PREPUBLICACIÓN

«Don Juan contra Franco»: el mitin antifranquista que obligó al dictador a desatar la represión

El libro, que llega a las librerías esta semana, demuestra con documentos inéditos el alcance y la inspiración democrática de la conjura monárquica de 1948

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Esta semana llega a las librerías el libro «Don Juan contra Franco» (Plaza & Janés), de Juan Fernández-Miranda y Jesús García Calero, que documenta cómo Don Juan de Borbón encabezó en 1948 un pacto que aunó la voluntad política de los monárquicos del interior de España, un grupo de destacados generales, aristócratas y políticos de la izquierda y la derecha moderadas en el exilio para restaurar una Monarquía democrática que pusiera fin a la dictadura franquista. La Guerra Fría, el temor a Stalin y las alianzas de Estados Unidos y Gran Bretaña hicieron imposible que aquella conjura, antecedente remoto de la Transición, triunfase. Lean a continuación, como adelanto, el relato del mitin contra el régimen que desató la represión contra los monárquicos en abril de 1948.

Es 16 de abril de 1948. Un folio suelto, mecanografiado por ambas caras, sale con un quejido mecánico de la máquina de escribir. Uno de los hombres del servicio de información de la Falange lo envía urgente al despacho de Franco. Aporta muchos detalles sobre un hecho grave, muy grave a sus ojos, que hace sonar todas las alarmas en El Pardo. Ha habido una reunión pública de monárquicos en la que se ha puesto en entredicho al Caudillocon duras palabras.

Franco subraya profusamente con su lápiz de dos puntas. En las dos páginas del informe sólo una línea azul subsiste entre las anotaciones rojas de las malas noticias. El dictador desatará su furia como nunca antes contra los conspiradores. Hasta el momento, sabía que han estado formando un frente antifranquista con la oposición de izquierda en el exilio y aglutinando descontentos en su propio bando, y también que tienen infiltrada la cúpula militar, aunque están bajo el control de la inteligencia. Pero lo que desvela este informe es demasiado, un antes y un después. Hay que reaccionar. Habrá detenciones, multas ejemplares. Una represión inédita entre quienes -es un detalle importante- le ayudaron a ganar la guerra.

El perfume de la traición salpica el informe, que comienza fijándose en una tarjeta de visita escrita a máquina. Es la invitación a un acto social en el domicilio de un monárquico: «El Sr. Marqués de Aledo le invita a V. a una copa de jerez a las ocho de la noche». Los espías que informan a Franco concluyen veloces que «como puede verse, éste no es el sistema normal de invitación a una fiesta social, sino más bien una citación encubierta». Pero ¿qué se esconde detrás de esa ingenua tarjeta, de esa formalidad aparentemente tan propia de la época?

Franco subraya y comenta «ojo» al margen ante la noticia del encuentro de monárquicos e izquierdistas
Franco subraya y comenta «ojo» al margen ante la noticia del encuentro de monárquicos e izquierdistas - ABC

En la casa de Aledo, consejero del Banco de España, aquella noche del 16 de abril de 1948 no había ninguna «copa de jerez», sino una estancia dispuesta para la celebración de una conferencia clandestina: una mesa a modo de atril frente a un pequeño auditorio de sillas a la espera de invitados. Unos trescientos, según los espías infiltrados, una multitud. El título de la charla era, a priori, ajeno a cualquier cuestión que pudiera incomodar a Franco: «Las invasiones de Europa». No así el invitado que hizo las veces de conferenciante: el general Alfredo Kindelán.

A pesar de que el acto era clandestino, el orador guardó las formas durante unos minutos, reflexionando sobre el tema inicialmente previsto. Hasta que, «a la mitad el general Kindelán hizo punto y aparte y habló sobre el tema interno de España, dirigiendo graves y personales ataques a la persona del Caudillo»:

-El general victorioso, obligado a castigar a los vencidos, tiene frente a sí importantes núcleos de opinión que le detestan, más que como vencedor, como verdugo; por eso es necesaria la inmediata vuelta de Don Juan -aseguró Kindelán.

En el despacho de El Pardo se puede escuchar el sonido del lápiz trazando gruesas líneas rojas en el papel, mientras el dictador respira con cierta agitación. Franco subraya sin parar. «Dijo repetidas veces que el Caudillo debía irse, dijo también que él estaba en el secreto de cómo el Caudillo ganó la guerra -como también alguno de los presentes-, y éste, por tanto, como así les constaba, no tenía justificación alguna para mantenerse en el poder...»

¿Realmente el espía que redactó el informe, sin duda presente en la sala, sería consciente del efecto que esas palabras provocarían en Franco? ¿Qué sentiría al poner negro sobre blanco el fruto de aquellas delaciones? El relato del discurso de Kindelán es demoledor:

Hizo un ataque a la situación económica presente, comparándola con la de la España de 1939, para lo cual manejó datos y estadísticas. También habló del régimen alimenticio [sic] actual en España diciendo que éste era de hambre, que era inferior en 50% el número de calorías que se administraba al obrero español al que hoy tiene el obrero de la Alemania hambrienta; también dijo que el Caudillo que había hecho la represión, no podía mantenerse en el poder y que tendría que sustituirle cualquier otra persona, aunque él como monárquico opinaba que debía ser el Rey, para establecer la paz entre los españoles.

El rojo reaparece cuando el espía se atreve a señalar a algunos de los presentes con nombres y apellidos:

La concurrencia estaba seleccionada con una cierta táctica, había abogados, profesores de Universidad, juventud intelectual, militares y financieros; de los militares, según los datos que poseo estaban: Bartomeu Beibeder [sic], Barroso, Martínez Campos (Seu de Urgel), Aranda, también había jefes de oficiales del ejército, entre los civiles estaban Pavón, Luca de Tena, Garnica, Gamazo, Martínez Almeida...

El escueto informe se detiene en los detalles. Uno molesta especialmente a Franco, la constatación de que los invitados debían conocer previamente el objeto del encuentro:

Cuando hablaba del tema de su conferencia nadie le seguía, en cuanto habló del tema interno fue interrumpido con grandes ovaciones convirtiéndose aquello en un auténtico mitin de oposición al régimen.

Así, sin anestesia, Franco se encuentra ante el relato de cómo se organiza y cómo se celebra un mitin antifranquista. Y algo más: quién está detrás. Este informe es un antes y un después, y Franco decide no tolerarlo.

Al espía, que había visto cómo los monárquicos daban muestras de su capacidad organizativa en las narices del régimen, lo que más le molestó fue que «al final de la conferencia no hubo la anunciada copa de jerez, lo cual indica que éste es un sistema que emplean para las invitaciones. Parece ser que ésta es la tercera conferencia que con este estilo se ha celebrado». Las dos anteriores, según refiere, fueron en casa del conde de Gamazo y en casa de Juan Ignacio Luca de Tena. Las primeras conferencias, al parecer emplearon la misma treta: «Un pretexto [sic] cualquiera para luego hablar en contra del Caudillo y del régimen».

La conferencia de Kindelán en casa del marqués de Aledo es la gota que colma el vaso. No hay duda de que si son capaces de llegar tan lejos es que los monárquicos se creen impunes. Franco, ahora sí, va a desatar una tormenta de represión. Será mayor que la que ordenó, por ejemplo, cuando se publicó «El Saluda» a Don Juan para darle la bienvenida a la Península. Mucho mayor.