La armonía del desequilibrio

E. RODRÍGUEZ MARCHANTE
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Se han visto ya tantas veces las Torres Gemelas de Nueva York en el momento de su destrucción que unas imágenes de archivo mientras se construían a principio de los años setenta se reciben más como una fantasía que como un documento, y ésa es exactamente la impresión que causa este fabuloso documental, «Man on wire», la de un sueño fabuloso entrelazado con la sensación de terribles realidades. El sueño es el de un hombre: caminar por un cable extendido entre las dos torres, a cuatrocientos metros del asfalto. La realidad es terca: no se puede ver el sueño sin dejar de presentir el vacío que hay ahora en su lugar. Y la película es tan excelente, tan elocuente, que ni siquiera puede uno decidir qué es la metáfora de qué: si el sueño de la pesadilla o si la pesadilla del sueño.

La historia de Philippe Petit, un funambulista francés, pero también marciano, es de lo que trata «Man on wire», un hombre que encontró en un alambre el camino por el que llegar hasta sus sueños: «Cuando veo dos torres tengo la necesidad de caminar entre ellas». Es un documental, pero el director, James Marsh, lo plantea como si fuera una película de intriga, un «thriller»: no sólo la intriga del equilibrio sobre el cable, sino el esquema general, la propia vida de Petit, el modo en el que encaró sus variadas hazañas y muy especialmente la del World Trade Center, un lugar vigiladísimo, inaccesible, al que pretende entrar de modo ilegal y, sin los permisos que nunca pidió y que no le hubieran otorgado, preparar allí un espectáculo imposible... Para las virutas de intriga que preceden al gran suceso, el director introduce pequeñas pizcas de ficción rodadas para el caso.

«Man on wire» empieza siendo algo lejano: un hombre allá arriba en un cable, pero de modo casi imperceptible se convierte no en cercano sino en propio: tú en el cable. La historia, la peripecia, la vida de ese tipo curioso, un Peter Pan y su Campanilla, Annie Allix, se narra por ellos mismos y por algunos otros compañeros de aventura mediante el sistema de entrevista, declaraciones, opiniones, imágenes de archivo, tomadas por ellos mismos: el presente y el pasado está cosido de modo natural. Pura trama.

En algún momento, «Man on wire» persigue el más difícil de los equilibrios: combinar los diversos estados de ánimo de los personajes -desde el entusiasmo genial e infantil de Petit hasta el cinismo de algunos de sus colaboradores, o la nostalgia cercana a la poesía de su amigo íntimo, o incluso las impresiones de algún espectador de aquella maravilla- con las diversas texturas de géneros tan desconectados entre sí como el documental y el negro, y con voluntades expresivas tan distantes como la creación y la recreación (esas escenas recreadas de los preparativos y del asalto a las torres, que curiosamente le proporcionan verosimilitud documental y tensión «hollywoodiense» a la sencilla historia de un alambre que habrá de atar los dos edificios y crear ese lugar de paseo surrealista hoy entre ilusorio y trágico.

Qué gran película, y tan aparentemente innecesaria, tan poco práctica y funcional: no hay ningún propósito en las acciones «criminales» de Petit; o ningún otro propósito que no sea exclusivamente artístico, expresivo y absolutamente personal, pero sin duda es capaz de provocar la visión de algo insólito, irrepetible, fugaz, silencioso y a la vez atronador: un hombre absolutamente feliz porque su vida pende de un hilo.