Juan Marsé
Juan Marsé - ABC

Juan Marsé, una vida que se hizo novela

Josep Maria Cuenca publica «Mientras llega la felicidad», biografía del escritor nutrida con testimonios y documentos

Actualizado:

La vida de Juan Marsé tiene un arranque de novela. Nacido el 9 de enero de 1933 en Barcelona, hijo de Domingo Faneca y Rosa Roca, aquel niño que había de llamarse Juan Faneca Roca acabó siendo Juan Marsé Carbó. Según Berta Carbó, su madre adoptiva, ella había perdido a su hijo: el encuentro fortuito en un taxi con el padre biológico de aquel niño huérfano de madre posibilitó la adopción... La realidad es que Domingo Faneca y Pep Marsé, su padre adoptivo, se conocían de Estat Català, relación que no era conveniente detallar en la Barcelona de la posguerra... Esa «historia del taxi», apunta el biógrafo Josep Maria Cuenca, fue un imaginativo relato de Berta que «ayudó a vivir mejor a su hijo... Se puede decir hoy que Juan Marsé vino al mundo no con un pan bajo el brazo, sino con una novela: la que su madre “escribió” para él».

Historiador y periodista, Cuenca ha dedicado seis años a «Mientras llega la felicidad» (Anagrama), biografía de 749 páginas nutrida con entrevistas al escritor, testimonios de familiares y amigos, documentos de parroquias, ayuntamientos, correspondencia, bibliografía y hemeroteca.

Lo primero que hizo el niño Marsé fue devorar tebeos y películas, los veneros de sus novelas. Si en casa se hablaba catalán, su imaginación se expresaba en castellano... El bilingüismo como riqueza cultural. Como señala Cuenca, «Cataluña no ha sido monolingüe en ningún momento de su historia, y no parece razonable pensar que lo habría llegado a ser de haber ganado la guerra los defensores de la legalidad republicana...» El aprendizaje de la escritura, añade Marsé, tiene que ver con la lengua literaria que te resulta más familiar. En su caso, la española, a través de la «literatura de quiosco» y el cine. «Cuando empecé a fabular, por decirlo así, las historias me salían automáticamente en castellano y sin ninguna dificultad. Hablar y escribir son cosas distintas».

«Soy bastante vago»

En 1957, el aprendiz de joyero que pergeña relatos en un minúsculo cubículo ante una foto de Edith Piaf comparte sus inquietudes con la escritora Paulina Crusat, su «hada madrina» literaria. Aquella correspondencia –de lectura deliciosa– revela la madurez personal de un joven crecido entre privaciones. La sinceridad de Marsé no difiere mucho de autorretratos posteriores: «No piense que me creo un “elegido” –lo creía a los 18 años–, porque si tuviera que definirme un poco diría que soy bastante vago, con muy poco empuje para ciertas cosas que merecen afecto y atención, y con escasa capacidad de cariño “externo” para con los demás (quisiera ser de esos hijos que besan a su madre a menudo, pero no lo soy, y no me pregunte por qué) bien que lo siento». Aquel año, Marsé conoce su bautizo literario en la revista «Ínsula» con el cuento «Plataforma posterior». Entre tanto, publica entrevistas y reseñas cinematográficas en la revista «Arcinema». Finalista del Biblioteca Breve de 1960 con «Encerrados con un solo juguete», Marsé inicia su relación con Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y la agente Carmen Balcells.

Ganar en 1964 el premio de Seix Barral con «Últimas tardes con Teresa», le granjea la enemistad de Luis y Juan Goytisolo, que habían apostado por «La traición de Rita Hayworth», de Manuel Puig. Luis Goytisolo dimite como miembro del jurado... A diferencia de Gil de Biedma, que aplaude el ascenso de la clase obrera inmigrada en la sociedad catalana, a la izquierda exquisita no le acaba de gustar que el escritor obrero que querían «tutelar», cual damas de la caridad, suelte riendas y se cachondee con personajes inspirados en José María Castellet, Ricardo Bofill o el dogmático Manuel Sacristán... Con su sarcasmo –matiza Cuenca–, Marsé no busca «descalificar en el orden personal, sino desautorizar ciertas imágenes públicas, ciertas representaciones sociales encarnadas por individuos encantados con el papel que se les ha asignado o que se han autoasignado con éxito».

Arrecia la guerra con Juan Goytisolo

La «guerra» arreció cuando Juan Goytisolo, asesor de literatura hispanoamericana en Gallimard –donde entró de la mano de Monique Lange–, no dio el visto bueno a la versión francesa de «Últimas tardes con Teresa»: la novela no aparecería en Francia hasta 1993. El autor de «Makbara» –junto a Baltasar Porcel, Jordi Pujol, Andrés Vicente Gómez y Umbral, con su «prosa sonajero»– compone un quinteto nefasto. Marsé está harto del Goytisolo «Juan sin Tierra» tan propenso, explica, «a sacarse en procesión a sí mismo». Las novelas del último premio Cervantes le parecen malas: «Es un ensayista y un moralista disfrazado de novelista. Ni le interesa ni sabe lo que es la ficción, no es capaz de crear un mundo propio, con sus propias leyes y su dinámica narrativa, con personajes inventados pero de carne y hueso. Es un comentarista de lo que pasa en el mundo y, sobre todo, no tiene más que un tema, que es cagarse en España».

Si Marsé se despidió de los pijoprogres con su Pijoaparte, en «La oscura historia de la prima Montse» y «El amante bilingüe» torpedeó a la burguesía que había cambiado al régimen franquista por la Banca Catalana de un Pujol metido a Ciudadano Kane que acabó cerrando la revista «Destino». Al igual que Joan de Sagarra y Jaume Perich, satiriza al «banquero Pujol» en las páginas de «Por Favor» desde su sección, etopéyica e hilarante, «Señoras y señores». Con Baltasar Porcel, intelectual orgánico de la Cataluña nacionalista, mantendrá un permanente duelo de referencias recíprocas e hirientes en la prensa y las novelas.

Pujolismo

La inquina del pujolismo hacia Marsé se intensifica en 1985; el conseller Joan Rigol descarta incluir al escritor en el «Pacte Cultural»: «No puedo llamar a Juan Marsé, a él no, porque si lo hago los míos me devoran», admite. Como subraya Cuenca, su biografiado se ganó la aversión del nacionalismo «no sometiéndose a la omertà de la que participan muchas gentes de la cultura en Cataluña, silentes en la vida pública y al mismo tiempo locuaces y críticos en reuniones reducidas sin micrófonos ni cámaras de televisión de por medio».

Los directores de cinehan causado serios desperfectos en la recepción visual de las novelas de Marsé: Jordi Cadena, Gonzalo Herralde, Vicente Aranda, Fernando Trueba... De todos esos que califica de «peliculeros», el que más daño le hizo fue el productor Andrés Vicente Gómez cuando se cargó el guión de «El embrujo de Shanghai», de Víctor Erice, que acabó rodando Fernando Trueba con los resultados de todos conocidos. «El guión de Erice es mejor que el libro; lo de Trueba es una birria», comentaba hace pocos días a su buen amigo Joan de Sagarra.

Entre los materiales inéditos, un dietario de 2004, «Las horas muertas». Anotación del 29 de septiembre. Marsé comenta a Carlos Pujol, secretario del Planeta, que «la calidad de los originales es peor que mala». En su primer año de jurado –dimitirá al siguiente– asume que «pinta mal en ese premio». El Marsé octogenario conserva la autoexigencia del joven que se carteaba con Paulina Crusat: «Desconfío de mis métodos de trabajo y nunca veo nada claro, nunca me acaba de satisfacer lo que escribo...» Otra anotación: «Por la mañana, cuando me afeito, veo asomar a mis ojos en el espejo el frío y el hambre del niño que fui en la posguerra. ¿Cómo quieren que escriba de otra cosa?»

La Feria de Fráncfort

El enésimo enfrentamiento con el nacionalismo que margina a los autores catalanes que escriben en castellano se produce en 2007 a raíz de la Feria de Fráncfort. Marsé concluye que el mundo de la política cultural catalana «está lleno de fantasmones: hay más que en el mundo de la música pop». A sus 82 años, el autor de «Caligrafía de los sueños» mantiene incólume la lúcida ironía, la fobia al gregarismo nacionalista y el fervor por Stevenson y Baroja y John Ford. La biografía de Cuenca destaca al escritor que imprime carácter a cada novela: «Los momentos más felices de la vida se dan cuando uno consigue dejar de pensar en sí mismo». Puro Marsé.