Cristian Escribano, con «Carasucia»
Cristian Escribano, con «Carasucia» - Paloma Aguilar

«Carasucia», un encastado toro de Valdellán

Los aficionados se ponen de parte de unos toros con gran movilidad y emoción

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La feliz noticia de que, sólo dos días después de su terrible cornada, Román ha dejado la UCI obliga a proclamar, una vez más, la enorme labor que desarrollan, en toda España, los médicos taurinos y su Asociación. En este caso concreto, el Dr. García Padrós, hijo y padre de cirujanos. Todos los profesionales y los aficionados les debemos enorme agradecimiento.

Igual que el día anterior, el cartel parece más propio del mes de agosto que de San Isidro. Si no me equivoco, esta temporada, Cristian Escribano ha toreado un festejo; Iván Vicente, ninguno. Atrae ver los toros de Valdellán, de encaste Santa Coloma (línea Graciliano), que tan buen juego dieron, aquí, la pasada temporada. Es la única ganadería brava situada en León, junto a un antiguo monasterio cisterciense. El toro tercero, «Carasucia», es un gran toro, con las virtudes del encaste Santa Coloma, que merecía la vuelta al ruedo, solicitada por muchos... A partir de él, la gente se pone de parte de los toros.

El primero va varias veces al caballo pero sale suelto y espera, en banderillas. Robleño aprovecha su movilidad en suaves muletazos de los que el toro sale distraído; acaba rajándose. Un trasteo aceptable, rematado por una buena estocada. El cuarto se mueve pero vuelve rápido. Tragando mucho, Robleño resuelve con profesionalidad y logra una buena estocada. Sin triunfo, ha tenido una tarde de solvente lidiador.

Iván Vicente parecía llamado a un reconocimiento profesional mayor. ¿Por qué no lo ha logrado? Quizá le ha faltado el carácter, más que las condiciones. El segundo flaquea pero saca genio y se cuela, con peligro. Iván solventa la papeleta con profesionalidad y se lo quita de en medio pronto: no había mucho más que hacer. El quinto va de largo al caballo pero también flaquea. Lidia bien Chacón. Iván traza templados derechazos pero a la faena le falta rotundidad, el toro empieza a protestar y todo se diluye. Mata bien.

Cristian Escribano es madrileño pero reside en Esquivias, el pueblo toledano donde está la Casa de Cervantes. (Recuerdo un artículo de Azorín: «Cervantes nació en Esquivias»). Dejó buena impresión en la goyesca del 2 de mayo. Recibe con templados capotazos al tercero. Saluda, tras dos buenos pares, Jesús Alonso. El toro va largo y humilla, es codicioso, se come la muleta; dándole distancia, liga muletazos de mano baja, con buen estilo y emoción, a pesar de las ráfagas de viento. Un desarme y algún momento de apuro bajan el nivel. La gente se ha puesto de parte del toro, que no para de embestir. Suena un aviso antes de que cuadre. Entrando de lejos, mata tarde y mal. «Carasucia» ha sido un gran toro, encastado y bravo, para el que se pide la vuelta al ruedo y se le despide con una fuerte ovación. El sexto, con más de 650 kilos, va de lejos al caballo, se luce Navarrete y, con los palos, Raúl Cervantes. Cristian lo intenta al natural sin lograr mucho eco.

Si a los políticos les resulta tan difícil llegar a acuerdos, no es raro que diestros que torean poco, cuando se enfrentan a toros tan encastados, no alcancen la coalición, ni siquiera la cooperación.

Postdata. Se preguntan algunos por qué, con frecuencia, la espada frustra faenas de éxito. Dos de los heridos graves en esta Feria, Gonzalo Caballero y Román, sufrieron la cornada al entrar a matar sin aliviarse, rectos como una vela. Dicen los profesionales que es el único momento en el que el torero pierde de vista los pitones; además, si cruza como se debe hacer, el cuerno derecho del toro pasa rozando su muslo. Es, sin duda, la suerte más peligrosa, la que rubrica la faena; por eso recibe el nombre de «suerte suprema» y la metáfora «el momento de la verdad» (el título que eligió Francesco Rossi para su película con Miguelín). El 9 de mayo de 1907, una gran estocada de Machaquito al toro «Barbero» suscitó una crónica de Don Modesto, en forma de carta al escultor Mariano Benlliure, animándole a inmortalizar ese momento: así surgió la famosa escultura «La estocada de la tarde». Villaespesa le dedicó un soneto: «Un corazón tan solo late en la plaza. / Bestia y hombre se encuentran y se desploma, / a los pies del torero, sangrando, el toro, / el estoque en los rubios hasta la taza / y, en un asta, un fulgente cairel de oro».