Pedro Sánchez y Pablo Iglesias el pasado septiembre en La Moncloa - Vídeo: El cuadrilátero del Congreso

Podemos y ERC ponen fecha de caducidad a Sánchez

Pocos en el PSOE conocen de primera mano los planes reales de Sánchez, pero cunde la sensación de que no hay un plan electoral predeterminado

MadridActualizado:

Algo opaco se cocina en La Moncloa y en Ferraz a la espera del resultado de las elecciones andaluzas. Pedro Sánchez no tiene aún decidida una fecha para la celebración de elecciones generales, pero el desgaste inherente a la acción de gobierno ha empezado a hacer mella en la confianza interna. El Ejecutivo no es tan «bonito» como se predicó, gobierna a golpe de rectificaciones sistemáticas, y Sánchez pierde los apoyos que logró en la moción de censura. Originariamente, siempre abogó por prolongar la legislatura hasta marzo de 2020. No apurarla hasta junio, pero sí sobrevivir la segunda mitad de 2018 y todo 2019 con la idea de consolidar un perfil presidencial, imponer férreamente su autoridad orgánica en su partido, y diseñar una España radicalizada hacia la izquierda con el objetivo de debilitar a Podemos o, alternativamente, de mantenerlo como rehén subordinado al PSOE, en una estrategia de recuperación del voto perdido para el socialismo.

Para ello era imprescindible poner en marcha una doble estrategia: la ya conocida de «apaciguamiento» del separatismo catalán, con un compromiso expreso de «manejo a distancia» de la justicia para aminorar las consecuencias penales de la rebelión del 1-O; y la aprobación de unos presupuestos «sociales» con una impronta marcadamente «sanchista», que permitiese regalar a Podemos su minuto de gloria en una legislatura decadente para el proyecto de Pablo Iglesias, pero que a la vez consagrase al PSOE como única fuerza de la izquierda capaz de ganar las elecciones generales.

Pérdida de confianza

Sin embargo, hay tres factores que ya han alterado drásticamente los planes de Sánchez. Primero, el separatismo catalán creía en Sánchez dada su sobrevenida beligerancia con el 155, y su visión despectiva del juez Pablo Llarena y de todo el Tribunal Supremo. Pero la imposibilidad de doblegar al poder judicial a base de presiones y coacciones ha terminado por convencer al independentismo de que su chantaje para excarcelar a los procesados y convertirlos en héroes nunca fue efectivo. Además, los hipotéticos indultos son un consuelo demasiado lejano e inservible. Las reacciones de ERC esta semana en el Congreso –Gabriel Rufián provocando su expulsión, el desprecio a Josep Borrell y la tercera reprobación de la ministra de Justicia- demuestran, como cuestión de fondo, que esa alianza se ha roto para Sánchez.

Segundo. Podemos sugiere cada día que la legislatura está agotada. No hay presupuestos posibles, y la alternativa de prorrogar los aprobados por Mariano Rajoy para enmendarlos después a golpe de decretos no es una solución factible para Pablo Iglesias en año electoral. Podemos no quería aparecer como el culpable del arrinconamiento de Sánchez. No quiere presentarse ante el electorado de la izquierda como el subalterno que da la puntilla. No pretende quedar como el responsable de un acortamiento súbito de la legislatura, entre otros motivos, porque no le conviene en las horas más bajas que las encuestas pronostican para su partido. Sin embargo, asumir el desgaste de sostener en solitario Sánchez, sin obtener rédito alguno a cambio, le va a penalizar. Por eso Iglesias no cree hoy que la legislatura aguante un año, hasta el próximo otoño.

Una mayoría alternativa

Y tercero. Sánchez es consciente de que la grieta abierta entre él y sus socios de moción de censura es profunda, y de que reeditar otra hipotética investidura con ellos será infinitamente más complejo que haber negociado la moción para arrebatar el poder a Mariano Rajoy. A ello se suma la tesis de que cuanto más prolongue la legislatura, más opciones tendrán PP y Ciudadanos de fraguar una mayoría absoluta. A Sánchez empieza a entrarle un vértigo paralizador, que ha abierto al PSOE a especular con comicios generales en primavera.

Resulta absurdo analizar decisiones que ni siquiera están tomadas, y solo es posible escrutar expectativas, tendencias y percepciones. Pero S ánchez solo se confiesa con un reducidísimo grupo de confidentes, sin que ningún crítico alce la voz. Goza de manos libres, incluso creando un serio malestar interno en federaciones como la madrileña, o poniendo en alerta a barones socialistas como García Page, Puig o Lambán, radicalmente contrarios a unificar las elecciones generales con las autonómicas.

Pocos en el PSOE conocen de primera mano los planes reales de Sánchez, pero cunde la sensación de que no hay un plan electoral predeterminado, sino una incierta dependencia de las encuestas y del vaivén diario que cause el «prueba-error» constante de Moncloa. El temor a una improvisación sistemática se ha instalado en un sector del PSOE como algo inquietante y perjudicial porque se ha empezado a tomar nota de que el crecimiento de Ciudadanos no será anecdótico, de que el PP ha empezado a contener su sangría, y de que Vox ha irrumpido entre un votante muy joven de la derecha que hasta ahora nutría una abstención desconfiada. Los resultados de Andalucía serán clarificadores para Sánchez. Pero Podemos y el separatismo catalán ya le han puesto fecha de caducidad.