Matabosch, durante la entrevista
Matabosch, durante la entrevista - OSCAR DEL POZO

Joan Matabosch: «En los teatros, los divos no son los directores artísticos»

El director artístico del Teatro Real asegura que no viene a enmendar la plana a Mortier, pero sí a «reorientar» el proyecto del coliseo madrileño

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Joan Matabosch (Barcelona, 1961) compatibilizará durante los próximos meses los cargos de director artístico del Liceo y del Real, cargo este último que asumirá plenamente a partir de enero de 2014, por un periodo de seis años, conviviendo durante dos, hasta 2016, con su antecesor. Su fichaje, para sustituir a Gerard Mortier, y su talante conciliador parecen haber devuelto la calma a un sector del público y algunas administraciones públicas que se mostraban incómodas ante la línea artística del director belga.

¿Qué le movió a aceptar la propuesta del Teatro Real?

–Decidí aceptar porque me ilusiona enormemente la responsabilidad de construir el discurso artístico del Teatro Real de los próximos años y porque caí en la cuenta de que mi perfil encajaba exactamente con lo que estaban buscando. Me he encontrado en otras ocasiones con propuestas de asumir la dirección artística de teatros a los que yo mismo me veía capaz de sugerir perfiles más adecuados que el mío. En esta ocasión me pareció que la propuesta tenía todo el sentido.

Después de haber sido director artístico del Liceo durante 15 años, ¿se ve con fuerzas para sobrellevar todas las tempestades que azotan al Teatro Real, donde la estabilidad es una quimera?

–Los teatros de ópera tienden a hacer correr ríos de tinta y no estoy seguro de que esto sea necesariamente malo, aunque mucha de esta tinta se podría perfectamente ahorrar porque es muy innecesaria. El Teatro Real no se encuentra solo en esta coyuntura. Respecto a la supuesta inestabilidad del Real considero que se ha exagerado mucho. Es cierto que sus primeras temporadas fueron muy inestables, pero posteriormente las situaciones de inestabilidad se han debido a motivos muy concretos como el que nos ocupa. ¿Cómo no va a desestabilizarse una institución a la que a su director artístico se le detecta una grave enfermedad ante la que ni se sabe si va a poder responsabilizarse de la gestión de su temporada? Esto no es culpa del teatro ni de nadie. Hay que ponerle solución y esto es lo que el teatro ha hecho. Quizás hubo momentos de nerviosismo y es lógico que fuera así, pero al final se ha impuesto el buen sentido por parte de todos.

Usted ha dicho que es «mortierista» y coincide con su antecesor en que el teatro no es solo entretenimiento, sino también un lugar de reflexión. ¿Para reflexionar es preciso provocar la huida de parte del patio de butacas? ¿Dónde está el punto de equilibro entre hacer pensar y entretener?

–Según las cifras que tengo no se confirma esta huida del patio de butacas que menciona. En cualquier caso tiene toda la razón en que es muy recomendable que las temporadas de los teatros como el Real sean equilibradas y tengan en cuenta sensibilidades diferentes ante el arte de la ópera. En un festival es recomendable justamente lo contrario: tomar partido por una determinada estética, repertorio o temática. De todas formas, no hay ninguna disyuntiva entre pensar y entretener. De hecho, una de las cosas más entretenidas que hay es precisamente pensar. Y si encima quien incita a pensar es una obra maestra con una música excepcional cuya temática nos interroga y nos cuestiona, el goce difícilmente puede ser más completo. No se trata de demonizar el hecho de entretener, sino de dejar claro que el teatro propone unas determinadas obras para que las descubramos, y no sólo para que las recordemos.

Si bien ha manifestado que su proyecto va a dar continuidad al de Mortier, lo cierto es que ha planteado entre sus objetivos varios puntos que enmiendan la plana a su predecesor: nombrará un director musical, llamará a voces de nivel internacional, volverá al gran repertorio...

–Yo no calificaría estas aportaciones de «enmendar la plana». Tengo un profundo respeto y admiración por mi predecesor. Y también por el Teatro Real. Cuando se llega a una institución como ésta lo sensato no es tirar por la cara a todo el mundo lo que se quiere arrasar sino lo mucho y fundamental que hay que preservar y también el respecto con el que hay que plantear los cambios. Dicho lo cual, evidentemente que por mucho que me agrade utilizar la palabra conciliadora «continuidad» habrá cambios porque la orientación no será una copia de la anterior. Pero no habrá en ninguno de mis actos la más mínima intención de enmendar la plana. Mi predecesor es quien es y se sabía perfectamente lo que iba a proponer cuando se le contrató porque es lo mismo que ha hecho en Bruselas, en Salzburgo, en el Ruhr y en París. Así que no se puede hablar de sorpresa. No me cabe duda de que ha llegado el momento de proponer un cambio, o una reorientación del proyecto, pero no olvidemos que la aportación de Mortier ha sido importante para configurar la personalidad artística del Real, como en su día lo fueron las de Antonio Moral, Emilio Sagi y García Navarro.

En la época de Antonio Moral, el Real y el Liceo realizaron varias coproducciones que, pagadas, fueron a dormir a un cajón. ¿Tiene la intención de recuperar algunas de las producciones y compromisos adquiridos por el Real que Mortier rechazó?

–Desde luego que sí que se van a recuperar algunas de estas producciones. Y sobre todo «Muerte en Venecia», que es una de las mejores puestas en escena que se han propuesto de esta ópera de Britten que, encima, jamás se ha presentado en el Real. Lo de «Muerte en Venecia» es casi una urgencia.

La situación por la que atravesaba el Liceo, sin director general cuando le propusieron venir a Madrid, dejar vacante la director artística y el ERE, ¿le plantearon dudas a la hora de aceptar la oferta del Real?

–El cálculo que hice fue casi el contrario: estaba seguro de que el pequeño ruido mediático que podía provocar mi salida del Liceo iba a beneficiar a la institución. La ausencia de un director general en aquel momento no tuvo ninguna incidencia en la decisión porque estaba claro que el nombramiento era inminente y que el perfil de la persona escogida era impecable. Después de conocer personalmente a Roger Guasch todavía me reafirmo más en la sensación de que en esta ocasión las cosas se han hecho estupendamente. El ERE ha sido traumático, pero mucho más traumático fue en los años anteriores cancelar una parte de la actividad del teatro sin ningún ERE. Al menos, el ERE permite un ahorro. Lo otro implicó mutilar la programación, sin más.

Mortier es una persona que ha sabido siempre jugar muy bien con los medios de comunicación. ¿Qué papel les otorga usted?

–No tengo ninguna intención de jugar con los medios, sino de ponerme a su disposición para que tengan una información clara, transparente, veraz y objetiva del teatro y de su programación. Siempre he tenido una relación muy transparente con los medios porque yo mismo soy así. Y seguramente también porque los conozco por dentro, porque he trabajado en algunos de estos medios, como por ejemplo el mismo ABC, y soy muy consciente de lo que necesitan para hacer su trabajo. De todas formas, a mí no me gusta especialmente que hablen obsesivamente de mí. Lo sobrellevo lo mejor que puedo, pero soy de los que tienen muy claro que en los teatros los divos no son los directores artísticos sino las sopranos, los tenores, los directores de orquesta y los directores de escena, entre otros.

Su llegada a Madrid coincide con un momento de alta tensión política y social ante los anhelos independentista de Cataluña. ¿Cómo vive usted esta situación a nivel personal y profesional?

La auténtica pregunta que hay que hacerse es qué se ha hecho por ambas partes para que se haya llegado a esta situación. A lo mejor, si se examinan algunas decisiones políticas, electorales y sociales con ganas de construir y de trazar puentes, se pueden reconocer errores graves y sacar conclusiones que puedan contribuir a enderezar la situación por una vía más constructiva. A nivel personal soy una persona con una capacidad muy limitada de emocionarme ante las banderas, ante todas las banderas, pero respeto profundamente a los que viven los símbolos con gran emotividad siempre y cuando no haya violencia por el medio. A nivel profesional, este tema es irrelevante. A no ser que yo mismo simbolice, como otros catalanes que han gestionado equipamientos en Madrid, que el entendimiento es mucho más fácil de lo que algunos quieren hacernos creer.