El Real Madrid llega a Sevilla con el objetivo de asaltar el liderato - Reuters

Real MadridLos problemas del modelo deportivo de Florentino

Como en 2003, el club no acierta a renovar un equipo campeón y sufre para adaptarse al nuevo entorno. La planificación, en entredicho

Los errores en cadena de la dirección deportiva

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No había empezado el Madrid a celebrar su 13ª Copa de Europa en el Olímpico de Kiev y ya eran indisimulables los problemas. En el césped, Cristiano hablaba del club en pasado; Zidane no decía nada, pero en días, apenas horas, se despediría.

Tras la segunda mejor etapa de la historia del club, y quizás del fútbol europeo, el Madrid se enfrentaba a dos problemas serios a los que había que añadir otro más expresado por Zidane días después: «Se necesita un cambio». Algo evidente para cualquiera que hubiera observado la temporada en su conjunto. En realidad, la cumbre la había alcanzado el Madrid un año antes, en 2017, con el doblete, el equipo de las dos unidades y la noche de Cardiff contra la Juventus. En ese momento, que podía haber sido el de la reconstrucción, se inició un ciclo de renovaciones y ventas que fue debilitando la plantilla y cronificando el once. Ninguno de los tres problemas planteados con urgencia en mayo de 2018 iba a ser bien resuelto.

El primero de todos era Cristiano. En el momento de consagrase como nuevo Di Stéfano, su marcha no respondía tanto a razones deportivas como a una mezcla de desencuentro, egos y problemas fiscales. El Madrid lo dejó ir por menos de lo que le iban a pedir por Hazard y sin tener asegurado un sustituto. La estructura del equipo continuaba, pero sin la estrella, y nada de lo que ofrecía el mercado satisfacía al Madrid, que, inhibido ante los nuevos precios, acabó recuperando a Mariano. El equipo acusaría la falta de gol toda la temporada.

De nuevo, indefinición y excentricidad táctica: Como en los tiempos en que prescindió de Makelele, el Madrid es capaz de ir a París con tres mediocampistas

El segundo problema, el entrenador, se afrontó con una segunda opción. Julen Lopetegui fue fichado horas antes del Mundial de Rusia con el conflicto consiguiente con la Federación. En apariencia, sin embargo, había una lógica en la decisión. Lopetegui contaba con Asensio, Ceballos e Isco, había sido fundamental en la maduración de Casemiro y tenía experiencia con los jóvenes, lo que encajaba con la nueva estrategia deportiva. Pero pudo más el mal inicio y pronto, tras un 5-1 en Barcelona, fue destituido. Como espejismo quedó la noche contra la Roma.

Sentenciado Lopetegui, su sustitución se convirtió en un debate público en el que intervino el capitán Sergio Ramos: «El respeto se gana, no se impone», dijo, en lo que se interpretó como un veto del vestuario a Antonio Conte y su línea dura.

Fueran vinculantes o no esas palabras, el club optó por Solari, un joven entrenador sin experiencia. Se volvía a la idea del perfil bajo y el interino dialogante que ya funcionara con Zidane.

Solari cogió al equipo a finales de octubre y a mediados de noviembre firmó un contrato por dos temporadas. Meses después, en marzo, ya estaba destituido. Solari comenzó a adoptar medidas deportivas e incluso disciplinarias con veteranos como Isco o Marcelo. Dio entrada a Vinicius, Reguilón, Valverde y enseñó la mejor cara de Llorente en el Mundialito. Su equipo, sin embargo, se desfondó en la semana larga en la que quiso pelear los tres títulos: se despidió de Copa y Liga contra el Barcelona y fue vapuleado por el Ajax, con el episodio de la tarjeta amarilla de Ramos de por medio.

Sedante carismático

Traumatizado por una serie de derrotas como no se recordaba, sin títulos a la vista, y con meses de competición por delante, el club esperó a que Solari se sentara en el banquillo en Valladolid para poder presentar a Zidane en el regreso del equipo al Bernabéu. El efecto fue abortar cualquier protesta y evitar hacer frente al fracaso encabalgando la nueva temporada. Zidane recompuso la situación con los veteranos, los fue incluyendo en una nueva rotación-casting con vistas a la pretemporada y extendió esa paz social a la grada. La crisis se amortiguó con el sedante carismático de Zidane.

Un mercado nuevo, un entorno más difícil: El Madrid no admite pagar los precios que le piden y eso afecta a un modelo que se basó en el gran fichaje

Esto tendría, sin embargo, otra consecuencia. El posible «Efecto Zizou» se esfumó. El técnico francés vio en esos meses desvanecerse su halo mágico. Los resultados del equipo no eran buenos, pese a la implicación de un responsabilizado Benzema, se frustró el posible revulsivo moral y deportivo y fue cundiendo la impresión de un Zidane demasiado afecto a los veteranos. La temporada acababa sin progresos, sin decisiones tomadas. Un año perdido. A esa impresión contribuyó la decisión de renovar a Toni Kroos.

Al inicio del verano, el Madrid reaccionó en el mercado de fichajes con prontitud. Llegaron Militao, Mendy, Jovic y Hazard, un viejo deseo de Zidane. El fichaje estrella, sin embargo, ocupaba la posición de Vinicius, única alegría de la temporada y creaba, para empezar, un dilema táctico; el resto eran buenas incorporaciones que daban fondo a la plantilla, pero sin entidad de titulares.

En los meses de mercado restantes quedaba por definir la parte fundamental, el mediocampo. Y ahí se produce lo más incomprensible del verano. Zidane apostó por Pogba y a él sacrificó cualquier otra incorporación (se habló de Van de Beek, Palacios o Eriksen), permitiendo además la cesión o venta de Kovacic, Llorente y Ceballos. Entre sus deseos, claramente expresados, y los ofrecimientos del club se produjo una falta de acuerdo o sintonía que dejó mermada la parte más importante del equipo. Si en la 2018-2019 había sido el gol; en la 2019-2020 iba a ser el mediocampo.

El Madrid se enfrentaba a otro problema. Sus jugadores no tenían salida en el mercado. Ramos solicitaba irse a China, pero gratis, y nadie asumía los contratos de sus estrellas. James y Bale, descartados públicamente por Zidane, no recibían ofertas convincentes y optaban por permanecer.

Zidane inicia la temporada sin ver satisfechas sus peticiones: Bale y James siguen en el club y Pogba no llega. Fallan las ventas y las adquisiciones. Entre medias, se produce una fuga de talento joven que deja sin refresco al cansado módulo del 4-3-3, Casemiro, Modric, Kroos. La autoridad deportiva de Zidane en el nuevo proyecto empieza a ser cuestionada, los resultados de la pretemporada no acompañan y el Madrid es apalizado por el Atlético de Madrid (3-7). Se extiende la idea de que Zidane no es el hombre idóneo para la labor exigida: le falta el temperamento para dar las bajas necesarias y es renuente con los jóvenes. De una forma parecida, Lopetegui ya se resistió a alinear a Vinicius, lo que evidencia una dificultad estructural en el Madrid actual: la nueva planificación deportiva, basada en los jóvenes, no se traslada al corto plazo del equipo. De Lunin a Jovic, pasando por Hakimi, Ceballos, Kubo u Odegaard, tiene el Madrid un completo once sub-21 que espera cedido o en el banquillo.

Iniciado el curso, el cambio que el mismo Zidane consideraba necesario no se ha producido. Perfecta definición de crisis: lo viejo no se ha ido, lo nuevo no ha llegado. La columna vertebral sigue intacta y se ha agravado un desequilibrio adicional de la plantilla que se hizo visible en París. Hay pocos centrocampistas y los pocos que hay concentran el desgaste físico.

Esta situación recuerda a un momento concreto de la primera etapa de Florentino. En 2003, tras ganar dos Ligas y la Novena, el club toma una decisión capital: ficha a Beckham y traspasa a Makelele sin adquirir un sustituto para su perfil. El francés sostenía defensivamente la cúpula de los Galácticos. A Zidane, en la plantilla entonces, se le atribuye una frase que describe las decisiones de ese verano: «¿Para qué añadir otra capa de pintura dorada en el Bentley si pierdes todo el motor?». Sin Makelele y vendidos los últimos integrantes de la «clase media», el Madrid se quedó sin centro del campo. En esa temporada se inicia un hundimiento deportivo que acabará en tres años sin títulos y la dimisión de Florentino. «He maleducado a los jugadores», reconoció. La situación presenta alguna similitud. No solo por la fuerza política del vestuario, también por la apuesta por entrenadores de perfil bajo y la aplicación deficiente de un modelo de gestión deportiva sui géneris.

Enorme desequilibrio

Ahora son jóvenes prometedores en un Madrid copado por viejas glorias, entonces fueron los Zidanes y Pavones, la mezcla no bien disuelta de Balones de Oro y canteranos que se pensaba, como ahora, era el único modelo viable en un entorno futbolístico cambiante. Como en la actualidad, la aplicación se tradujo en un extraordinario desequilibrio, casi un reto a las leyes del fútbol. Ese Madrid sin mediocampo envejeció de un modo que recuerda al presente. La primera obra del Florentinismo, aquella delantera galáctica, implosionó; la segunda, el monumental equipo de las cuatro Champions, espera que alguien firme la declaración de ruina y tome las medidas oportunas.