Manifestación independentista de Madrid, a su llegada a la Plaza de Cibeles
Manifestación independentista de Madrid, a su llegada a la Plaza de Cibeles - De San Bernardo
Manifestación independentista

El soberanismo pierde fuelle en Madrid: se manifiestan los que llegaron en bus y unos pocos más

La protesta soberanista no consigue apoyos más allá de los fieles a la causa que viajaron desde Cataluña en alrededor de 500 autocares

MadridActualizado:

Bajar la madrileña cuesta de Moyano hoy por la tarde era como ir al Camp Nou en un día de partido, pero con menos gente. Por las calles aledañas al Paseo de Recoletos desfilaban miles de personas, con sus esteladas al viento o sobre la espalda y hablando de sus cosas en catalán. El independentismo ha hecho parada en Madrid pero la manifestación diseñada en la capital no ha lucido tanto como las altas instancias soberanistas esperaban. Los refuerzos no han llegado y el independentismo, que ambicionaba sumar voluntades alrededor de su causa, se ha quedado solo en medio de una ciudad donde, cuatro calles más allá, la gente hacía sus compras o se tomaba unas cañitas haciendo exactamente lo mismo que cualquier otro sábado.

Coincidiendo con el juicio al «procés», el soberanismo se trasladó a Madrid para insistir en un referéndum de autodeterminación al que el Derecho Internacional da la espalda y, de paso, apretar al Supremo, por donde desfilan desde hace semanas los cabecillas del golpe del 1-O. Pero la cosa, ya desde por la mañana, empezó mal para los intereses independentistas. Antes de comer trascendió que la Policía Nacional había arrestado a uno de los líderes de la Asamblea Nacional Catalana, convocante de la protesta junto a Òmnium Cultural, las dos organizaciones movilizadoras del secesionismo por excelencia. Era Jordi Alemany, que cometió la torpeza de dejarse ver en los alrededores del Paseo del Prado pesando sobres sus hombros una orden de detención y puesta a disposición judicial.

«El juicio es una farsa»

Con la sesión vespertina, los 500 autobuses repletos de fieles a la causa desembarcaron en Madrid y las esteladas comenzaron a dejarse ver por las calles más céntricas. Especialmente alrededor del parque del Retiro y la Castellana, donde quedaron aparcados los autocares para enfado de taxistas y turistas, que tuvieron que ingeniárselas para cruzar dicha arteria madrileña, cerrada al tráfico.

Tras el café, todo estaba ya dispuesto para la manifestación. Las 25.000 personas llegadas en autobús -a razón de 50 asientos por cada vehículo- se quedaron en 18.000 asistentes para la Delegación del Gobierno pero, según los organizadores, se multiplicaron para elevar la cifra hasta los 120.000. De una forma u otra -aunque más probablemente de la primera-, minutos antes de las seis de la tarde arrancó la protesta con un grito clásico.

« ¡Este juicio es una farsa!», gritaron a coro los asistentes que, concentrados en los márgenes del Paseo del Prado, jalearon a sus políticos conforme iban irrumpiendo en la escena. Llegó Torra, aplausos. Después, por el córner, entraron a la comitiva Tardá y Rufián. Más aplausos. Hubo vítores hasta para la delegación llegada desde Alsasua para defender a los agresores de dos guardias civiles y sus parejas. Artur Mas, expresidente de la Generalitat; y Carles Sastre, antiguo integrante de Terra Lliure pasaron más inadvertidos aunque también estuvieron copando las primeras posiciones tras la pancarta principal.

«Escucha España este grito de libertad, escucha España estos gritos de independencia», clamó ante los medios el presidente de la Generalitat, quien lanzó una amenaza al Gobierno: «No pararemos hasta que nuestro derecho de autodeterminación sea respetado y ejercido». En La Moncloa escucharon y, siguiendo el estilo Josep Borrell, contestaron con la receta del «ibuprofeno». «El Gobierno ha construido un camino donde no había camino», reivindicaron desde el Ejecutivo en un comunicado, aunque sin embargo recordaron al independentismo que «dentro de la Constitución todo, fuera de ella nada».

Al final resulta que Jaume, Carmen, Dori y Montse, cuatro veteranos independentistas llegados a Madrid desde San Feliú de Guíxols (Gerona), llevaban razón cuando, a los pies de la fuente de Neptuno, reconocieron que con el PSOE en el Gobierno les va mejor que con Rajoy: «Con Sánchez no nos iban a dar la libertad, pero se puede hablar... ¡Aunque cuidado, que también votó el 155!».

«Fe total» en Puidemont

Especialmente contundente en sus opiniones se mostró Montse, que directamente habló de que la sentencia al juicio del «procés» está «ya escrita», mientras demostró su convencimiento en el proceso independentista: «El pueblo se ha cansado, no hay vuelta atrás». Por ello espera la vuelta de Carles Puigdemont de Bruselas si finalmente consigue un puesto como eurodiputado y pese a que, conocedor de que igual que a Oriol Junqueras y al resto de exconsejeros, le esperaba la cárcel tras el 1-O, escapó de España: «Tengo fe total en Puigdemont».

«Todo está decidido. No hay imparcialidad», criticaron también Flora, Eulalia, Lourdes y Nuria, llegadas desde Rubí (Barcelona) quienes, como otras miles de personas -todas vestidas de amarillo, eso sí- gritaron lo siguiente en varias ocasiones y a coro desde el corazón de Madrid: «Hemos venido a despedirnos». Baldomero, taxista, respiró y, tras conocer dicha reivindicación, se limitó a replicar: «¿Y para esto, no podrían haberse manifestado allí?».