«Autorretrato» de Murillo
«Autorretrato» de Murillo - ABC

Murillo: el pintor mejor cotizado de su siglo, por encima de Diego Velázquez

El artista sevillano gozó de una buena posición e invirtió dinero en la Carrera de Indias, según una nueva biografía

SevillaActualizado:

No es ningún secreto que Bartolomé Esteban Murillo fue uno de los artistas más valorados de su tiempo, con numerosos encargos en Sevilla, algunos de ellos del esplendor del retablo de Capuchinos que exhibe desde hace dos semanas al completo el Bellas Artes de Sevilla. Lo que se desconocía hasta la fecha es que el artista sevillano fue el mejor pagado del siglo XVII, superando la cotización de sus obras a las de contemporáneos como Diego Velázquez, Alonso Cano y Francisco de Zurbarán.

Esta es una de las conclusiones que aporta el primer volumen del «Corpus Murillo», del historiador del arte y conservador de museos Pablo Hereza, cuyo primer volumen consagrado a la biografía y documentos del pintor acaba de publicar el Ayuntamiento de Sevilla con motivo del Año Murillo, que conmemora los cuatro siglos de su nacimiento. A este seguirán otros dos volúmenes, con el catálogo razonado de pinturas y dibujos que se publicarán, el primero, a finales del próximo año y, el segundo, en 2020. De esta forma, el pintor contará con un «corpus» similar al que cuentan Velázquez o Zurbarán, y que permitirá, según su autor, «construir un Murillo no historiográfico, sino histórico, sin juicios de valor».

Este primer volumen presenta una biografía de Murillo realizada a partir de la revisión de un corpus documental de 262 noticias revisadas y analizadas, entre ellas 26 inéditas, que han permitido «corregir errores y abrir nuevas vías de investigación», explica el historiador sobre el fruto de una década de trabajo.

Una de esas vías, que ayuda a definir la figura de del pintor, es la comparativa de las cotizaciones de las obras de los grandes artistas barrocos y que muestran a Murillo como el artista más cotizado de su tiempo. Según recoge este investigador, este llegó a cobrar por una vara cuadrada de su pintura —una superficie de unos 84 centímetros por cada lado— de 600 a 800 reales en su periodo central. Frente a estas cifras, Zurbarán cobró unos 200 reales por vara cuadrada por las pinturas que realizó para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro de Madrid; mientras que Alonso Cano percibió 388 reales por vara en el lienzo de los Reyes Católicos para el Alcázar; y Velázquez obtuvo unos 330 reales por «El aguador de Sevilla», de poco más de una vara.

Dominio del mercado

Estos precios, explica este investigador, presentan a un pintor que «dominó el mercado sevillano» y superó «en muchos casos a los principales pintores de la corte», lo que se explica, «más allá de las excelencias artísticas equiparables», por la «independencia comitencial» de Murillo, es decir, por la libertad creativa que supo ganarse con su pintura, que supo vender no tanto como arte sino como «un medio de comunicación espiritual».

Esta libertad se manifiesta en que si bien no podía rechazar los grandes encargos de la Catedral o los conventos, sí podía, además de seleccionar los privados, «negociar» con sus contratistas para «tratar de que prevalecieran sus criterios artísticos». Es el caso, añade el historiador, del encargo que le realizó un canónigo para la sacristía de Catedral de Sevilla. Este le pidió dos cuadros que representaran a dos arzobispos cada uno y al final se impuso la idea de Murillo de que las obras representaran a San Leandro y San Isidoro.

Esas altas cotizaciones de Murillo, continúa, son resultado también de su rechazo a las reproducciones inconográficas de taller y encargos seriados. «De su taller no salen obras que no fueran excelentes». A lo que se suma su independencia de gremios e intereses cortesanos, que sí ataban a Velázquez o Alonso Cano, y que determinaban a la baja sus precios. «Con todos estos rechazos, Murillo se posiciona como un artista que, con un extraordinario dominio curricular, controla su prestigio y exclusividad».

Inversión de riesgo

« Murillo pide lo que cree que valen sus obras. Su posición de venta es desde la excelencia más absoluta. Pertenece a la Hermandad de la Santa Caridad y cuando pinta los cuadros le pide a Miguel de Mañara unas cantidades increíbles. Eso es una muestra de su dignidad pictórica», señala.

La venta de sus obras permitió a Murillo tener la independencia de una posición desahogada, a la que contribuyeron también la gestión de sus bienes inmobiliarios en Sevilla y propiedades en Pilas, de donde era su esposa, Beatriz de Cabrera. Además, el excedente monetario que tiene lo invierte en la carrera de Indias, que da intereses entre el 60 y el 90% de lo invertido y ganancias en plata americana. Un negocio, sin embargo, con alto nivel de riesgo, que le llevará en un momento de falta de liquidez a pasar por la cárcel.

Hereza mantiene que la atención del pintor a todas estas fuentes de ingresos no responde a que fuera un «tiburón económico. Si hubiese querido hacer dinero, se hubiera dedicado a la pintura de género, que se la hubieran quitado de las manos en el extranjero. La obsesión de Murillo, húerfano y que venía de una familia amplia, era, en cambio, que su familia tuviera un bienestar y evitar que cayera en la amenaza constante de la pobreza».

Otros rasgos del carácter del pintor que destaca el historiador en su biografía es su religiosidad, marcada por los franciscanos y Mañara, que le llevan a entender la religión como «una acción social» o su rechazo de las pretensiones nobiliarias que tuvieron contemporáneos suyos como Velázquez. «No tiene vanidades barrocas, sino que se sentía como un eslabón de la historia de Sevilla, un artista que no hubiese sido Murillo de no haber nacido o permanecido en la ciudad». En esa necesidad de «devolver lo que puede» inscribe Pablo Hereza su papel en la creación de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, ya que «entiende que lo mejor que puede hacer por los pintores es mejorar su formación».

Estos y otros muchos detalles que este historiador plantea en su biografía dibujan «una de las personalidades más respetadas e íntegras del seiscientos sevillano, basada simplemente en la normalidad vital, en profundas convicciones religiosas y en la independencia intelectual y profesional, fórmula para una obra extraordinaria que no dejó indiferente a su generación ni a las posteriores».