tarea que ejerció entre 1782 y 1793.

En el siglo XIX, el barrio de Santa Leocadia lo habitaban pequeños empleados, clérigos, cesantes, jornaleros y sirvientas. Allí estaba también el convento de la Merced, trocado en Presidio entre 1835 y 1882 y que, tras su derribo, daría lugar al nuevo palacio de la Diputación. En su planta baja se alojaría luego parte del Museo Provincial (1917-1919), la Sección Administrativa de Primera Enseñanza de Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, la Inspección de Educación y la Escuela Normal de Maestras.

En 1914, la casa del antiguo regidor Pacheco pertenecía a dos hermanas, arrendada transitoriamente al Catastro de la Riqueza Rústica para sus oficinas. En abril de 1928 figuran como dueños Miguel y Enrique Romero, cuando ya la Asociación Casa del Maestro había abierto allí una «hospedería y residencia de artistas», proyecto ligado al proceso iniciado, en 1901, al constituirse la Asociación Nacional del Magisterio Primario. Una activa representación de los maestros nacionales a través de juntas de partido judicial, provincial, de distrito o de una Central. Las peticiones de mejoras de sueldo, de ayudas sociales, un escalafón ordenado o la funcionarización incentivaron la afiliación en la provincia toledana como sucedió en toda España hasta 1930.

Sobre aquellas demandas se posarían afanes pedagógicos aportados por ciertos activos de la educación en Toledo, como fueron la inspectora Amelia Asensi Beviá (1892-1974), destinada en 1920, y José Lillo Rodelgo (1887-1981), nombrado inspector-jefe en el mismo servicio en 1923. Ambos procedían del Magisterio y conocían bien prácticas escolares de países europeos al haber sido pensionados por la Junta de Ampliación de Estudios. Desde sus puestos alentaron charlas y nuevos proyectos, como la creación en la capital de un Hogar o Casa para facilitar la estancia de docentes y acoger excusiones escolares. Pretendían así, según el diario La Época «mantener la cohesión del magisterio de la provincia para elevar su nivel intelectual y moral».

Esta idea, gestada en 1926, la apoyaron otros inspectores y el profesorado de la Normal. En enero de 1927, el Gobierno Civil aprobaba los estatutos de la Asociación Casa del Maestro firmados por Lillo Rodelgo y Vicente del Castillo, presidente de la Asociación Provincial del Magisterio. En ellos se daba cabida «a todos los amantes de la cultura» para crear una Hospedería Toledana, sin carácter mercantil, que sirviera de «residencia transitoria» a quienes visitasen «la ciudad con fines culturales». Sería «un albergue de sabor toledano» con una biblioteca y un lugar propicio para la tertulia y los debates. El diario El Castellano daría cumplida cuenta de los pasos de la institución, las ayudas para financiar el proyecto, los apoyos comprometidos y sucesivos listados de maestras y maestros de cualquier escuela que aportaban la modesta cuota de 3 pesetas anuales frente a la más alta fijada en un mínimo de 25.

El 10 de mayo de 1927, en una solemne sesión, ante las máximas autoridades, se formó la Junta Directiva con el marqués de la Vega Inclán -Comisario Regio de Turismo- en la presidencia; el deán de la Primada, Jose Polo Benito, como vicepresidente; Amalia Asensi en la tesorería, Esteban Granullaque como contador y José Lillo en la Secretaría. Inspectores y profesorado de la Normal ocuparon las seis vocalías fijadas. En aquel momento había 351 asociados, 136 donantes, 48 accionistas y 9.943 pts. de ingresos. Meses después hubo sustanciosas subvenciones de 5.000 pts. de las direcciones generales de Bellas Artes, de Primera Enseñanza y de la Diputación.

A finales de 1927, tras excluirse la compra del Hospital de Santa Cruz y el palacio de Fuensalida por los altos costes y otras trabas administrativas, hallaron en la calle de Santa Leocadia la casa que acogería la anhelada Hospedería. Se convino con el dueño un alquiler mensual de 200 pesetas que la Asociación podía renovar de manera unilateral, cada año, hasta un máximo de diez. Este gasto corrió a cargo de la Comisaría Regia de Turismo, de ahí el hecho de nombrar presidente al citado marqués de la Vega Inclán. La reforma del inmueble la vigiló el arquitecto del Ministerio de Instrucción Pública, Pedro Sánchez Sepúlveda, autor de varios edificios escolares en la provincia. En el patio se habilitó el comedor, la cocina y otras dependencias. En la primera planta iría la biblioteca, varios cuartos y los baños, como también se hizo en la planta superior. A comienzos de 1928 las obras estaban finalizadas. Se agradeció públicamente las generosas aportaciones de varios artistas toledanos (Vera, Pascual, Ruiz de Luna, Páramo, Aguado, Moreno, Pedraza, Cardeña, Palomino…) para decorar los interiores, y las labores realizadas por las alumnas normalistas destinadas al ajuar doméstico.

El domingo 25 de marzo de 1928 se fijó la apertura de la Casa del Maestro a la que acudió desde Madrid una numerosa expedición de personajes del Magisterio, la prensa, las letras y las artes que fue festejada con un convite en la Posada de la Sangre atendido por alumnas de la Normal con trajes típicos de Lagartera, Oropesa, El Toboso o Bargas. Una misa oficiada por Polo Benito en el convento de Santo Domingo el Real antecedió al acto inaugural. El cardenal Segura bendijo la Casa, asistiendo el Director General de Bellas Artes, autoridades civiles, eclesiásticas, militares, miembros de la Unión Patriótica y los inspectores Asensi y Lillo como principales artífices. Tras los discursos de rigor hubo una concurrida comida allí mismo seguida de una excursión al cigarral de Santiago Camarasa, periodista y director de Toledo. Revista Ilustrada, en cuyas páginas, en el mes de junio siguiente, incluyó un reportaje de la jornada.

Así comenzaba su camino la Casa del Maestro con la intención de ser «albergue, hospedería, residencia y ateneo», objetivos que tendrían su evolución en una segunda etapa años después (1940-1981) y que abordamos en un próximo artículo.

Rafael del Cerro, historiador
Rafael del Cerro, historiador