La espía Mata-Hari pasó largas temporadas en España
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España era un nido de espías lejos de la neutralidad en la I Guerra Mundial

El libro de Fernando García Sanz desmonta todos los tópicos asociados al papel de nuestro país en la Gran Guerra

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« España en la Gran Guerra» (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores) es un libro de investigación que Fernando García Sanz ha escrito para ser leído por personas ajenas a la profesión, sin renunciar al aparato erudito. Varias son las aportaciones que, según confiesa a ABC, se hacen en sus casi 500 páginas: 1) Desmonta el mito de la «neutralidad» como gran jugada política de España en la época. 2) Desarrolla el cambio de paradigma que supuso la guerra submarina en el Mediterráneo. 3) Responde a la pregunta: ¿eran la clase política, la opinión pública y la Iglesia aliadófilas o germanófilas? Y 4) Reconoce el papel protagonista que Italia desempeñó en la contienda.

Don Alfonso XIII estaba enfadado en agosto de 1914 porque España no iba contar en la remodelación de Europa y él se había propuesto colocarla entre las primeras potencias. Y, a la fuerza neutral, se lamenta: «¡Nos tenemos que quedar fuera porque no tenemos ejército. Hay que aprovechar el momento y la única oportunidad que nos queda es la de ser mediadores cuando llegue el armisticio», que se esperaba en… ¡cuatro o cinco semanas!

Insostenible neutralidad

¿Neutralidad? El propio Rey se encarga de garantizar a los franceses que su frontera va a estar tranquila y que va a darles todo lo que pidan. Eduardo Dato le dice a un embajador: «Nosotros “matizamos políticamente” nuestra neutralidad». Es decir: oficialmente lo somos, pero políticamente no. A pesar de ello, Francia le da a España un aviso cuando el conde de Romanones viaja a París en enero de 1919: «Se ha acabado de hablar de “Protectorado español de Marruecos”, porque sólo existe un protectorado allí y es el francés. Como mucho, sois zona de influencia». España intentará recuperar Tánger durante los años veinte sin lograrlo. Si bien es cierto que aumentaron las reservas de oro y que se forjaron grandes fortunas, la verdad es que luego se volvió a lo de siempre. En realidad, la guerra había puesto en evidencia la debilidad política y económica de España, así como su carencia de política exterior.

Aquella todavía fue una guerra de plomo: balas, obuses, etc., y los aliados admiten que España les ha surtido dos tercios de sus necesidades. Lo hace a través de la empresa Peñarroya de capital francés. En un informe para el Estado Mayor, el general Joseph Devignes advierte: «Cuidado con presionar España, porque si cortara este suministro la guerra podría pararse en muy pocos días». Igual ocurre con las piritas. En cuanto al wolframio, mineral durísimo y de altísima temperatura de fusión, utilizado para hacer bombillas, conseguir aceros especiales y construir maquinaria para la fabricación de armamento, hay explotaciones británicas, francesas, pero también muchas minas pequeñas. Se ponen de acuerdo franceses e ingleses para repartirse la producción e impedir que algún escape llegue a Alemania.

La guerra submarina

Como los aviones, los submarinos eran «trastos» que no se sabía muy bien para qué servían; a lo sumo para la observación (aviación) o en la defensa de los puertos (submarinos). Y son las dos grandes innovaciones bélicas. En 1915, el U-9 hunde tres acorazados británicos. Y nadie se lo creía. Cuando a los alemanes les empieza a ir mal en el mar del Norte (se han torpedeado barcos norteamericanos), deciden introducirlos en el Mediterráneo. Y lo logran con una operación para trasladar uno, el U-21, a la base adriática de Pola, la cual era una misión imposible.

¿Qué significa para España la guerra submarina? 1) Que se la considere «neutral pero germanófila», porque en sus costas se está ayudando a los submarinos alemanes. Y 2) Que se convirtiera en un nido de espías alemanes, británicos y franceses que no solo se alimentó de residentes y personal militarizado de esas nacionalidades, sino también de colaboradores españoles en las costas, no solo en las zonas mineras, que daban información o que facilitaban el avituallamiento. Y hablamos de miles de personas.

¿Aliadófilos o germanófilos?

Fue una contienda patriótica, no ideológica, como la II Guerra Mundial. Aquí, la mayoría de la gente era indiferente -afirma García Sanz a ABC-. ¿Quiénes no lo fueron? Los que están metidos en la guerra hasta el cuello, porque comerciaban con minerales o víveres; y los que vivían en la costa porque tienen la guerra ahí. ¿La opinión pública? Solo un dos por ciento de la población leía periódicos, por analfabetismo. No hay una línea divisoria que diga los conservadores eran germanófilos y los liberales aliadófilos: Dato, conservador, siempre fue aliadófilo, y lo preferían a Romanones, liberal, que también lo era. En cualquier caso, los germanófilos no lo fueron por amor a Alemania o Austria, sino por francofobia o anglofobia debidas a razones históricas. Por ese patriotismo, las altas jerarquías militares adoraban al Ejército alemán. ¿Era la Iglesia germanófila? No, era anglófoba, porque Inglaterra ha roto relaciones con el Vaticano, establecido su propia Iglesia y la ley que impide reinar allí a príncipes católicos.

Italia moviliza los mismos efectivos que Gran Bretaña: algo más de seis millones, con un cuerpo de ejército permanente en torno a los dos millones. Pero estamos hablando de todo el Imperio Británico (Australia, Nueva Zelanda, Canadá…), cuando Italia iba sola y acababa de celebrar el cincuentenario de su unificación. Y los muertos, los mismos: 650.000. Además, Italia combatió en el frente más duro ¡frenando al Imperio Austro-húngaro!, concluye Fernando García Sanz.