Tribuna

Una mirada al horizonte

Volver a las regulaciones del pasado, que estaban proyectadas sobre una realida empresarial y laboral distintas, es hacer un flaco favor a la mejora de la situación del mercado de trabajo

IÑIGO SAGARDOY DE SIMÓN
MadridActualizado:

Si hay algo opuesto a la innovación y a la mejora, son la inercia, el continuismo o la visión a corto plazo. En el ámbito empresarial y de forma más preocupante en nuestras actuales democracias, los resultados inmediatos, la necesidad de satisfacer intereses cortoplacistas nos hacen perder la capacidad de reflexión sobre lo que es positivo para un futuro que es realmente lo que pervive en la memoria o en el tiempo. Esta máxima que se puede aplicar en muchos ámbitos de la vida, también es determinante cuando hablamos del mercado de trabajo.

En la actualidad, y no sólo en el caso español, estamos asistiendo a unos fenómenos determinantes en nuestra economía y, por ende, en el empleo. En primer lugar, y aunque ya viene de antiguo, la globalización que se está acelerando a pasos agigantados, suponiendo una liberalización de mercados y servicios, incide claramente en la creación de empleo de cualquier economía. En segundo término, el impacto de las nuevas tecnologías o la digitalización económica, con nuevas formas de trabajo incluso en empresas tradicionales, nuevas empresas derivadas de la «gig economy», novedosas formas de relacionarse con el cliente... En tercer lugar, el envejecimiento de la población -mucho más acuciante en nuestro país- que determina no sólo cambios en las políticas sociales, sino en las propias empresas con diversidades generacionales que van a ser una prioridad en la gestión de los recursos humanos. Y, finalmente, una creciente desigualdad derivada fundamentalmente por una etapa prolongada de crisis, pero también y más a largo plazo, por la brecha salarial que se produce con cualificaciones altas más demandadas en la nueva economía y las más bajas necesarias en muchos sectores productivos.

Pues bien, ante estas tendencias tan significativas, la gran pregunta a resolver es cómo afronta este mercado de trabajo su futuro sobre unas bases sólidas que no supongan sorpresas tan negativas como las que tuvimos en la fase crítica del empleo en el quinquenio maldito de finales del 2008 al 2013. Una respuesta simplista, a mi modo de ver y que ya ha demostrado su fracaso en otras etapas, es la de dar marcha atrás en las reformas emprendidas.

Volver a regulaciones del pasado que estaban proyectadas sobre una realidad empresarial y laboral tremendamente distinta a la que tenemos o vamos a tener, creo que hace flaco favor a la mejora de nuestra situación laboral. Es una medida efectista, con ciertos réditos sociales, pero insisto que no supondrá beneficio en el largo plazo, y que puede ser preocupante porque produzca un efecto negativo de desánimo empresarial a crear más empleo. Máxime cuando las reformas que se han hecho recientemente han tenido unos efectos tan positivos en el empleo con 481.000 empleos creados de media anual en los últimos cuatro años, o con una reducción de casi 2,5 millones de parados desde el pico en nuestras tasas de paro. España lidera en estos momentos la creación de empleo de la zona Euro. Dicho de otra forma, el mercado de trabajo es dinámico y, por tanto, la legislación laboral que lo regula debe acompasarse a ello, no volviendo a situaciones muy anteriores a lo que estamos viviendo en estos momentos.

Por todo ello, creo que el enfoque debe ser distinto. Necesitamos ciertamente reformas sustantivas de nuestra legislación laboral, pero encaminadas a afrontar esos retos comentados anteriormente, propiciando una mayor estabilidad en el empleo, incentivando las nuevas formas de trabajo, la flexibilidad de las empresas como alternativa al despido, etc.

Por encima de esa base, una negociación colectiva innovadora e integradora. Innovadora en el sentido de recoger las nuevas tendencias en el seno del desarrollo empresarial (el derecho a la desconexión digital es un buen ejemplo); e integradora para mejorar las condiciones de los trabajadores afectados cuando las empresas se han recuperado de la crisis y conseguir un equilibrio de beneficios para todos (el anuncio del salario mínimo convencional de mil euros, pactado entre patronal y sindicatos, es otro buen ejemplo). Pero lo que es más importante, precisamos de un gran acuerdo social para el fomento de la educación y de la formación continua, adaptada a las nuevas realidades. Un país «bien educado» -en el sentido material del término- y que consiga formar a sus trabajadores de forma permanente, tiene un éxito asegurado. Ya vendrán luego las regulaciones y los pactos, pero este es el pilar básico de una sociedad con futuro.

Tenemos muchos retos pero hasta que la mirada no se eleve por encima de todos nosotros, mucho me temo que no llegaremos bien a la final del campeonato.

IÑIGO SAGARDOY DE SIMÓNIÑIGO SAGARDOY DE SIMÓN