Enric Montefusco, miembro de Standstill, en una imagen de archivo
Enric Montefusco, miembro de Standstill, en una imagen de archivo - P.M.P

Enric Montefusco: «Standstill ha vivido en una crisis permanente»

El cantante se sincera en ABC, antes del concierto de despedida de esta noche en Madrid, tras casi 20 años, siete discos, cuatro espectáculos y más de 500 conciertos

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El concierto que Standstill ofrece este miércoles en la sala La Riviera de Madrid quedará grabado en la memoria de muchos seguidores. Tras casi veinte años en la carretera, siete discos, cuatro espectáculos, varias incursiones en el teatro, más de 500 conciertos, muy buenas críticas y mucha sangre, sudor y lágrimas, la banda barcelonesa se separa en el mejor momento de su carrera. Una decisión «rara», pero «coherente», para un grupo que «no ha sido el típico cuyas premisas fueran hacerse grande y tener mucha repercusión», sino uno que, conscientemente, ha dado «un salto al vacío en cada disco», sin atender a los parámetros del mercado, a costa de «vivir una crisis en cada gira o grabación de álbum». Así lo ve Enric Montefusco, que se sincera en ABC analizando las alegrías y las tristezas, los éxitos y las frustraciones, que ha vivido dentro de la banda desde que se fundara en 1997.

–¿Cómo estáis viviendo estos últimos conciertos?

–Es una situación muy nueva para nosotros, muy difícil y bonita a la vez, porque ves como la gente te devuelve aún más cariño del que ya nos han ido dando.

–Habláis de «un parón indefinido» y no de «despedida», ¿por qué?

–Hemos tomado la decisión porque no se dan las condiciones y circunstancias necesarias para seguir adelante, pero nunca se sabe si eso puede cambiar en el futuro. No me suelen gustar las bandas que anuncian su separación y, al cabo de un tiempo, vuelven. Prefiero decir la verdad, que es que ahora mismo no puede ser y que no sabemos si podremos en un futuro, aunque a día de hoy, realmente parece difícil.

–Si te pido que concretes más, ¿me dirás que es algo personal?

–No hay un único motivo, no nos hemos enfadado y no hay divergencias artísticas. Es más las sensaciones de un momento, que apuntan a que es momento de estar separados y de que la energía que tiene que haber para tirar de proyectos como los nuestros, que piden de una fe y una entrega totales, no están ahora mismo. Creo que eso es casi lo único a lo que tenemos que atender. Seguir un poco por inercia, por aprovechar el nombre o nuestro público sería una traición a nosotros mismos.

–¿Cuál es el primer recuerdo que tienes de Standstill?

–[Largo silencio] A título personal, es la sensación que viví, por primera vez en mi vida, de estar haciendo algo con lo que me sentía a gusto. Sentir que ese era mi lugar y que no estaba fingiendo o interpretando un papel que no es el que me tocaba.

–En aquellos primeros años, ¿tú tenías claro o intuías que la etiqueta de «hardcore» o «post-hardcore» se os quedaba pequeña?

–No. Yo, cuando empecé en 1997, era más hardcore que el más hardcore. Era muy joven y, de hecho, lo que nos empujó a hacer conciertos era querer ser un grupo más de ese estilo. Poco después te das cuenta de que eso es una cosa muy pequeña y que no deja de ser una etiqueta que te limita. Eso lo hemos visto cada vez que hemos conseguido un reto. Hemos ido del hardcore a otros sitios, hemos bebido de otros lugares y nunca no hemos saciado.

–Y os despedís en el momento que tenéis la formación más estable y contáis con más seguidores y atención detrás.

–Sí, es raro, pero creo que es coherente en el sentido de que Standstill no es el típico grupo cuyas premisas hayan sido hacerse grande y tener mucho público o repercusión. Eso vino después, y se agradece y se necesita, pero no es la finalidad última. Puede ser que la cosas que nosotros consideramos realmente importantes empiecen a fallar y que, a la vez, estemos en un buen momento de atención mediática o público.

–¿Has tenido la sensación de que vivir económicamente de tu música es un sueño complicado?

–Es un milagro cuando no atiendes a los parámetros del mercado. Y nosotros, hasta casi hemos huido de ellos. Igual si cantáramos en inglés y fuéramos americanos, tendríamos un poco más de oportunidades, pero en España es más complicado. Aún así, a nosotros nos ha salido bien, en el sentido de que, ¡joder!, hemos vivido de esto unos años y nos sentimos muy afortunados, pese a esa dificultad. En ese sentido, la lección no es tanto «no se puede» como «sí se puede». Vamos a seguir intentándolo. La lucha no se acaba, continúa aunque sea de otra forma.

–¿Vosotros empezasteis a vivir de la música con «Vivalaguerra» (2006), el disco que fue escogido por alguna publicación como disco nacional de la década en 2010?

–No, de hecho, desde «Memories Colector» (2002), que fue cuando empezamos a trabajar con compañías de teatro y a girar mucho fuera de España. También es verdad que ha habido épocas muy diferentes, pero hemos ido trampeando y, durante épocas, no nos podemos quejar de cómo ha ido con el tipo de música que hacemos.

–¿Pero el gran salto de público sí se produjo con «Vivalaguerra»?

–Lo que pasa es que de 2002 a 2004, una época en la que cambiamos el español por el inglés, estábamos muy metidos en la escena hardcore europea y estábamos girando todo el tiempo. Cobrábamos muy poco, pero estábamos en la furgoneta permanentemente. Y, por otro lado, colaborábamos con una compañía de teatro llamaba la carnicería, de Madrid, de Rodrigo García, y eso también nos ayudó durante una época que, además, artísticamente fue fundamental.

–¿Y lo económico ha sido una preocupación importante?

–Sí, es un factor de varios y no por las aspiraciones personales de estabilidad, sino por la propia viabilidad de la banda, que pide una exclusividad muy grande y, por otro, tiene que hacerse viable. Si tienes que buscarte un trabajo o tocar con otras bandas, se complica todo mucho. Uno de los factores es, sin duda, el económico.

–¿Esa fue la razón por la que creasteis vuestro sello, Buena Suerte?

–Sí. Lo que pasó es que, después de cambiar de idioma por razones existenciales y no comerciales, para no sentirme extraño cantando en un idioma que no es el mío y poder compartir lo que me gustaría en el escenario, el sello en el que estábamos, Bcore, no podía asumir la apuesta económica a medio y largo plazo que necesitábamos, más allá de ir cubriendo gastos. Somos un grupo que hacemos cosas fuera de lo normal, a veces irracionalmente. Eso es difícil que un sello con 25 bandas a las que atender lo soporte. En realidad, fue un paso muy natural llevar a la práctica lo que aprendimos del «do it yourself» (hazlo tú mismo) de Bcore, que ellos mismos aprendieron de Dischord. Crecimos en todos los sentidos y, de hecho, se notó en el resultado artístico.

–¿A qué te dedicabas antes de la música?

–Trabajé un año en un banco. Por eso gritaba tanto en el hardcore, porque estaba muy frustrado, enfadado y descontento con todo, sin saber lo que quería hacer. La música me ofreció un espacio de rebeldía para escapar de todo aquello y descubrí el mundo de la cultura y el arte que, para mí, eran desconocidos hasta entonces.

–Vuestro primer disco en Buena Suerte fue «Vivalaguerra», escogido Disco Nacional de la Década en Mondosonoro, con el que disteis un gran salto en lo que a reconocimiento se refiere. Muchos nuevos seguidores estaban convencidos de que aquel era vuestro primer álbum y, si les ponías canciones como «Two minutes song», no se creían que fuerais la misma banda. ¿Tuvisteis vosostros la sensación de que era como empezar una nueva carrera?

–Es un hecho que «Vivalaguerra» nos metió en el mundo de la música independiente española, cuando hasta ese momento habíamos estado básicamente en el circuito más hardcore, aunque fuera un hardcore más abierto como el que representa Bcore. Tuvimos la suerte de que gustó a mucha gente, para la que fue el primero. Lo que pasa que, artísticamente, no fue un renacer, porque lo que aparece en «Vivalaguerra» se fue gestando en el disco anterior y con la experiencia del teatro. Hubo como tres o cuatro años antes de ese disco en el que hubo cambios serios, que pudimos aplicar en nuestro propio sello. A mí me resulta muy difícil poner una línea artísticamente hablado, porque en los otros ámbitos sí que es evidente que hubo un salto de repercusión.

–La canción de «La mirada de los mil metros» parece que habla de una crisis inmediatamente anterior a la publicación de ese disco…

–En realidad no ha habido gira, disco o postdisco en el que no haya habido una crisis. Standstill ha vivido en la crisis permanente, tanto creativamente como a nivel de banda. Ha habido un montón equilibrios muy difíciles de sostener, en los que se han tenido que dar muchas circunstancias para solucionarlos. Me parece un milagro que se hayan dado y hayamos ido superando los malos momentos. Hasta ahora, a cada crisis le hemos dado la vuelta por una cuestión de fe o de algún otro factor difícil de explicar. Hemos cambiado de miembros, de estilo, de idioma, nos hemos metido en el teatro. Esta es la enésima vez que nos ocurre, pero ya se nos haya acabado la energía para darle la vuelta. Ese sería el resumen de este parón.

–¿Y en algún momento de estos años habéis tenido la sensación de que ya no emocionabais y de que no lo dabais todo?

–Creo que las peores sensaciones que he tenido en este sentido han sido en la giras de «Adelanta Bonaparte» o «Vivalaguerra», cuando íbamos a festivales y nos dábamos cuenta de que ofrecíamos el 50% de lo que podíamos llegar a ofrecer. A la gente le gustaba igualmente y, en ese sentido, no me puedo quejar, pero sí recuerdo salir de escenarios grandes pensando: «Aquí hay algo que está mal, no ofrecemos lo que tenemos que ofrecer». De hecho, «Cenit» [el espectáculo que presentan por última vez en Madrid] es una reacción a esa sensación.

–De todas las decisiones que habéis tomado, hay una que resulta llamativa. En «Adelante Bonaparte», en vez de poner a todos los miembros de la banda como compositores, tal y como había ocurrido hasta entonces, lo que aparece es: «Dirección artística, composición musical y lírica de Enric Montefusco» y el resto de Standstill, como banda de estudio. ¿Qué había cambiado?

–¡Uf! A ver… creo que uno, cuando empieza con un grupo, lo hace sin experiencia, sin saber lo que significan los grupos humanos ni la creación, y todo se hace de manera muy inocente. Lo que nos pasó a nosotros es que, poco a poco, con el tiempo, se van entendiendo los roles de cada uno. Y no solo eso, sino que en el momento en que se reconocen estos roles y se ponen sobre la mesa, se matan los fantasmas de todo el mundo, de lo que cada uno es y de lo que no. Fue justo en ese momento en el que la banda coge estabilidad y es parte del secreto de que hayamos hecho los últimos discos y de que estemos bien entre nosotros. Ya no hay cosas extrañas. Si uno es el compositor, es el compositor, y otro es otra cosa, pues es otra cosa. En ese sentido creo que fue un paso natural y muy necesario para poder haber hecho estos últimos discos.

–¿Cómo se plantea una cosa así en un grupo con algunos de cuyos miembros llevas tocando desde la adolescencia?

–Es un paso natural y difícil, pero pasamos de tener situaciones extrañas y con un poco de tensión a estar cada uno bien en su lugar. En realidad, todo el mundo estaba de acuerdo. No había divergencias de opinión. Hay quien lo ve más claro y lo pone sobre la mesa y a quien no le interesa tanto, pero, en realidad, todo el mundo estaba de acuerdo.

–¿Conoces los pasos que van a seguir los otros miembros de la banda?

–Es muy pronto, pero está claro que todos estaremos encima de un escenario, porque es nuestra vida. Todos tienen grupos, uno o varios. Y yo voy a hacer algo, sin duda. De hecho, estoy preparando un espectáculo para el GREC, el festival de teatro de Barcelona, y, seguramente, algún disco sacaré. Canciones tengo, pero aún tengo que organizarme un poco y pensarlo con calma, hay que acabar esta gira y hacerlo bien.

–Y sientes vértigo ante lo que vendrá a partir de ahora.

–Sí, pero no más que ante los pasos que hemos ido dando en Standstill. Dentro de nuestro ADN había esa búsqueda del riesgo, de no estar acomodados. Cada disco de Standstill ha sido como un salto al vacío, y éste paso será otro.

–Recuerda un momento especial de plena felicidad con la banda

[Silencio largo] Creo que no hemos vuelto a sentir lo mismo que cuando hacíamos las primeras giras por Europa en 2001 o 2002. La sensación de haber dejado tú trabajo, de estar tocando cuarenta días seguidos en cuarenta ciudades diferentes, seis países, durmiendo en casas de gente diferente cada día, conocer otras culturas… la sensación de estar viviendo la vida, esa sensación de juventud tan pura. Creo que lo más impactante que hemos vivido, difícil de reproducir. En realidad, nuestro trabajo ha sido siempre, sin querer, buscar esa misma sensación e inventarnos historias para seguir sintiendo que hacíamos cosas que aportaban un estímulo y una ilusión. Eso es más difícil ahora, porque has hecho más cosas, tocado en más sitios y probado más registros. Reinventarse y estar ilusionado no es fácil.

–¿Se te ha quedado alguna espinita clavada con Standstill?

–A nivel artístico no, en el sentido de que no nos hemos privado de nada. Hemos hecho locuras a nivel económico y energético, precisamente para que no hubiera sacrificios artísticos. Eso es lo más importante, pero creo que, a nivel internacional, le podía haber gustado a mucha más gente y es una pena. Aunque eso no tiene que ver con mi sensación de haber hecho bien las cosas, sino con una posibilidad que no llegó a darse.