Serrat, durante un momento de su actuación en el Olimpia
Serrat, durante un momento de su actuación en el Olimpia - juan pedro quiñonero

Triunfal concierto de Serrat en el Olympia

Ofreció una antología canónica de su obra lírica y musical, consumando una síntesis sin igual de tradiciones estéticas y culturales muy diversas.

Actualizado:

En el marco de su gira nacional e internacional, destinada a celebrar sus 50 años de carrera, Serrat se presentó en una sala que tiene mucho de legendaria - «Tan importante para la canción y la cançó», diría Serrat- acompañado de Ricardo Miralles (su no menos legendario pianista)-, Josep Mas (teclados y programaciones), Vicente Climent (baterías y percusiones), David Palau (guitarras) y Rai Ferrer (contrabajo y bajo eléctrico).

El espléndido diseño luminoso del espectáculo, concebido por Oscar Gallardo, dio a la «intimidad» relativa de la sala (1.800 espectadores, en pie, en numerosas ocasiones) una dimensión cosmopolita que encaja bien con los nuevos y viejos arreglos de un gran maestro que ha revisado y antologado su propio repertorio con una sabiduría que solo se gana con la madurez definitiva del tiempo.

Serrat comenzó con sus grandes clásicos y alguna de sus primeras canciones, para terminar con la apoteosis de sus grandes clásicos coreados y cantados a coro con un público que, en muchos casos, se inició a la vida adulta con las versiones del cantante de algunos poemas míticos de don Antonio Machado.

Con la sabiduría de los grandes maestros, el Serrat de hoy sigue siendo fiel al joven del Poble Sec de la Barcelona de los años 60 del siglo pasado. Ha perdido el vozarrón de sus primeros años. La «fragilidad» relativa de su nueva voz confiere a su obra más reciente una dimensión excepcional.

Serrat es uno de los raros intérpretes que puede retomar muchos de sus clásicos juveniles («Yo nací en el Mediterráneo», «Ara que tinc vint anys») para cantarlos a la luz de una experiencia esencial: aportar la experiencia y sabiduría de un hombre de setenta y pocos años a la luminosidad virginal del joven primerizo. Esa síntesis que llega con la madurez definitiva tiene en Serrat muchos otros ángulos.

Serrat quizá sea el único artista, músico y cantante español capaz de improvisar unos párrafos en francés, gastar bromas en el más genuino «porteño» de Buenos Aires, rendir homenaje a las soleares o los cantes festeros andaluces, realizar muchas de las mejores versiones de los grandes clásicos castellanos y catalanes (Antonio Machado, Ausiàs March), aludir al refranero gallego, rendir homenaje a la gran música popular mexicana o chilena... en un mismo concierto, destinado a recordar la aventura artística y musical de 50 años de carrera.

De ahí la universalidad cosmopolita de su concierto triunfal en el Olimpia. No sin cierto sentido del humor, la crítica y la ironía -para consigo mismo-, Serrat propuso a un público entusiasta (en lágrimas, en muchos casos) algo más que una «antología» de su obra: un compendio del arte de vivir y crear, en un mundo infeliz que su arte ayuda a comprender un poco mejor.