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Ron Lalá en su propuesta más valiente

«Crimen y Telón», en el Palacio de Congresos, es una de las apuestas más complejas del grupo, que ha tenido la valentía de hacer un repaso a la historia del teatro

TOLEDOActualizado:

Ron Lalá es un estilo, casi un género teatral, en donde se conjunta el texto y la música en directo, la trama y las morcillas circunstanciales, el ritmo y el movimiento constante, la imaginación desbordante y el realismo más actual, el humor y el sentido común, la crítica fina y la poesía, el poso cultural y el divertimento. Con todo ello construyen un espectáculo admirable que atrae, llega, entretiene, fascina y hace sonreír y reflexionar. Decir que el teatro de Ron Lalá es trepidante, instructivo, reivindicativo, poético, intrigante, divertido, ingenioso, exótico, creativo, popular y culto a la vez no es gastar adjetivos en el elogio, sino describir la pura realidad.

Crimen y Telón es una de las apuestas más complejas del grupo, que ha tenido la valentía de hacer un repaso a la historia del teatro, desde los clásicos griegos al contemporáneo, a la vez que un homenaje, construyendo una historia distópica a la manera de la novela negra, en la que el teatro ha muerto y se busca a su asesino. Ese universo global y orweliano tiene su basamento en tres pilares: entretenimiento absoluto, gasto extremo, bienestar obligatorio. Pero ese planeta convertido en Ciudad Tierra, en el que las artes están prohibidas y el liderazgo lo ejerce una inteligencia artificial en la que un ejército de drones ha oscurecido a las estrellas, es una excusa para que en el proceso de investigación aparezcan todas las artes que conforman la cultura de lo humano. Es un espectáculo puzle, en el que las piezas van encajando en un engranaje de ciencia ficción con forma policiaca, donde florece lo literario y lo poético e incluso se hace gala de la jerga teatral que rodea al mundo de la escena, lo que supone un valor didáctico muy significativo.

¿Quién mató al teatro? Acaso el narcisismo y la autocomplacencia del propio teatro (como se puede apreciar en la metáfora escenográfica del espejo). La verdad es que la muerte del teatro es pura ficción, porque el teatro es imposible que muera, mientras haya gente como los talentosos de Ron Lalá.

Me ha encantado el texto, en el que es evidente la creación colectiva y también lo es la mano de Álvaro Tato que domina la versificación clásica y la popular como pocos y hace que sus creaciones sean dúctiles como el metal y ricas como el tesoro que dejó Boabdil el moro allá en su Alhambra oriental. El hecho de que en la historia haya continuas referencias a un sinnúmero de obras literarias ya sean poéticas, narrativas o teatrales es un elemento más que simbólico para ejemplificar que en este teatro, junto a la diversión siempre hay abundante cultura. Importante es la referencia irónica y satírica –nada distópica- a «los buenos viejos tiempos, cuando en España se destinaba más presupuesto a cultura que a armamento y había una librería por cada diez habitantes». Quizá un poco traída por los pelos es la cuña feminista, en la que aparecen personajes de ficción aunque no creadoras.

Yayo Cáceres, el director, ha hecho gala de su imaginación con la dramaturgia y la puesta en escena basada esencialmente en la iluminación, como, además no podía ser de otra forma, puesto que se está jugando al género negro y eso exige siempre luces y sombras. Muy acertado el uso de las linternas. Pero que haya luces y sombras no quiere decir que haya ausencia de color, y para ello está el variado vestuario en general, con un personaje necesario vestido de rojo intenso. ¡Excelentes los figurines de Tatiana de Sarabia. Y junto a lo escenográfico, siempre es esencial en Ron Lalá la música en directo, que, en esta ocasión ha recordado canciones conocidas y lo mejor de todo, las creaciones propias con la impronta habitual del grupo, en la que también importa mucho la interactuación con el público.

Teatro es todo lo descrito, pero eso no sería nada sin la presencia de los actores y su interpretación. El trabajo del conjunto es impresionante. Si bien hay que hacer notar que Juan Cañas, como el detective Noir, que centra el protagonismo del montaje, es magnífico. Miguel Magdalena, Fran García, Daniel Ravalher e Íñigo Echevarría también han demostrado su genio, su profesionalidad y su preciso estudio del detalle para equilibrar a «Tragedio» y «Comedio» o para distinguir al personaje de «El Teatro», que encarna Daniel Rovalher, o cincelar un verdadero malo de la película, Íñigo Echevarría, el teniente de la triple AAA (Agencia Anti Arte), o para unos y otros dar vida a variados personajes.

En resumidas cuentas, Ron Lalá ha ofrecido un espectáculo en el que se pierde el sentido del tiempo y bien podría durar tres horas que, con ese dinamismo sin reposo, mantiene en vilo incluso al espectador más calmado. Me reafirmo en lo que ya escribí en otra ocasión y es que Ron Lalá nos envuelve con un juego escénico que, en la práctica, es una especie de guerra relámpago, donde a cada ataque inicial le siguen otros a más velocidad con toda su carga de sorpresas que nos deja a los espectadores sin capacidad de respuesta. Por supuesto, las bombas y las balas de este ataque son el humor, el juego, la gracia diciendo los textos, la gestualidad o la expresión corporal. ¡Ojalá! todas las guerras fueran así de incruentas.

En suma, Crimen y Telón, programada por el Teatro de Rojas y representado en el Auditorio «El Greco», ha logrado poner en pie a los espectadores que han agradecido el trabajo teatral, con apasionados aplausos.

Antonio Illán Illán
Antonio Illán Illán