Kagawa, durante su presentación como jugador del Zaragoza
Kagawa, durante su presentación como jugador del Zaragoza - EFE
Fútbol

Fichajes para hacer una película

La proliferación de movimientos de mercado como el que ha llevado a Kagawa al Zaragoza normaliza lo que hasta el momento parecía una rareza

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Quizá con el paso de los años, al echar la vista atrás, este verano flotará en el horizonte como los que colorean las adolescencias, un remanso de felicidad donde las historias irrepetibles se asumen como lo que son, algo que no volverá. También cabe la posibilidad de que no sea más que otro de tantos, si acaso el punto de partida a partir del cual la tendencia mutó en costumbre, haciendo de los fichajes impensados una norma en el fútbol moderno. Lo que no hace tanto eran extravagancias se convierten hoy en rutinas de lo insospechado, caso de la llegada a Zaragoza de Shinji Kagawa, un japonés que se hizo un nombre en uno de los mejores Borussia Dortmunt de siempre.

Sin necesidad de salir de España, no hay que escarbar demasiado en la memoria para encontrar rarezas que sirven para contextualizar la acumulación de tantas contrataciones rocambolescas en el panorama futbolero. Es el caso, por poner sólo algunos ejemplos, del (breve) matrimonio entre Cafú y el Zaragoza, Cruyff y el Levante, Trezeguet y el Hércules, Van Nistelrooy y el Málaga, Faubert y el Real Madrid o, no tan atrás, Boateng y Las Palmas. Celebrados en su momento como acontecimientos futbolísticos, sociales y mediáticos, los hábitats naturales parecen haberse difuminado hasta olvidarse en un fútbol entregado a lo global, cada vez menos apegado a las filias y más a las fobias de sus románticos, temerosos ante el riesgo de desnaturalización de lo que un día nació como competición entre identidades, alarmados al ver cómo se les llena la casa de extraños mientras los suyos chocan una y otra vez contra su particular techo de cristal.

Lo que nadie podrá negar es que esta disolución de las barreras que imponían guías medianamente racionales al mercado de fichajes adereza con una buena dosis de picante estos meses en los que el balón se guarda bajo llave. Así, en Roma, han despedido a uno de sus hijos pródigos, el icónico Daniele De Rossi, que ha cambiado el Olímpico por la Bombonera, un estadio con la rampa de salida caliente, pero prácticamente sin tránsito en lo relativo a llegadas de europeos. Al italiano le ofrecían «30 “palos” por año» en Catar, según dijo Maradona, pero sucumbió a la fascinación que le produce el fervor con el que La Doce caldea al conjunto xeneize.

Cerca, en Brasil, han visto cómo uno de los mejores laterales derechos de los últimos años, Juanfran Torres, desempolvaba el pasaporte después de ocho temporadas y media en el Atlético de Madrid para aceptar una propuesta del Sao Paulo, donde compartirá vestuario con Dani Alves. A unos 400 kilómetros estuvo a punto de tener a Mario Balotelli. Cansado a los 28 años de las formalidades del fútbol de élite, «Super Mario» lo tenía hecho con el Flamengo, pero una cláusula en el borrador del contrato que exigía que el Boavista fichase a su hermano rompió la operación.

A España ha llegado la gran estrella de la liga francesa fuera de la purpurina del PSG, el campeón del mundo Nabil Fekir. La cosa no tendría mayor alcance si no fuera porque el comprador ha sido el décimo clasificado de la última Liga, el Betis. El año pasado, Fekir estuvo a punto de fichar por el campeón de la Champions, el Liverpool, por una cifra próxima a los 65 millones de euros.

Tres japoneses en Segunda

La que ha traído a San Sebastián a Alexander Isak, prometedor punta sueco de 19 años que pertenecía al Dortmund, es otra de esas maniobras por las que merecería la pena tomarse un café con el equipo de scouting de, en este caso, la Real Sociedad. Y quien acaba de enfundarse la camiseta del Zaragoza, en un movimiento que olía más a inocentada que a otra cosa, es Kagawa, el tercer japonés que se alista en Segunda después de que el Málaga se hiciese con Shinji Okazaki, campeón de la Premier League en 2016 con el Leicester, y con Gaku Shibasaki en el Deportivo.

Kagawa dijó sí al Manchester United en el verano de 2012 después de despuntar en aquel BVB supersónico de Klopp, consagrado como el mejor jugador asiático del momento. La pompa se pinchó en Inglaterra, aunque no es nada que evite que su presencia en la categoría de plata suponga un exotismo descomunal. Ander Herrera, compañero en Old Trafford y que comparte agente con el nipón, parece el gran productor de la película.