Vincenzo Nibali - EFE
VUELTO A ESPAÑA

Nibali se une a Conterno, Gimondi, Battaglin y Giovannetti

El de Liguigas se convierte en el quinto italiano en ganar la ronda española

madrid Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

A Jesús Loroño le tocó hacer la ‘mili’ en la Santander de 1947. Tuvo suerte. El capitán de su compañía era también vizcaíno, de Gordexola, y le encantaba el ciclismo. Así que ordenó al recluta Loroño salir del cuartel para conquistar la Subida al Naranco. Misión cumplida: el soldado regresó con las 7.000 pesetas del premio. “No existían billetes de mil y me dieron un manojo tremendo de billetes que me guardé entre el pecho y la camisa”, contó. Diez años después ganó la Vuelta España, aunque pudo haberlo hecho una temporada antes, en1956. Se lo impidió Angelo Conterno, el primer italiano en la lista de vencedores de la ronda, antecesor de Felice Gimondi (1968), Giovanni Battaglin (1981), Marco Giovannetti (1990) y Vicenzo Nibali.

En 1956, la selección española parecía un campo de minas. Luis Puig, el responsable, quiso desactivar el incendido proclamando a Salvador Botella como líder. Loroño y Bahamontes echaban fuego por la boca. Era un equipo copado de estrellas: además estaban Poblet, Bernardo Ruiz y Barrutia. Y era una Vuelta de grandes nombres: Bobet, Koblet y Van Steenbergen. Sin embargo, es recordada como la edición de los escándalos. Bobet y Koblet se escondieron. La organización, que les pagaba por etapa recorrida, llegó a pedirles que se largaran. Un italiano, Giancarlo Astrúa, arrolló en la etapa de Bayona y se hundió al día siguiente en los 43 kilómetros contrarreloj que iban hasta Irún. Después se supo que esos altibajos tenían como menú el dopaje.

Entre lío y lío, un italiano sin brillo, Conterno se había vestido de líder en la segunda etapa. Efímero, pensaron todos. Ya caerá en la subida a Pajares. Pero nevó y esa jornada quedó suspendida. No importa, pensaron. Ya llegarán las montañas del País Vasco. Entre San Sebastián y Bilbao, con Jaizkibel y Urkiola en el camino, Bahamontes hizo de las suyas. Imparable. Pasó a todos en Urkiola y sólo la reacción final de Conterno mantuvo al italiano en el liderato. Bahamontes echó el resto en la etapa Bilbao-Vitoria, pero pinchó una y otra vez. Se le averió la bicicleta. Conterno sonreía. Pero quedaba Loroño, que le apretó al día siguiente en Sollube, el puerto cercano, el de tantos entrenamientos. El vizcaíno le dejó atrás. En la general apenas les separaban 43 segundos y por Sollube pasó con un minuto. Acariciaba la Vuelta.

Conterno estaba enfermo, vacío, pero nunca estuvo solo. Los ciclistas italianos y suizos se aliaron y, a empujones, le subieron. Toda la cuneta lo vio. El gran escándalo. El jurado no hizo justicia y solo sancionó con 30 segundos al líder transalpino. Quiso salvaguardar el prestigio de la carrera y privó a Loroño de la Vuelta. Por 13 segundos en la edición de los escándalos. A la meta final no llegó el equipo francés. Se retiró en bloque en protesta porque el pan del avituallamiento estaba duro.

El segundo triunfo italiano fue distinto. Felice Gimondi se llevó una edición eléctrica, emocionante, la de 1968. Cuando vino a por la Vuelta, ya tenía el Giro y e l Tour. La ronda estuvo condicionada por la tensión. Había revueltas estudiantiles. Un atentado obligó a suspender la etapa Vitoria-Pamplona. El ciclismo reunía masas: todos querían ver a Janssen, Altig o a aquel prodigio que debutaba, Luis Ocaña. O a Pérez Francés, el bello, el loco que en el descenso de Pajares agarró el liderato. O a Gimondi, que esperó al alto de Orduña para colocarse con once segundos de ventaja sobre el catalán de origen cántabro, y que ató su triunfo en la contarreloj de 67 kilómetros entre San Sebastián y Tolosa.

Trece años después, otro italiano, Giovanni Battaglin, apartó del éxito a otro catalán de origen cantábrico, Pedro Muñoz. Battaglin rentabilizó la ventaja recogida en la cronoescalada a Sierra Nevada y se limitó a controlar a Pedro Muñoz. Fue una edición pobre. Sin extranjeros y sin el Teka de Marino Lejarreta y Alberto Fernández, que se negó a participar. Un chico nuevo, Laguía, empezó a coleccionar maillots de la montaña. Y Battaglin, tras la Vuelta, se hizo con el Giro. El de 1981 fue su año.

El siguiente italiano de la Vuelta no luce tanto. Marco Giovannetti puso su nombre a la edición de 1990. Era un ciclista corpulento, campeón olímpico en Los Ángeles 1984 en la prueba de los cien kilómetros. Y tuvo la suerte de meterse en la fuga de Ubrique, la que vistió de líder a Julián Gorospe. Nadie se fijó en él aquel día. Pero esos cuatro minutos de renta le dieron la Vuelta por delante de ‘Perico’ Delgado y Anselmo Fuerte. Giovannetti fue un corredor a remolque. Demasiado corpulento para la montaña. Aun así, aguantó las rampas de San Isidro, las que enterraron a Gorospe. Ganó la Vuelta sin ganar ninguna etapa, como ahora Nibali, aunque solo en eso se parecen.