Christina Dalcher, fotografiada en Barcelona
Christina Dalcher, fotografiada en Barcelona - Inés Baucells

Las sumisas y distópicas mujeres enmudecidas de Christina Dalcher

La autora presenta en «Vox», su primera novela, unos Estados Unidos en los que las mujeres sólo pueden pronunciar cien palabras al día

BarcelonaActualizado:

Christina Dalcher adora a Stephen King y a él se encomienda en su primera novela, pero desde que «Voz» (Roca Editorial) apareció en las librerías y empezó a escalar posiciones en las listas de bestsellers, la estadounidense no ha hecho otra cosa que atender preguntas relativas a Margaret Atwood, «El cuento de la criada» y, en fin, las distopías femeninas y feministas. A ella, doctora en Lingüística por la Universidad de Georgetown, le gustaría explicar que lleva leyendo al autor de «Carrie» desde los 13 años y que con él aprendió a asustarse y a reírse; a pensar y enamorarse del lenguaje. En vez de eso, sin embargo, anda encajando estoicamente comparaciones y desactivando suspicacias sobre si su debut en la narrativa es una manera más o menos elegante de subirse al carro y apostar a caballo ganador.

«Las distopías ya estaban ahí con Jonathan Swift y ‘Los viajes de Gulliver’», relativiza una autora que con «Voz» («Vox» en su versión original) ha decidido darle un revolcón apocalíptico a su trabajo para imaginar unos Estados Unidos en los que las mujeres sólo pueden pronunciar cien palabras al día. Ni una más. Así lo han decidido los Puros, un partido ultraconservador, tras llegar al poder. Cien palabras y una descarga de otros tantos voltios para cualquiera que ose sobrepasar el límite. Cualquier mujer, se entiende. Los hombres, como imaginarán, tienen barra libre de fonemas, sintagmas y palabros de todo tipo. Al menos de momento. Las mujeres, en cambio, se verán forzadas a convertirse en sumisas amas de casa con el lenguaje troceado y racionado.

Un panorama desolador con que el Dalcher dibuja un futuro con no pocas conexiones con el pasado. «Lo que me preguntaba a la hora de escribir la novela es qué ocurriría si regresase la cultura doméstica de los años cuarenta y cincuenta», explica. Una cultura doméstica en que la mujer era poco más que un electrodoméstico y que, ahí es nada, se nutría de programas televisivos como, «Father Knows Best» (Papá lo sabe todo).

De ahí que, por más que más que el argumento pida a gritos la compañía de títulos como «El cuento de la criada» o «El poder», de Naomi Alderman, la estadounidense señale a las siempre hermosas y perfectas esposas que Ira Levin ideó en «Las poseídas de Stepford» como principal influencia literaria. «No hacía falta convertirlas en robots; era más fácil limitar su vocabulario a cien palabras al día. Tiene el mismo efecto, pero es más fácil», argumenta.

Lenguaje y poder

De Orwell, añade Dalcher, aprendió que el lenguaje podía ser una herramienta de control, algo que aplica a conciencia en una historia protagonizada por Jean McClellan, una neurolingüista que, como todas las mujeres, ha perdido sus derechos y también su trabajo. Sólo podrá volver a ejercer después de que el hermano del presidente sufra un extraño ataque de afasia. «Ahí está la ironía de una mujer que ha pasado toda su vida tratando de devolver el lenguaje a la gente y ahora no puede usar el suyo», sopesa Dalcher.

En realidad, añade la autora, lo que buscaba con «Voz» era mostrar los «peligros de mezclar religión y gobierno» y explorar temas clásicos de las distopías como el auge de los extremismos y los totalitarismos. Y nada mejor que el lenguaje, «lo único que nos separa del mundo animal», para ilustrar lo rápido que se pueden torcer las cosas. «No hay filosofía en el reino animal. Los chimpancés, que comparten el 99% del ADN con nosotros, no tienen librerías ni pueden construir puentes porque no tienen lenguaje. No son capaces de procesar la información», explica.

Tampoco ella acaba de procesar que «Voz» haya sido recibida como una distopía feminista. «Para mí, lo ideal sería tener un libro que fuese una distopía, o una ficción, pero no necesariamente feminista. Es un poco engañoso, porque lo que ocurre no sólo afecta a las mujeres: afecta a todo el mundo, al marido, a los hijos...», explica.

De hecho, Dalcher no descarta retomar el tema para estudiar el efecto que esa limitación de cien palabras al día tendría en futuras generaciones. «Jane sólo puede usar 100 palabras, pero es una mujer adulta, ya ha adquirido su lenguaje… Pero si avanzamos una generación, veremos que el lenguaje de su hija ya se deteriora, no será tan rico; y el de sus nietas será peor aún. Y eso no afectará solo a los mujeres», aventura.