McCartney, dando de fumar a su muñeco de cera
McCartney, dando de fumar a su muñeco de cera - ABC

El vicio inconfesable que Paul McCartney dejó hace siete años

El ex Beatles, que hoy cumple 77 años, fumaba marihuana a diario desde que la probó con Bob Dylan en 1964 hasta que la dejó en 2012. O al menos eso dice...

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Cuando los Beatles publicaron en 1966 la canción «Got to get you into my life» («Quiero que entres en mi vida», dentro del disco «Revolver»), todo el mundo hizo sus cábalas para intentar averiguar quién era esa chica tan especial a la que se refería la letra. Pero la pregunta correcta no era a quién, sino a qué. Su autor, Paul McCartney, lo explicó más de tres décadas después en el libro de Barry Miles «Paul McCartney: Many Years From Now» de 1997: «"Got to Get You Into My Life" la escribí cuando estaba sumergido en la marihuana. Siempre había sido un chico de clase trabajadora que no se drogaba, pero cuando empecé a consumirla, pero pareció que me sentaba muy bien. No parecía tener los efectos secundarios del alcohol y otras cosas, como las pastillas, de las que siempre me había mantenido alejado. La marihuana me gustó. Nunca lo pasé mal con ella y me pareció que me abría la mente, literalmente. La canción habla sobre eso, no está dedicada a una persona en particular, sino a la marihuana. Lo que quiere decir es: "Voy a hacerlo, no es mala idea"».

Esas mismas palabras fueron las que resonaron en su cabeza cuando Bob Dylan le ofreció su primer canuto dos años atrás, el 28 de agosto de 1964. El músico estadounidense se citó con los Beatles al completo para conocerlos en el Hotel Delmonico de Park Avenue, en Nueva York, y tras una breve presentación les sugirió fumar un poco de «buena mierda». Pero para su sorpresa, aquellos jovenzuelos jamás la habían probado.

Dylan le pidió a su manager de gira, Victor Maymudes, que liara un buen porro y se lo pasara a los cuatro de Liverpool. Pero antes, colocaron unas toallas húmedas bajo la puerta de la habitación para que aquello no diese el cante por todo el pasillo del hotel. Uno a uno, Ringo, John, George y Paul fueron rulándose el porro y enseguida sintieron el primer efecto: una risa descontrolada que rompió el hielo y los convirtió instantáneamente en coleguitas del de Duluth, que los observaba diviertido y paternal, como un lobo que ve a sus cachorritos aprendiendo a cazar. Un rato después, McCartney percibió algo más que una explosión de carcajadas. Aquello le hacía percibir la música de un modo diferente. De algún modo, la ecualizaba a la perfección en su cabeza. Era inspiradora.

Desde entonces, el bueno de Macca (¿será casualidad que esa palabra sea una de las muchas formas de denominar a un porro?) fumó prácticamente a diario durante muchos, muchos años. Ni siquiera hizo una parada en su consumo el día que fue invitado al Palacio de Buckingham por la mismísima Reina de Inglaterra. Los cuatro fabulosos iban a recibir la Cruz de Miembro del Imperio Británico, para horror de los miembros de la Cámara de los Lores y los veteranos de guerra, que pusieron el grito en el cielo al ver que unos melenudos gamberros se llevaban la misma gloria que los héroes militares y lo que es peor, sus compañeros caídos en combate.

La recepción real salió todo lo bien que cabía esperar. Pero según contó Lennon más tarde, el encuentro con la Reina estuvo a punto de acabar como el rosario de la aurora porque unos minutos antes, decidieron fumarse un porro en uno de los baños del palacio. La verdad sobre los hechos de aquel día aún sigue envuelta en la nebulosa de la leyenda, porque George Harrison dijo en una ocasión que no recordaba haberse fumado un porro, sino un cigarro. Pero la versión de Lennon explicaría el por qué de los ojos entreabiertos y vidriosos y las sonrisas temblorosas con que saludaron a Isabel II. «Sonreíamos como tontos porque acabábamos de fumarnos un porro en los lavabos del palacio de Buckingham, estábamos nerviosísimos. No sabíamos qué decir. La reina estaba sentada en una cosa muy grande. Dijo algo así como: ‘Oh, ah, bla, bla’, no lo acabamos de entender».

Luché contra la ley, pero la ley ganó

El primer encontronazo de McCartney con la realidad legal del cannabis fue en 1972, cuando le pillaron con una pequeña cantidad encima estando de viaje en Suecia con su mujer, Linda Eastman. Los dos fueron arrestados, y posteriormente puestos en libertad tras el pago de unas mil libras. Pero tras aquel susto, en lugar de dejarla, Macca decidió cultivarla él mismo en su granja de Escocia... hasta que también le pillaron. Esta vez, sin embargo, la ley fue benevolente: ni siquiera se le detuvo, y solo tuvo que pagar cien libras de multa.

Su creciente historial cannábico hizo que el gobierno de Estados Unidos le negase la entrada en el país, pero el veto duró apenas un par de años. ¿Que pasó en su siguiente visita a la tierra de las oportunidades, en 1975? Que le pillaron por tercera vez. Paul se saltó un semáforo en rojo en Los Ángeles y fue detenido por la policía, que encontró marihuana en el coche. Sin embargo, su mujer Linda le echó un capote asegurando a las autoridades que la hierba era suya y solo suya, y que su marido no tenía nada que ver. Poco creíble, pero efectivo: Paul fue liberado, y ella solo pagó una multa gracias a que tenía la ciudadanía estadounidense.

Al ver que siempre se libraba, Paul se confió y en 1980 cometió un gravísimo error. Ese año se fue de gira con los Wings a Japón, y decidió llevarse la cantidad de marihuana necesaria para las dos semanas que iba a estar en la isla: nada menos que 220 gramos. Al aterrizar en Tokio, la policía japonesa encontró el paquete en su maleta y no sólo lo detuvo, sino que lo envió directo a la cárcel a la espera de una sentencia judicial. Allí, encerrado en una celda de dos por dos en la tierra natal de Yoko Ono, McCartney se maldijo al enterarse de que la condena por posesión era de 8 a 11 años de prisión. Pero Linda volvió a salvarle el trasero: pidió a su padre Lee Eastman que viajara a la capital nipona para conseguir su liberación, y dicho y hecho. Nueve días después, McCartney fue deportado (la segunda deportación de su vida, ya que fue expulsado de Alemania junto a Pete Best en 1960) sin cargos, a condición de que prometiese no volver a fumar en su vida. Por supuesto, Macca mintió.

Cuatro años después, el 17 de junio de 1984, McCartney y Linda estaban pasando un bonito día de playa en las islas Barbados, cuando un tipo se les acercó y les preguntó si querían un poco de hierba. La pareja se miró con complicidad e hizo su pedido. Pero volvieron a pillarle, y tuvo que pagar 200 dólares de multa.

Desde entonces, McCartney se cuidó muy mucho de fumar sin que nadie le viese. Y durante mucho tiempo siguió con su hábito diario, tal como prometió que haría en «Got to get you into my life». Hasta hace bien poco.

McCartney, que hoy cumple 77 años, lleva siete sin fumar cannabis. Lo dejó en 2012, poco antes de cumplir 70, cuando su hija Beatrice le pidió a papi que se cuidase más. «Que por qué la dejo ahora?», dijo el ex Beatle. «Porque no quiero dar mal ejemplo a mis hijos y nietos. Es por responsabilidad, y porque ya he tenido suficiente. Ahora, en vez de fumarme un canuto me bebo un vaso de vino o una buena margarita».