Aguirre, en el momento de comunicar su dimisión - ernesto agudo

Razones de la marcha de Esperanza Aguirre: Era la política, estúpido

Un cáncer casi superado, los nietos, la muerte de dos amigas y los sinsabores de la política empujaron a la marcha

mayte alcaraz
cronista de la villa de madrid Actualizado:

Primera semana de febrero de 2011. Habitación 36 del Clínico San Carlos de Madrid. Los Aguirre Gil de Biedma, y a su frente la matriarca doña Piedad, intentan animar a la «niña» de la casa, Esperanza Aguirre (Madrid, 60 años), para azucararle el trago más ácimo de su vida: un carcinoma in situ en el pecho de 1,8 cm de diámetro, del que están a punto de intervenirle los doctores José Román y José Antonio Vidart. Es de grado 1, lejos del nivel 4 considerado como muy agresivo. En esa habitación de la sanidad pública, símbolo del que dicen sus enemigos es su objetivo a batir, el estado del bienestar, se gesta una despedida, a la que solo hace falta ponerle fecha: el 17 de septiembre de 2012.

La media docena de horas que permanece sola Esperanza en esa habitación tras la operación le sirven para sobrevolar su vida, su tesón por conseguir la oposición al Cuerpo de Técnicos de Información y Turismo del Estado, el empeño de su padre por que fuera solvente económicamente y no dependiera nunca de ningún hombre pero, sobre todo, su ingreso en la Unión Liberal de Pedro Schwartz, cuando los liberales -decían sus enemigos- cabían en un taxi. Pero la entrada de su marido, Fernando Ramírez de Haro y Valdés, conde de Murillo, en la habitación, rompe el flash back con el que dormita ayudada por la anestesia. Él no le ha pedido que se retire -no se le ocurriría- pero ambos saben que el final se aproxima. El propio esposo pasa por una etapa difícil de salud. Fuera, los medios calientan la fría mañana del invierno madrileño con sus especulaciones: que si la enfermedad es más grave de lo que parece, que si un Rajoy que camina hacia la Moncloa empuja, que si se ha puesto en marcha la máquina del relevo...

Fernando le trae besos de la última joya de la casa, Beatriz, su nieta mayor, y del recién nacido Fernando, ambos hijos de otro Fernando, el mayor de los Aguirre Ramírez de Haro. Y está en camino Beltrán, el benjamín, primogénito de Álvaro. Tres poderosas razones para el adiós junto al fin de ciclo que la victoria anunciada de Rajoy supone para una mujer de raza que nunca ha descartado ningún envite político, ni siquiera el más ambicioso: la Moncloa.

Tras el cáncer

Como se acerca el momento de comparecer ante la prensa pide a su familia que le compre en El Corte Inglés de Princesa el gloss beige de Estée Lauder que siempre usa y el maquillaje de Sisley que tanto le gusta para dar color a sus pálidas mejillas. Cruza los dedos para que no tengan que administrarle quimioterapia: esa será señal del buen pronóstico de la dolencia y, por qué no reconocerlo, de que su pelo no sufrirá los estragos del fármaco, ese cabello que cuida con mimo con un tinte vegetal cuya fórmula guarda como si la de la coca-cola se tratara. Además, tiene muy presente que dos de sus más queridas amigas (al cabo de los meses morirán ambas) sufren también esa enfermedad.

Mientras recoge sus cosas recibe la llamada de Mar Utrera, la esposa de Alberto Ruiz-Gallardón, cuya relación sigue por los meandros ingratos de la política. Mar, convaleciente de otro cáncer de mama, le anima a no perder el optimismo: «Se sale, Esperanza, créeme». Ella le manda saludos a Alberto. Siempre Alberto.

Corría el año 83 cuando la joven liberal entra en AP; el cabeza de cartel nacional entonces era Verstrynge. «Es para no creer», se dice por la deriva trotskista del personaje. Mientras recoge cuatro cosas de la habitación recuerda cómo conoció a Alberto tras dejar Unión Liberal e ingresar en AP. Ambos desembarcaron en el Ayuntamiento de Madrid en 1987 bajo el liderazgo de Álvarez del Manzano que en aquel momento no sabía que apadrinaba a sus sucesores en el poder madrileño. Rememora sus años rebeldes de concejal de Medio Ambiente, cuando amenazó a Leguina con encadenarse en la Puerta del Sol si continúaba con el proyecto de invadir ese pulmón verde con una línea exterior de metro.

Pero sobre todo piensa en Alberto: sigue sin perdonarle ese gesto en el tórrido junio de 2003 en la Asamblea de no levantarse de su escaño cuando Eduardo Tamayo, el tránsfuga que impidió que el PSOE e IU formaran gobierno, subió a la tribuna de oradores. El nuevo grupo popular que ella presidía abandonó el hemiciclo en protesta por ese comportamiento antidemocrático. Pero Alberto se quedó. Y ella interpretó que era una manera de cuestionarla. Nunca olvidó ese desaire del hoy ministro.

Lo escribió en una biografía autorizada («La presidenta», 2006) que levantó ampollas en Génova: como tampoco entendió que decidiera compatibilizar los cargos de presidente y alcalde hasta el 26 de octubre de ese año cuando se celebró la nueva consulta en la que, esta vez sí, ella sería presidenta con mayoría absoluta. Aguirre quería que el presidente en funciones durante aquellos meses fuera Luis Eduardo Cortés, vicepresidente de Gallardón, pero bajo el pretexto -ella así lo entendió- de un informe jurídico sin fundamento acaparó, en una situación insólita en democracia, ambas funciones. Fue el final de una relación de amistad «de calcetines cortos», como ella gustaba recordar.

Luego vendría la guerra declarada y sin cuartel: Esperanza frente a Rajoy; y Esperanza frente a Gallardón. En Génova las crónicas cuentan que contra el primero maniobró hasta el congreso de Valencia cuyo aperitivo más sabroso ofreció en el Foro ABC donde profirió un «No me resigno» que sonó a desafío a un Rajoy flagelado por el azote mediático de un grupo que soñaba con impulsarla como la primera presidenta del Gobierno de España; después vino el cuerpo a cuerpo con Gallardón, hasta que Rajoy dijo basta pasado Reyes de 2008.

Cuando más débil estaba el hoy presidente del Gobierno, una reunión de alto voltaje con Aguirre, Gallardón y Acebes en la planta noble de Génova acabó en trifulca. El entonces alcalde de Madrid, espoleado por las promesas de Rajoy de saltar a la política nacional y abandonar el bastón municipal, creyó contar con el compromiso en firme del presidente. Llegado el momento, Esperanza planteó un órdago en el despacho de Rajoy. «Si él va en tus listas, yo quiero volver a la política nacional». Rajoy concluyó: «Estoy harto de vosotros dos: me habéis dado la legislatura». Resultado: ninguno le acompañó en la candidatura el 9 de marzo de 2008. Pero volvió a perder y el 20 de junio se celebraría un tormentoso congreso popular en Valencia al que acudió la ahora expresidenta reforzada en su papel de alternativa.

La bronca del ascensor

Aguirre recuerda mientras entra en el coche que la lleva a casa tras la operación aquel episodio de Génova que los periodistas concluimos en llamar «la bronca del ascensor» por los dardos envenenados que ella y el alcalde se lanzaron en el ascensor que los conducía a su casa particular y a su hogar político: Madrid, del que ambos querían salir y que solo lograron abandonar casi cuatro años después, por razones diferentes y con pocos meses de diferencia.

Ahora toca llegar a casa y descansar hasta que los médicos digan si debe o no someterse a quimio. En el coche se reencuentra con su hábitat, más propio de un despacho que de un vehículo oficial: un par de pantys de repuesto en la guantera, un juego de pendientes en una bolsa de tela repleta de zarcillos, un par de zapatos de vestir en una bolsa de plástico al uso, para las ruedas de prensa imprevistas, y una mini televisión que le devuelve su imagen en los reportajes que escupen los telediarios sobre su exitosa intervención de cáncer. Habla Rajoy en la tele y le desea lo mejor.

Intenta recordar cuándo empezó el desencuentro sin encontrar una fecha y solo repara en un suceso que a punto estuvo de dar un vuelco a la política nacional. Ahora se ríe al recordarlo pero el 1 de diciembre de 2005 un tonto accidente unió su destino al líder del PP. El empeño del alcalde de Móstoles de que sobrevolaran en helicóptero unas obras con un equipo de TV rozó la tragedia. Ella lo recuerda ahora con una sonrisa pero más sabroso es escuchar el relato contado por Mariano Rajoy, que siempre bromea con la entereza con la que la presidenta bajó de la aeronave y «lo desconchado» que bajé yo. Con humor, el inquilino de Moncloa cuenta cómo con estoicismo recibió magullado las quejas de los sindicalistas en el hospital de Móstoles al que fue trasladado por las políticas sanitarias.

En efecto, su marido es fiel testigo de cómo su esposa le llamó muy tranquila cuando los teletipos bullían con las fatales consecuencias que se temían para dos de los más relevantes líderes nacionales. Fue entonces cuando se tejió una leyenda de Esperanza Superstar que le ha perseguido hasta la fecha, jalonada por las bombas terroristas de las que salió ilesa en un hotel de Bombay en noviembre de 2008. Entonces, como tras el helicóptero, Aguirre apareció sin un rasguño y cuidó la ambientación hasta el extremo al lucir calcetines y peeptoes blancos con los que dijo haber sorteado el peligro. Tiempo después esta periodista le preguntó por esos zapatos acharolados blancos. Ni corta ni perezosa los sacó de sus pies para descubrir la procedencia. «Son de El Corte Inglés, de la semana fantástica, y me han costado baratitos, no llegan a 50 euros». La impertinencia periodística me llevó a comprobar el dato y no hallé mácula en el informe: 49,99 euros.

Finalmente, aquel optimismo de la paciente se tradujo en un buen pronóstico que evitó el tratamiento más voraz. Pero las cosas ya no serían nunca como antes. Los médicos le prescribieron una pastilla que, como tantos enfermos de tumor maligno, tiene que tomar todos los días. La radioterapia no fue tan dura pero también la minó. Su casa, su marido más delicado que antes, los nietos y la política. No era la economía, estúpido. O sí. Pero sobre todo era la política. La ingrata política que ahora recibe a los responsables públicos con lanzamiento de tuppers y que ha dejado a los presidentes autonómicos (paradójicamente) sin autonomía para decidir. La política con mayúsculas pasó a la historia. Es momento de recortes y de consultas a Montoro para cualquier gasto sin justificar.

Confidencia para tres

Por ello, tras salir del hospital se impuso meditar y no presentarse a las elecciones de 2011. Pero no era el momento. Y este verano reunió a sus más fieles ( Ignacio González, su sustituto; Isabel Gallego, su jefa de Comunicación, y Regino García-Badell, su jefe de Gabinete) y les dijo lo que ninguno esperaba: «Me voy, pero no os lamentéis que este trabajo no es para siempre. Yo no soy una profesional».

No lloró hasta que entró en su despacho privado de la Puerta del Sol, desde cuyo balcón se proclamó la República. Allí, repasó la foto de sus hijos, las viñetas de Mingote, la maqueta del (bendito) helicóptero, regalo de Leguina, un casco de bomberos, el capote con que le obsequió Cayetano Rivera Ordóñez y encendió el fluorescente sobre el espejo que mandó colocar para poderse maquillar con luz. Luego llamó a Rajoy, el ganador de una guerra con final feliz para el PP, y le pidió una entrevista.

Lo demás lo contó ella ayer.