Carme Riera: «El viaje que más vale la pena es hacia el interior de uno mismo»
La novelista y filóloga Carme Riera, durante el acto de su ingreso en la RAE, que presidió la Princesa de Asturias - efe

Carme Riera: «El viaje que más vale la pena es hacia el interior de uno mismo»

La escritora ingresó ayer en la Real Academia con un apasionado discurso sobre la isla de Mallorca

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Pasaban diez minutos de las siete de la tarde de ayer cuando la Princesa Doña Letizia llegaba al salón de actos de la Real Academia Española, acompañada por el secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, y el director de la institución, José Manuel Blecua, para abrir el acto de ingreso en la Docta Casa de la escritora Carme Riera, que ocupará el sillón «n», y que viene a incrementar la lista de mujeres que ya pertenecen a la RAE: Ana María Matute, Carmen Iglesias, Margarita Salas, Inés Fernández Ordóñez, Soledad Puértolas y Aurora Egido. Un par de minutos después, en elegantísimo traje de volantes de tono carmesí, entraba en la sala Riera, escoltada por los académicos Miguel Sáenz y Santiago Muñoz Machado..

Carme Riera, nacida en Barcelona en 1949, pero mallorquina de convicción, dedicó su largo pero exhaustivo y detalladísimo discurso, «Sobre un lugar parecido a la felicidad», a esa hermosa isla, a la que también Jorge Luis Borges llamara así, «un lugar parecido a la felicidad».

Islas e insularidades, viajes y viajeros

Riera habló de islas e insularidades, de paisajes y paisanajes, de viajes y de viajeros, al hilo de un puñado de ilustres artistas que escribieron sobre la isla después de sus generalmente fantásticas visitas a esa deliciosa tierra mediterránea. Viajeros y visitantes como Jovellanos, Georges Sand, Chopin y Rusiñol Azorín, Rubén Darío, Unamuno, Borges, Pla...

Pero antes de entrar en materias insulares, Riera describió su condición de novelista: «Como escritora, en las dos lenguas que tengo por mías, me he pasado la vida tratando de encontrar las palabras precisas, las más exactas y oportunas para nombrar las cosas, las sensaciones, las emociones o las ideas».

Delicada y entrañable, recordó a esa «n» de su silla, una letra a la que llamó «banquetita», «una letra que siempre me ha atraído, a pesar de que con ella empiezan palabras poco alentadoras si las refiriera a mi situación de aspirante a la RAE, como no, nadie, nada; también otras muy queridas, nacimiento, naturaleza, noche, niña, niño, nieta, comienzan con esa consonante nasal y alveolar que ocupa el undécimo puesto del alfabeto y sobre la que Ramón Gómez de la Serna apuntó que era la ñ sin bigote».

«Una niña torpe»

También tuvo palabras para su antecesor en el sillón, el profesor Valentín García Yebra, antes de recordar que en su infancia, las letras se le atravesaban: «Fui una niña torpe, a la que las monjas no conseguían enseñar a leer», algo que arregló su padre leyéndole por la noche historias bonitas como la «Sonatina» de Rubén Darío: «Me entusiasmó. Me pareció un cuento maravilloso que me estuviera especialmente dedicado... Todas las niñas se sienten princesas y yo estaba triste, ¿cómo no tenía que estarlo si era la última de la clase?». Del «aprendizaje» con Rubén Darío a ser una de las más grandes escritoras contemporáneas españolas, tanto en castellano como en catalán, y autora de libros tan significativos como «En el último azul», «La mitad del alma», «El verano del inglés» y «Tiempo de inocencia».

A continuación, y como preámbulo de su discurso, rememoró a uno de los grandes viajeros de la historia, Ulises, quien «vuelve a Ítaca, tras una transformación que, a menudo, implica un enriquecimiento personal, porque el viaje que definitivamente vale la pena no es otro que el realizado hacia el interior del yo, aunque el destino aparente sean otros lugares».

Paraísos aislados

Seguidamente, la nueva académica navegó literariamente por los alrededores de su isla: «La insularidad ha constituido un espacio clave en el imaginario humano, un imaginario que habla de paraísos aislados, en los que la felicidad parece todavía al alcance de cualquiera que los visite y en los que se aúnan vestigios de la edad dorada y el locus amoenus arcádico», un espacio de utopía, porque, la isla (Mallorca, en este caso) «es un espacio simbólico, un lugar situado fuera de las coordenadas espaciotemporales, un lugar de sosiego y de encuentro con uno mismo».

El visitante que alcanza este territorio mítico isleño goza de un viaje que según Riera «adquiere una dimensión especial» porque «según el imaginario humano llega a un espacio edénico acotado y aislado microcosmos paradisíaco, lugar primigenio en el que se conserva una naturaleza y unos naturales incontaminados».

Pero cuando estos ilustres viajeros, los ya citados Jovellanos, Georges Sand, Chopin y Rusiñol Azorín, Rubén Darío, Unamuno, Borges, Pla... «sean sustituidos por los turistas y Mallorca quede a menos de una hora de avión de los principales aeropuertos españoles, desaparecerán las connotaciones míticas, a través de las que, durante casi un siglo, entre 1837 y 1936, fue mirada, contemplada y admirada. La isla ya no está "en borrador", como estaba en 1845, según Antonio Reniu, el amigo de Cortada (2008: 109), sino que ha sido pasada a limpio, aunque no siempre de manera idónea».

Contestación de Gimferrer

Finalmente, el académico Pere Gimferrer dio la bienvenida a Carme Riera, asegurando que quien escuchara su excelente discurso «no la creería escritora de creación, sino investigadora, filóloga historiadora de la cultura», resaltando por último que «nadie es oráculo hoy ni del futuro propio ni del ajeno, y la manifiesta vocación que hacia 1965 mostraba Carme Riera no permitía ejercer de palmista y leer las rayas de su futuro. Pocas veces este habrá cumplido con tanta continuidad y tenacidad una vocación. Bienvenida, Carmen, a la Academia»

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