Enrique Ponce en Santander
Enrique Ponce en Santander - Juan Manuel Serrano Arce

La bendecida misión de Ponce

El maestro corta dos orejas a un gran toro al compás de las notas de Morricone

SantanderActualizado:

Y Enrique Ponce mojó el agua, como cuando cantaba el Lebrijano, según García Márquez. Si el flamenco de leyenda se atrevió con las Bienaventuranzas por bulerías, el torero de leyenda rompió la pana con una artística faena, a la que incorporó la banda sonora de «La Misión». Mucha música tuvo la letra y el fondo de su toreo, con el que se deleitó y deleitó al público al compás de las notas de Morricone con un toro superior. «Bendecidito» se llamaba. Y una bendición de toro bravo fue, con una calidad mayúscula. Clase en bandeja le sirvió el maestro de Chiva, que interpretó una obra con tandas despaciosas por ambos pitones, elegante siempre, desmayado, ralentizando las embestidas.

Muy caro había sido el prólogo, doblándose con enorme torería tras el brindis a la hija de Severiano Ballesteros. Luego entraría en escena la melodía de Morricone, con la gente totalmente imantada a la película que se desarrollaba en el ruedo. Ni el actor era Robert de Niro ni el guionista Robert Bolt. El todo era ayer Enrique Ponce. Rugía la plaza, se rompían las palmas. El acabóse llegó con las poncinas, rodadas a cámara lenta, recreándose el maestro en la suerte. Cuatro Caminos se puso en pie entre el delirio más absoluto. No importó ni a los tendidos ni a la presidencia que la hora final se saldase con dos pinchazos. La locura era tal que asomó el doble pañuelo blanco. El valenciano recorrió el anillo emocionado tras la vuelta al ruedo con que se premió al gran "Bendecidito", el mejor de una corrida de Miranda y Moreno de buen juego en conjunto, con matices.

Ponce ya había formado un alboroto con el primero, al que compuso una faena con valor y estética. No era fácil con tanto viento, pues pese a la virtud de la movilidad y la prontitud, cabeceaba con brusquedad y no acababa de entregarse. El valenciano lo fue haciendo poco a poco hasta lograr series por ambas manos de mérito. Se metió en el bolsillo a «Cubano» y al público, que le pidió con muchísima fuerza las dos orejas, aunque el usía esta vez solo le concedió una. Santander, que ya lo era, se declaró ayer poncista número uno.

Y de «La Misión» de Enrique Ponce y Ennio Morricone a la misión no imposible de Roca Rey. Bárbaro el peruano. Nada hay que se le resista. ¿Que no es posible pegar un muletazo hacia dentro de rodillas o uno por la espalda en el que no cabe ni un suspiro? Que pregunten al limeño, que camina al filo del acantilado sin pensar en el precipicio. Lo suyo es un salto continuo al vacío, pero sabiendo lo que hace, con una seguridad apabullante. Intratable la joven figura, que pechó con el lote más apagado. O impone tanto que termina acobardando al rival... En su primero, tras un quite de alto voltaje, se hizo el silencio cuando echó las dos rodillas por tierra en el prólogo, con una especie de trinchera pasándose al toro por la barriga. «Va a rezar», se oyó. Y Roca emprendió un rezo tan íntimo que no había espacio alguno entre su cuerpo y el de «Esturreado». Reunidísimo, aprovechó al potable toro lo que duró y se metió luego en las cercanías. Una arrucina condujo a un cambio de mano (im)posible, con el de Miranda ya parado. Y solo tiene 19 años... Los estatuarios y la espaldina al sexto fueron de un valor descomunal. Pero este «Exótico» se vino abajo antes que pronto y no le quedó otra que pegarse un señor arrimón.

El flacucho segundo fue breve como su nombre («Pelu»): salió descoordinado y no tardó en asomar el pañuelo verde. Corrió turno Juan del Álamo, que dio la bienvenida a «Quitapelos» con una larga cambiada y un popurrí de lances. El de Miranda y Moreno derrapó tras el encuentro en el caballo y, para colmo, se pegó un soberano volatín en el capote del subalterno, que no anduvo nada fino. Quería embestir este «Quitapelos», con un tranco estupendo, pero ese volteretón le dejó algo derrengado. Una lástima, porque tenía condiciones. Tampoco le ayudó mucho el matador, que quiso aprovechar la inercia primera pero que no anduvo muy sutil en el trato. No era sencillo encontrar el acople por esa mermada fortaleza, y pocas veces lo halló, aunque sí hubo pasajes que agradaron a los espectadores.

El quinto fue otro notable ejemplar, con el que solo encontró el ritmo por momentos, ya mediada su labor. Entre las espesuras, alargó demasiado y oyó un aviso antes de entrar a matar. Se marcó una vuelta al ruedo...

La fecha del 26 de julio tuvo el nombre y la partitura de Ponce: magna su misión con un gran toro. Bendecida y bendita tarde.