Imagen de las cartas que saldrán a subasta
Imagen de las cartas que saldrán a subasta - ABC

Ortega y Maeztu: su correspondencia inédita desvela una estrecha amistad

Durán subasta el día 21 en Madrid trece cartas del filósofo madrileño al escritor vasco, que pertenecieron al librero Pepe Berchi. Su precio de salida: 25.000 euros

Lara S. Berchi
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Probablemente no pase en España un día sin mención a José Ortega y Gasset (1883-1955) «hasta para hablar del Real Madrid», según señaló recientemente Fernando R. Lafuente, exdirector de ABC Cultural y miembro de la fundación con el nombre del pensador. El propio Ortega, «el máximo de los filósofos españoles» –así definió Julián Marías a su maestro– o el más español de los filósofos, se vaticina con un «En fin, no acabaría» en la última de sus confesiones inéditas a otro erudito de su tiempo, Ramiro de Maeztu (1834-1936), cerrando así la relación epistolar de trece cartas que, sin duda, nutrirá de nuevas citas la leyenda orteguiana. Será a partir del próximo jueves, 21 de junio, fecha en la que salen a subasta, por veinticinco mil euros iniciales, en la Sala Durán de Madrid.

El vínculo entre ambos intelectuales del siglo XX español no solo está poco documentado, sino que hoy sorprende por la desigual deriva ideológica de cada uno. De ahí la significación de estos escritos de Ortega, desde Madrid y Marburgo (Alemania) a Londres, de 1909 hasta 1911, mostrando la profusa admiración del filósofo de la generación del 14 al de la previa del 98, al menos, en sus orígenes.

«Hermano Ramiro»

José Ortega y Gasset
José Ortega y Gasset - ABC

En las cartas, Ortega se deshace en elogios: lo llama «Gran» o «Hermano Ramiro» y asegura que «le quiere mucho». Las primeras misivas hablan también de su primera impresión de la hermana de Ramiro, la célebre pedagoga María, a la que ya integra en la relación como «otra abeja poderosa para esta construcción de Dios en Celtiberia que intentamos».

El epistolario vierte toda luz sobre ese comienzo afectuoso y plasma coincidencias e intenciones, no solo europeístas o en relación al oficio periodístico, sino a través de la intimidad con la que Ortega expresa calificativos o alusiones, tanto a políticos de la época (Maura, Lerroux, Cambó, Costa, Canalejas…), como a la Iglesia católica y a coetáneos o enemigos (Unamuno, Azorín, Menéndez Pidal, Américo Castro, Ramón y Cajal, etc…).

Pero, sobre todo, la correspondencia retrata a un Ortega apasionado: «El entusiasmo es un Dios que se alimenta de leña», cuenta a Maeztu para contagiarle de un «fuego» precursor que renueve la nación. «España asciende», reza una de sus posdatas, en folios con un elegante membrete rojo. «Desde que empecé a pensar en nuestra desventura, vi claro que la cuestión radicaba en construir una minoría», sugiere, no sin desarrollar esta idea con un contundente análisis de la moral y la ley a través de Sócrates y Platón.

Ese ánimo modernizador, cultural y político, que espera iniciar con Maeztu, es razonado y constante a lo largo del epistolario. «El problema de España es que se hagan las cosas, no las cosas que se hagan», escribe, entre otras muchas vibrantes opiniones (algunas en torno a Cataluña), que prueban la vigencia de su pensamiento, además de cimentar el preámbulo a sus obras «Meditaciones del Quijote» (1914), «La España invertebrada» (1921) o «La Rebelión de las masas» (1931).

«Asco infinito»

Ramiro de Maeztu
Ramiro de Maeztu - ABC

Transcurre el tiempo y Ortega también responde con empatía a una «crisis» de su interlocutor: «Todas las personas dotadas de alguna delicadeza han experimentado alguna impresión de asco infinito». En las cartas, el escritor se extiende al tratar el asunto, incluso intenta explicar lo que le ocurre a Maeztu dentro del propio desastre español, desde el 98 hasta aquellos días.

A pesar de todo, el remitente continúa buscando consejos y la acción de Maeztu. Le habla de la inteligencia, de Kant y recurre otra vez a Platón. Le envía recados a través de Grandmontagne para que «le haga caso» o rebate más de una descalificación, incluso pública, de Ramiro hacia su persona. Tales palabras avanzan la desilusión de Ortega y la final ruptura entre ambos.

El custodio o difusión íntegra de las trece cartas pasará a nuevas manos a partir de su subasta y después de más de tres décadas atesoradas por el conocido y «aún llorado», en palabras del poeta Luis Alberto de Cuenca, José Antonio Fernández Berchi, librero de viejo que fallece en 2010.

Pepe Berchi, a la par que su admirado Ortega (ambos se criaron en la madrileña calle de Alfonso XII), por liberal, jovial y elegante, además de persistente fumador, fue el precursor de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión en el Paseo de Recoletos, así como presidente de la Asociación de Libreros de Lance hasta la década de los 90.

«Su amor por los libros», según recuerda Luis Antonio de Villena, así como su exquisita memoria bibliográfica, fueron las razones por las que atrajo a clientes tan notorios como José María de Cossío, Buero Vallejo, Ian Gibson, Francisco Umbral, Julio Caro Baroja, Francisco Ayala, Juan Manuel Bonet, Federico Trillo o Enrique Múgica. Con Ortega también coincidía en el altruismo intelectual, instigando al intercambio de conocimientos e ideas, mediante la tertulia en un café, en el caso del director de la «Revista de Occidente», como entre los habituales de su Caseta 26 de la Cuesta de Moyano.

Su tesoro más preciado

El librero llegó a valorar bibliotecas como la de Gabriel Celaya, pero también compró numerosas otras durante una vida de oficio, ejercido de muy temprano, al heredarlo de su padre, quien fue asesinado tras la Guerra Civil. De una de aquellas adquisiciones en un domicilio privado surge lo que tantas veces confesó era su más preciado documento bibliográfico: las emotivas cartas de Ortega a quien se suponía era un contrario ideológico, Ramiro de Maeztu.

Debido al deterioro cognitivo y físico de Berchi en los últimos años de su vida, el legado epistolar siempre se pensó perdido. Hasta hace tres años, cuando la firmante de este artículo y orgullosa nieta encontró un pequeño estuche de plástico, al fondo de un armario del domicilio familiar, con la descripción, estampada con Dymo, «Cartas de Ortega y Gasset» en su portada. Solo unas semanas antes unos ladrones habían saqueado la casa. Entonces pareció como si el propio y eterno Ortega hablara: allí estaban sus cartas, efectivamente, a salvo y a pesar de las circunstancias.