Manifestación en Córdoba el día internacional contra la violencia de género
Manifestación en Córdoba el día internacional contra la violencia de género - abc

Tres víctimas de violencia de género relatan su cambio gracias a un empleo

Un trabajo para arrinconar a los maltratadores

Actualizado:

«¿Has visto lo que les ha hecho el de Córdoba a sus hijos? Pues ándate con ojo». Vanessa, que esconde su nombre y su cara, contiene las lágrimas al recordar las palabras con las que la torturaba su exmarido durante los meses del terrible caso Bretón. «Nunca me pegó, ojalá. Yo lo retaba a que lo hiciera. Me volvía loca y no se iba». Una noche destrozó el armario de su niña, de cuatro años, a golpes, esos que no les daba a ellas con las manos pero que eran menos dolorosos que el acoso continuo. Vanessa le dijo que se separaba, que no aguantaba más y él se atrincheró en el piso que habían pagado en su mayor parte los padres de ella. Seis meses tardó en echarlo. Y día tras día él le recordaba a Bretón o cualquiera de los otros terribles parricidios que oía en televisión. Ella creía enloquecer si un día se llevaba a la niña al parque o la recogía en la guardería. Engordó quince kilos y no quería mirarse al espejo ni hablar con nadie.

Ahora esa Vanessa, que no es Vanessa, está sepultada. La ha sustituido una atractiva mujer de 40, que ríe sin parar, habla con entusiasmo y se levanta cada mañana a las cinco para tomar un café con su amiga María, que tampoco es María, ese es el nombre máscara que esconde a otra víctima de violencia de género. Su vida estuvo a punto de terminar a manos de su marido. La física. La otra ya no existía, devorada por el terror y la mentira en que se había convertido su antiguo hogar. Ambas trabajan este verano en puestos administrativos tras pasar por un proyecto de formación.

Más de 60 empresas

Repsol es una de las 62 compañías integradas en la red de empresas por una sociedad libre de violencia de género, a la que se han sumado hace poco más de un mes seis empresas públicas (Adif, Aena, Ico, Correos, Loterías y Renfe) y que cuenta con socios tan exitosos como Alcampo, BBVA, El Corte Inglés, Grupo Clece, Eulen y una larga lista de firmas punteras. La iniciativa, del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, tiene dos objetivos: sensibilizar de los malos tratos e integrar a las víctimas en el mercado laboral. Con un trabajo, con independencia económica, romper el vínculo con el maltratador es más sencillo.

Vanessa, María y Alba son el ejemplo de que se puede acabar con ese enemigo que vive en tu casa. Alba tiene 57 años. Trabaja como limpiadora en un cuartel. Se le abren los ojazos verdes cuando cuenta que su contrato es indefinido. Lleva separada desde 1997, pero su agresor, que pertenece a las Fuerzas de Seguridad, se le presentó en su penúltimo trabajo mientras barría una calle de Madrid hace un par de años. Ella se ahogaba. Volvió el miedo, las noches en vela, la pérdida de su hija menor, las deudas. Todo en un flash de un minuto. «Yo tenía un piso aquí en Madrid, ya pagado. Me decía: «Si no vendes el piso, lo pico y lo quemo contigo dentro». Nos tuvimos que ir a vivir a un pueblo casi sin gente. Yo no conocía a nadie y las niñas ya no podían ir a sus actividades. Él decía que tenía otro trabajo en el taxi, pero era mentira. Había otra persona y a mí no me daba ni para comprarle las medicinas a las niñas». Cuando descubrió la infidelidad lo echó de casa. Él lo negó. Empezó a acosarla, a presentarse en su trabajo. Amenazas. La pistola en la cabeza. «¿Pero antes de eso te maltrataba?», le pregunto. «No, antes pasaba de todo. Bueno... al mes de casarnos me dio una paliza y luego también... pero yo creía que eso era lo normal».

La historia de Alba, otro nombre para tapar el pasado, es desgarradora. Ha estado una década sin ver a su hija menor, que decidió irse con su padre, olvidar a su madre y a su hermana. Decía que se iba a matar. El juez le aconsejó que la dejara marchar. Ahora ha vuelto, pero Alba ha acumulado tanto dolor que no sabe si se puede fiar o si la hija actúa como un instrumento de su verdugo. Llora sin parar al contarlo aunque no quiere llorar. «Intento no hablar de todo eso. Voy a mi trabajo, hablo con mi otra hija, tengo amigas...» Quizá para ella más que para ninguna otra trabajar, ganar su sueldo la ha reconciliado en parte con el mundo.

Bonificaciones

Detrás de este camino hacia la salida está también la Fundación Integra, uno de los dos socios colaboradores. Desde 2001 se han suscrito 1.446 contratos de todo tipo a mujeres maltratadas: desde limpiadoras o cajeras hasta responsables de departamentos, aunque con la crisis prima la demanda en el sector servicios. Las empresas obtienen una bonificación de entre 500 y 600 euros si el contrato es indefinido (solo unos 150 lo son). Un trabajador social propone a la aspirante. Conoce sus circunstancias, su vida, su necesidad y su apuesta de futuro.

«Un factor importante es que exista una orden de alejamiento en vigor o una sentencia condenatoria», explica la directora general de Integra, Ana Muñoz de Dios. Lo primero es la confianza. «Tú preguntas a una víctima qué sabe hacer y te responde que nada, de ahí la importancia de trabajar sus capacidades. Nos encontramos con mucha cualificación laboral y una nula creencia en ellas mismas. Pero eso se cambia». Cuando encajan en una empresa, su jefe directo no sabe que son víctimas. «Es otra garantía para protegerlas y para que no sientan que se les está regalando algo porque no es así», reitera Muñoz de Dios.

María reúne ese perfil. Con dos hijos de 8 y 13 años, diplomada en magisterio y con formación administrativa, había gestionado una empresa. Huyó de su casa con lo puesto y con las dos criaturas y se refugió en casa de sus padres, en una ciudad que desde hacía mucho no era la suya. Sus huellas aparecen en forma de contención. Rehúye cualquier dato que sirva para que se la identifique o para que su exmarido ate cabos. Ella y sus niños están en tratamiento psicológico. El empleo que tiene ahora es temporal y necesita ayuda económica de sus padres, pero está convencida de que saldrán adelante. «El trabajo me ha dado la vida. He vuelto a ser una persona», relata María. Ese es el resumen. Por una vez, la esperanza frente a la bestia particular que les arruinó la vida.