David Menénde, Noah Stewart y María José Montiel, en la escena final de «Sansón y Dalila»
David Menénde, Noah Stewart y María José Montiel, en la escena final de «Sansón y Dalila» - Jero Morales

Gaza se instala en Mérida

El Festival de Teatro Clásico de la ciudad extremeña se inaugura con la ópera «Sansón y Dalila»

MéridaActualizado:

Todo en Mérida invita a ser superlativo. El majestuoso escenario de su teatro romano es una tentación difícil de evitar, y cualquier director de escena se devana los sesos cuando tiene que llenarlo; más si se trata de una ópera, y además de «romanos», como es el caso de «Sansón y Dalila», de Saint-Saëns (aunque en vez de romanos son hebreos).

Paco Azorín es el director de escena de la producción con la que ha levantado el telón la LXV edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida (que en su cartel, inexplicablemente dada su naturaleza, ha sustituido los números romanos por los cardinales). La víspera del estreno contaba a ABC que, cuando veía esta ópera en escena, se le quedaban cortos los cuarenta o cincuenta miembros que habitualmente tiene un coro operístico. Así que ha llenado el escenario de figurantes; con una característica especial, además. Pertenecen a distintos colectivos de personas con discapacidad o en riesgo de exclusión social.

El resultado es una puesta en escena apabullante en los momentos en que el escenario se llena con cerca de cuatrocientas personas; Mérida, la excesiva, lo permite. También lo era en este estreno el número de políticos en el «patio de butacas», donde el habitual Guillermo Fernández Vara, presidente de la Junta de Andalucía, estaba arropado por la presidenta del Congreso, Meritxell Batet; el presidente del Senado, Manuel Cruz; el ministro de Fomento en funciones, José Luis Ábalos -es de esperar que alguien le contara el final, ya que se ausentó en el descanso-; el secretario de Estado de Política Territorial en funciones, Ignacio Sánchez Amor; la presidenta del Consejo de Estado, Mª Teresa Fernández de la Vega; la delegada del Gobierno en Extremadura, Yolanda García Seco; y el Defensor del Pueblo, Francisco Fernández Marugán, entre otras autoridades.

Ellos y el público asistieron a una ópera que Paco Azorín trae a nuestros días y sitúa en Gaza, epicentro del conflicto judío-palestino. La violencia, la libertad, el sometimiento de un pueblo, y también el racismo y la religión, cobran en esta puesta en escena una relevante actualidad, que Azorín ha sabido traducir con habilidad. Resulta poco estimulante comprobar que seguimos anclados en los mismos problemas que hace dos mil años, y el director nos lo pone delante de los ojos.

Se ayuda para ello de unas letras gigantes y ensangrentadas que forman la palabra Israel, y que son el único añadido a la espectacular de por sí escenografía natural del teatro romano, además de sutiles y esporádicas proyecciones.

Y espectacularidad -y, por momentos, cierta confusión- es la tónica de este espectáculo, en el que una reportera de televisión (la actriz Elena Lombao) es al tiempo leitmotiv y testigo -molesto- de todo lo que ocurre. No es espacio para sutilezas, y la dirección de escena no se detiene en ellas; más bien es amplia en gestos y fía a los intérpretes la expresión de lo que ocurre en escena.

De estos, sobresale por encima de todo la magnífica Dalila de María José Montiel, de voz pastosa y redonda, solo acerada en algún agudo, y que cantó un hermosísimo «Mon cœur s'ouvre à ta voix». El estadounidense Noah Stewart posee buena planta pero la emisión de su canto es irregular y a su Sansón le falta contundencia vocal. Sí la tienen David Menéndez y, sobre todo, Simón Orfila.

Los conjuntos locales, la Orquesta de Extremadura y el Coro de Cámara de Extremadura sirvieron la expresiva, densa y sensual partitura de Saint-Saëns con acierto bajo la batuta atenta de Álvaro Albiach. Fueron el soporte sonoro de una buena velada de ópera (siempre dentro de las especiales circunstancias del entorno).