NACHO FOCES
NACHO FOCES

«Al periodismo de hoy en día le falta ilusión»

MANUEL DE LA FUENTE | MADRID
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Cronista de una y auténtica pieza, de los que rompen el molde, curtido en las trincheras periodísticas de todo el mundo, testigo de primera mano de guerras y tragedias, Manu Leguineche, Manu para sus cientos de amigos, discípulos y colegas, fue galardonado ayer con el Luca de Tena que premia toda una vida dedicada a esta nuestra profesión.

Y qué vida. Marco Polo del periodismo, Leguineche se ganó a pulso el reposo del guerrero que disfruta desde hace años en el corazón de La Alcarria. Allí, las erratas del dolor quieren emborronar su día a día, son los duendecillos (crueles, muy crueles) de la enfermedad, pero al pie del teléfono, como le vieron en Vietnam, El Salvador, Nicaragua, el maestro abre su corazón acostumbrado a urgencias y crónicas a quemarropa: «Sí, ahora estoy aquí en Brihuega, disfrutando del buen tiempo y del notición. Estoy emocionado. Bueno, emocionado es poco... esto me ha llegado hasta lo más hondo».

Aún adolescente, con diecisiete años, escoltado por su padre, se presentó en la redacción de «El Norte de Castilla», que entonces dirigía Miguel Delibes. Poco después, en otro de esos rasgos del periodista al que el aguijón de la noticia le pica y le impide estarse quieto, sin ni siquiera avisar a sus padres, coge un barco en Alicante y en unas horas se planta en Argelia, desolada por la guerra. Luego, y siempre con la mochila del periodismo a cuestas, cargado de bolígrafo y bloc, de grabadora y buen olfato, con los ojos terriblemente abiertos, cubre las guerras que en esos años hacen jirones este valle de lágrimas: Vietnam, el Líbano, Bangladesh, Camboya. Tiempos de periodismo a la carrera, de periodismo de trinchera en trinchera, esquivando pepinazos y consciente, como él ha dicho, de que «ser testigo de la historia y comunicar lo que pasa en tu tiempo compensa todas las dificultades, es algo inmenso».

La risa de Manu

Reporteros de otro tiempo por cuyos ojos vimos el mundo, porque con gente como Manu, «nuestro periodismo dejó de ser paleto», así lo cuenta su amigo y también viajero impenitente Javier Reverte. Periodismo de colosos acostumbrados a codearse con las personas de carne y hueso, «esa gente anónima que muchas veces explica mejor lo que pasa», viejos y quizá mejores tiempos («sí, claro que me vienen a la memoria») y su risa, la risa de Manu, te hace cosquillas a través de las redes inalámbricas.

Crónicas cuyas palabras estallaban de actualidad y de exactitud, cuando la muletilla de Google no estaba a mano. «No sé -explica Leguineche-, pero me parece que todo esto de internet es un terreno demasiado fácil, que muchos creen que basta con tocar una tecla, y eso ha enfriado mucho la profesión».

Entre ida y venida, entre revoluciones y asonadas (el derrocamiento del Sha, la caída de Somoza en Nicaragua); entre reportajes y entrevistas (Indira Gandhi, Perón) y momentos que el reportero nunca quisiera haber vivido (el asesinato de Monseñor Ellacuría en El Salvador); premios (Nacional de Periodismo, Cirilo Rodríguez, Julio Camba, Ortega y Gasset, la Medalla de la Orden al Mérito Constitucional); libros («Los topos», coescrito con Jesús Torbado; «La tribu», «La felicidad de la tierra»...), Leguineche no le hizo ascos a dejar la primera línea, el cuerpo a cuerpo de la crónica indómita, y sentarse en el despacho para crear agencias de noticias como Colpisa y Fax Press. También pasó por televisión, aunque, poco amigo de publicidades y poltronas, rechazó la dirección de informativos que le ofreció Pilar Miró.

Órdago periodístico

Jugador de mus, amigo de órdagos a la grande periodísticos, socio, según él, del Club de los Faltos de Cariño (noticia rotundamente desmentida por su camarada Reverte: «Es una broma, a él nunca le ha faltado cariño»), y padrino,padre y padrazo de la tribu casi salvaje de los bragados, bragadísimos corresponsales de guerra, la de las tres «d» como al propio Manu le gusta decir: «Dipsómanos, divorciados, deprimidos», Leguineche, al otro lado del móvil, eleva su voz hasta un punto y aparte, echa un vistazo del que ya lo ha visto casi todo y suelta la exclusiva: «Qué quiere que le diga, comparado con el nuestro, al periodismo de hoy probablemente le falta ilusión, hace falta creer en este oficio firmemente».

Como él ha creído y cree. Sin olvidar las viejas reglas del oficio: «El periodista es gente que le cuenta a la gente lo que le pasa a la gente». Como tú, Manu. Como tú, maestro.