Mas, político y español

La permanencia de Artur Mas al frente de CiU confirma su españolidad genética

jesús lillo
Actualizado:

Bien agarrado, no vaya a caerse, la permanencia de Artur Mas al frente de CiU confirma su españolidad genética, de la que tanto reniega y a la que tanto partido ha querido sacarle desde que vio la cantidad de gente que había celebrado la Diada con señeras estrelladas y manitas patrocinadas de "Adeu Espanya". Lo de las urnas fue una derrota a la catalana, vuelta y vuelta, pero lo del hotel Majestic fue una españolada de toda la vida. Lo de "De aquí me tienen que sacar con agua caliente" se entiende en cualquier idioma, pero nace de las honduras más arcanas y del apalanque del alma española.

De caudillo de un pueblo, Mas pasa a ser un político del montón

Como el que no quiere la cosa, el domingo por la noche Artur Mas se hizo una foto de familia, de profundo carácter distributivo, con la que repartir cargas y culpas entre los miembros del consejo de administración de CiU, pero el personalismo y el caudillismo que han marcado su campaña convertían a sus segundos en simple barrera de contención para evitar la concentración del ridículo en un político reconvertido por su cuenta y riesgo en líder, figura en la que intervienen y predominan ingredientes ajenos al ejercicio de la política. A eso vamos. El desastre electoral de CiU no solo representa un fallo de cálculos políticos, algo que le puede pasar a cualquiera en estos tiempos que corren, sino que pone de manifiesto la incapacidad de Mas para activar los mecanismos irracionales que exigía su maniobra de distracción.

Así las cosas, Artur Mas no tiene un problema político como el de, por ejemplo, Pere Navarro o cualquier otro candidato que se presenta a unas elecciones y sale demediado. Eso es lo normal, tanto como hacerse el distraído y seguir como si nada. El drama del cabecilla de CiU se deriva de la naturaleza emocional de una campaña en la que no fue aspirante, sino caudillo, y en la que se empeñó en interpretar el papel de un líder de los años treinta del siglo XX para arrastrar a su pueblo, todo está en los libros, a una empresa descabellada. Un político al uso puede o no convencer, pero un líder como el que Mas quiso ser para la nación catalana merece un final más épico, sección de tragedias, que el que adelanta, como una cortinilla de continuidad, la foto del hotel Majestic. Jugar a la política de andar por casa después de apostar a la grande por el irracionalismo es un monumental ejercicio de cobardía, una cosa también muy española, que confirma que Artur Mas iba de farol, incluso consigo mismo. Un líder no hace estas cosas. Al final va a resultar que Mas no es más que un político. Y encima español.