Foto de archivo de una multitud de manifestantes, entre ellos miembros del Ejército de Mehdi, una milicia iraquí prohibida que apoya al clérigo radical anti-estadounidense Moqtada al Sáder, marcha sobre una guarnición española en Nayaf en 2004
Foto de archivo de una multitud de manifestantes, entre ellos miembros del Ejército de Mehdi, una milicia iraquí prohibida que apoya al clérigo radical anti-estadounidense Moqtada al Sáder, marcha sobre una guarnición española en Nayaf en 2004 - REUTERS

Álvaro Colomer: «Después del "No a la guerra", los españoles se olvidaron de sus soldados en Irak»

El escritor novela en «Aunque caminen por el valle de la muerte» la controvertida participación española en la batalla de Nayaf

Actualizado:

De manifestaciones y carteles del «No a la guerra» a olvidarse de sus soldados. Centenares ocuparon calles de ciudades españolas para exigirle al entonces presidente José María Aznar que no enviara tropas a Irak. Pese al impulso inicial y la cruenta posguerra que sucedió a la invasión norteamericana, la lucha pacifista en España se fue apagando poco a poco. «Cuando Aznar dejó claro que íbamos a Irak sí o sí, la gran mayoría guardó la cacerola en casa y se desentendió de sus militares. "Soy pacifista porque no sigo lo que pasa en Irak". No, eso no es pacifismo, eso es que estás viendo Telecinco», asevera Álvaro Colomer (Barcelona, 1973), autor de «Aunque caminen por el valle de la muerte» (Literatura Random House), novela basada en hechos reales donde reconstruye la Batalla de Nayaf en 2004.

El escritor catalán quiere reivindicar las luces y las sombras del Ejército español en Nayaf, «la contienda más importante desde el asedio de Sidi Ifni hace 50 años», en la que 20 iraquíes y un salvadoreño murieron tras el ataque a la base española de Al Andalus el 4 de abril de 2004 (04/04/04). Enviados para reconstruir y pacificar Irak, la Brigada Plus Ultra II sufrió el estallido de «la guerra civil iraquí» en plena ciudad santa (a unos 160 km de Bagdad) para el islam, santuario chií y tumba del imam Alí, primo y yerno de Mahoma. «¿Cómo puede ser que la gente no tenga ni idea de una batalla así? En EE.UU. habrían salido una o dos películas, aquí apenas hay libros», explica.

El escritor Álvaro Colomer, en la entrevista con ABC
El escritor Álvaro Colomer, en la entrevista con ABC - ISABEL PERMUY

¿Puede la literatura sacarnos de este olvido?

La indiferencia que ha provocado todo lo que se vivió allí y que los escritores no estén utilizando todo este material bélico de primera calidad, con España en los principales conflictos del siglo XXI, me parece que es una excentricidad única. Esto no ocurre en otros países. Al margen de lo que opines de tu ejército o de tu nación, es que es como si no estuviéramos ni en Irak ni en Afganistán o en otras misiones. Federico Trillo, entonces ministro de Defensa, dedica dos párrafos de sus memorias a la principal batalla de España en 50 años y la población española no tiene ni idea de esto. Su sucesor, José Bono, me dijo que fue un tiroteo.

Su novela puede molestar a muchos.

El libro refleja el espíritu de la batalla. En todas las entrevistas que hice todos o casi todos me dicen que los salvadoreños lo hicieron muy bien, que los americanos eran asesinos -sus reglas se lo permiten-, con una forma de entenderlo como "vosotros disparad que así no moriréis", mientras que la idea de los españoles era "cuidado de no disparar a seres humanos".

El clérigo chií Moqtada al Sáder
El clérigo chií Moqtada al Sáder - AGENCIAS

Narrada a partir de combatientes ficticios del Ejército español, estadounidense, salvadoreño, de los mercenarios norteamericanos de Blackwater e incluso de la insurgencia chií, el lector de esta novela puede indignarse con nuestras Fuerzas Armadas, con el propio escritor, con los yankees en la lucha contra los islamistas. «En la guerra hay tantas versiones como puntos de vista», sostiene Colomer, que ya ha recibido emails de militares molestos por el eco de su interpretación del rol de España en la batalla, en la que dibuja una brigada que hasta casi el último minuto mantuvo «las balas relucientes».

«Esta batalla fue una trampa de EE.UU. a España», afirma Colomer. A su juicio, el estadounidense Paul Bremer, director de la Reconstrucción iraquí y que ahora deja fatal el papel del Ejército, quería involucrar más a España para defender a George W. Bush de la prensa y de tanto provocar a Muqtada al Sáder, clérigo chií y líder del autodenominado Ejército del Mahdi. «Propiciaron la batalla de Nayaf y nos vimos envueltos en ella por su capricho. La CNN dijo que los españoles fueron los que detuvieron a Mustafá al Yaqubi, lugarteniente de Al Sáder. Luego que hablaban español. Más allá, estaba la opinión de Sáder, que creía que cualquier operación que se llevara a cabo en Nayaf tenía que tener el beneplácito de los españoles, que eran los que controlaban la zona, no obstante eran los americanos quienes controlaban la guerra. La insurgencia acudió al cuartel a manifestarse pensando que los españoles tenían al detenido ahí». España entonces se encontraba en aquel mes de abril de 2004 en pleno proceso de transición de poderes tras el 11-M y la victoria de José Luis Rodríguez Zapatero. «Había un vacío de poder tremendo».

Bremer trataba de separar a la comunidad chií.

Sáder estaba obsesionado con dominar Nayaf para controlar e influir en el chiismo. Buscaba un argumento para alzarse en armas, tenía un ejército montado, lo llamaba Ejército del Mahdi, pero todavía no podía llamarse como tal, no había tenido una batalla de verdad. Quería imponerse y aprovechaba el vacío de seguridad que quedaba en Irak, tras la desbaazificación promovida por Bremer tras derrocar a Sadam Husein y desmontaron todo, hasta la policía. Los chiíes tenían a Sáder como un loco, pero con carisma, hijo de un hombre muy respetado en el chiismo. Este clérigo trató de atentar contra el ayatolá Ali Sistani. Gracias a Dios que no lo consiguió porque es un tío tranquilo, moderado. Fuimos a Nayaf a pacificar y allí empezó la insurgencia chií, no pacificamos sino que en nuestro sitio nació la guerra civil iraquí.

Uno de los personajes más atractivos de la novela es el mercenario de Blackwater, como representante menos poético de la guerra.

Los mercenarios están en todas partes ya. Por ejemplo, con los piratas en Somalia, cuando estaban atacando los cargueros occidentales que pasaban por allí, Europa decidió contratar a mercenarios para defender esos buques. Cuando se habla del número de soldados de EE.UU. en Irak nunca se cuentan a los mercenarios ni en las muertes ni en el cómputo de militares desplegados. El problema de los Blackwater es que como son civiles, aunque tienen normas, no tienen la ética de un soldado, ni sus reglas de comportamiento. Aquí los vemos como "cowboys" asesinos. Mientras que para ellos, los españoles no sabemos cómo funciona la guerra y que es mejor que no estemos en lugares así.

«No fueron cobardes»

Para estadounidenses, salvadoreños e iraquíes, los españoles fueron unos cobardes, despedidos de Irak a huevazospor los militares, según describe. «No fueron cobardes», tuvieron que ceñirse a reglas de enfrentamiento muy restrictivas. «Si un americano mata a un insurgente en Irak, tenía medalla a la vuelta; en cambio, a un español le podían montar un consejo de guerra». El general Enrique de Ayala elaboró un informe el 11 de abril de 2004 en el que explicaba que España no podía seguir en Irak en esas circunstancias.

Con el alférez Guisado al frente, el Ejército español selló, quizá, su última gran acción heroica con la salida de los cuatro blindados, entre disparos de la insurgencia, al rescate de instructores salvadoreños, hondureños e iraquíes en el edificio de la ICDC (Cuerpo de Defensa Civil Iraquí) y en la cárcel contigua, cercados por las milicias de Sáder. De las 200 entrevistas que empleó el escritor para documentarse, las más complicadas de conseguir, subraya, son las de los españoles por la falta de colaboración de Defensa. «Los soldados españoles de Nayaf están muy tristes por la falta de reconocimiento, no solo militar, sino de la sociedad civil, con una sensación de haber estado ahí y no importarle un bledo a nadie».