Un salero no es un dinosaurio
Mario Tascón, director del proyecto «Escribir en internet» - ignacio gil

Un salero no es un dinosaurio

El líder de Siniestro Total y el BBVA presentan en la Real Academia un manual de cómo escribir en internet

madrid Actualizado:

Como el mono de Kafka informando a la Academia. Así dijo sentirse ayer Julián Hernández, el líder del vitriólico grupo gallego Siniestro Total, durante la presentación de «Escribir en internet. Guía para los nuevos medios y las redes sociales». Fue el contrapunto festivo y la muestra de que los tiempos están cambiando (de hecho, el propio «estudiante y compositor de canciones», como lo definió José Manuel Blecua, el director de la Academia, mencionó a Bob Dylan).

Recurriendo a un personaje clave de Alicia en el país de las maravillas, Hernández recordó que «un salero no es un dinosaurio», que no somos Humpty Dumpty para decidir el significado de las palabras, es decir, quien manda aquí. Sensible a los nuevos tiempos, y ante una impasible estatua de Francisco de Quevedo (gran tuitero silencioso), Blecua anunció la incorporación de «tuit, tuitero y tuitear» a la nueva edición del diccionario de la casa que ya no solo «limpia, fija y da esplendor» a la lengua española sino que no le tiene miedo a las nuevas tecnologías ni a las redes sociales: «No deben asustarnos las innovaciones ni los desafíos», dijo el ilustre especialista en Quevedo, antes de recalcar que en la Academia son muy conscientes que «los únicos dueños de la lengua son sus hablantes».

Fue la Academia el martes una algarabía de cables, cámaras, camaroncios, tabletas, móviles, cuadernos a la vieja usanza, corbatas, camisetas, trajes de verano, venerables canas, calvas y melenas al viento inexistente en torno a la escalinata de bien mullida alfombra por la que los académicos y sus predecesores dialogan con el tiempo que hace y el que hará, los intríngulis del idioma y los dimes y diretes, las malicias y las ambiciones. Fue ese escenario propenso al sube y baja y a la conversación peripatética el que eligieron los editores de este manejable libro (hay, como es lógico, versión digital), la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) bajo el sello Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, para una puesta de largo que tuvo su colofón en los jardines de la docta casa con copas, aperitivos y globos. Según estimaron los anfitriones en un comunicado que llegó por e-mail, «el optimismo ante el desarrollo del español en la red y la defensa de la urbanidad y las buenas prácticas en los entornos digitales centraron las intervenciones de los participantes...».

Nervioso como si se fuera a examinar para unas oposiciones a académico, el cantante y líder de Siniestro Total le echó humor al asunto aunque sin dejar de afirmar que «de alguna manera, alguien que "escribe mal" (entre comillas) se autoexcluye de muchos círculos porque inmediatamente se le detecta y se le hace el vacío. Es cruel, sí, pero también justo y necesario para que la comunicación no sufra», lo que no deja de tener su miga para el autor de composiciones como Ayatola, ¡no me toques la pirola! o Matar jipis en las Cíes.

Mientras Joaquín Müller-Thyssen, director general de la Fundéu BBVA, recalcó que «no hay lugar más público, mayor plaza pública que internet», Mario Tascón, director del proyecto, explicó que el trabajo se planteó de forma abierta y colaborativa, e hizo un voto: «Espero que este manual aporte un poco de luz en el todavía poco explorado, desconocido y apasionante mundo de la comunicación humana con unas herramientas que nuestros padres y nuestros abuelos ni siquiera soñaron. El español es un idioma de valientes que compartimos con muchos millones de personas. Es tiempo de valientes. Soñemos todos con una lengua más rica y universal para nuestros hijos».

Recurrió el director de la Academia a Baltasar Gracián —«habría sido un buen tuitero»— para acortar su parlamento: «Más valen quintaesencias que fárragos», para dar paso a una orquesta de cuerda y máquina de escribir que interpretaron con brío y humor precisamente la pieza La máquina de escribir, de Leroy Anderson. Fue una briosa manera de cerrar el acto.