Neo, escogiendo la verdad - ABC | Vídeo: EP

Las grandes preguntas de «Matrix», veinte años después

Dos décadas después de su estreno, la mítica película de las hermanas Wachowski vuelve a la cartelera. ABC consulta a una decena de intelectuales sobre la vigencia y los augurios de esta distopía que, quizás, no esté tan lejos del presente

MadridActualizado:

Hay películas que traspasan la barrera de lo cinematográfico y se convierten en una referencia. Acudimos a ellas para explicar la realidad, para desgranarla, para rascar alguna verdad o intuición a la luz de sus metáforas. Es el caso de «Matrix», que veinte años después de su estreno vuelve a la cartelera española sin haber perdido lustre. Sigue ahí, tan seductora, a pesar de los hitos de la revolución tecnológica. Han sido veinte años en los que los sueños eléctricos del siglo pasado se han colado en nuestras vidas, al menos en parte. Hoy el mundo es más digital que nunca, las redes pescan seguidores, la vida se cuenta en «stories» de Instagram y la privacidad es una nueva utopía perseguida por el Big Data y los algoritmos. Ninguno de esos cambios le quita vigencia a «Matrix», que continúa rimando con el presente, quizás porque su acción transcurría en un tiempo tan lejano que era, a la vez, todos los tiempos. Por eso nos permite interrogar sus planteamientos una y otra vez.

¿Estamos ahora más cerca de Matrix, de esa gran ilusión informática que nos aleja de la realidad? ¿Corremos el peligro de ser víctimas de la rebelión de las máquinas? Y, sobre todo, porque esta duda es eterna, ¿es mejor vivir en la incómoda verdad que en la feliz ignorancia? ABC ha trasladado estas cuestiones a una decena de artistas e intelectuales para saber si, dos décadas más tarde, los augurios de las Wachowski eran algo más que pura ficción.

¿Estamos hoy más cerca de Matrix?

Empezamos, claro, por la veta más evidente. En «Matrix» se proponía que la mayor parte de la humanidad vivía instalada en un programa informático –que da nombre a la cinta– ajena a la realidad de un planeta dominado por las máquinas y destrozado por el cambio climático. «Estamos, más que en el desierto de lo real, en el pantano de lo virtual, aunque probablemente solo sea una diferencia de humedades. La “sociedad red” en la que nos entretenemos tiene mucho que ver con Matrix. Parece como si estuviéramos en la “neo-caverna” post-platónica y no hubiera ninguna necesidad de librarse de los simulacros», sostiene el crítico de arte Fernando Castro Flórez. «Esto no tiene que ser negativo por necesidad. Muchas obras de arte nacen de la convicción de que la realidad sola no basta o de que es demasiado hostil para soportarla sin ficciones. El problema surge cuando la fuga de la realidad provoca que, al volver a este lado de las cosas, se fracase en el trato con lo tangible», afirma, por su parte, el escritor Ricardo Menéndez Salmón.

En ese sentido, la novelista Rosa Montero señala que falta poco para que «empecemos a ir con gafas por la calle que puedan añadirnos realidad virtual». Será entonces, apunta, cuando podamos «colgarnos» del todo y «perder el contacto con el mundo real». Sin embargo, no todos creen que esto sea así. Otro novelista, Agustín Fernández Mallo, rechaza esa dicotomía entre lo real y lo digital. «Las redes sociales no son una vida artificial, o por lo menos no más artificial que eso que se llama “vida real”. Todo lo que nos afecta es real. El mundo digital es tan real como el mundo analógico», asevera. Incluso hay quienes piensan que el horizonte que dibuja «Matrix» no es una distopía, sino algo deseable, lleno de esperanza. «No vivimos en Matrix ni nos hemos acercado a la distopía. Yo creo que estamos más cerca de la utopía. Sí que se habla ya, con fechas realistas, de la posibilidad de descargar el cerebro en la nube o de ampliar el cerebro con extensiones informáticas. Y eso va a ser una verdadera revolución», subraya Luisgé Martín, que ha dedicado su último libro, «Un mundo feliz» (Anagrama), a defender por qué una «vida falsa» pero confortable, como la de Matrix, es mejor que una verdad dolorosa.

¿Pueden rebelarse las máquinas?

Pero volvamos al catastrofismo. Hay mucho de eso la cinta. De hecho, esta se sustenta sobre la premisa de que las máquinas, dotadas de una inteligentísima inteligencia artificial (IA), se han rebelado contra el hombre y lo han esclavizado. Aunque estamos lejos de que los robots adquieran la capacidad de doblegarnos, las posibilidades de la IA son objeto de debate constante. «En el futuro suscitará problemas éticos, sociales, jurídicos, laborales, empresariales de primerísimo orden, pero si la supuesta rebelión de las masas fue una falsa alarma, la rebelión de las máquinas lo será aún más», asegura el filósofo Javier Gomá. Algo parecido cree el poeta y ensayista Vicente Luis Mora, que, no obstante, tiene un temor justificado: «En el momento actual la rebelión maquinal es pura fábula, con una salvedad, y es que alguien construya máquinas programadas para rebelarse. No me dan miedo las máquinas de inteligencia artificial, lo que me aterran son sus programadores, porque son humanos».

Para Fernández Mallo, que cambia el punto de vista, no hay nada nuevo en el miedo a las máquinas, que forma parte de nuestro ADN. «El tema de nuestra supuesta dominación a manos de las máquinas es tan antiguo como el ser humano. No hay pueblo ni época que no haya ficcionado con su propia destrucción, y eso tiene que ver con el miedo al futuro que como humanos nos es propio», sentencia. También hay algo que nos es propio: echar balones fuera. «El principal peligro de la humanidad no radica hoy en los artefactos que estamos creando. Ninguna inteligencia está destruyendo la Tierra. Lo está haciendo, consciente y reiteradamente, nuestra especie», recuerda Menéndez Salmón.

Es el uso, al cabo, lo que determinará los efectos de esta tecnología. Aunque en las previsiones no todos coinciden. «Lo que ahora estamos conociendo es el uso de la máquina para controlarnos más que para liberarnos. Es especialmente espeluznante aplicado al trabajo: los repartidores de Amazon sometidos a una “app” que impone un modo de trabajo esclavo», señala la escritora Elvira Navarro. La nota optimista la pone, otra vez, Luisgé Martín: «La inteligencia artificial lo que va a hacer es impactar nuestra vida con mejoras indiscutibles, desde la medicina hasta la movilidad en las ciudades. De modo que de momento las máquinas son nuestras amigas».

¿Pastilla roja o pastilla azul?

Más allá de sus augurios tecnológicos, «Matrix» se hizo célebre, también, por actualizar el mito de la caverna de Platón. En su escena más icónica, reproducida hasta la saciedad por profesores de filosofía, Neo, el protagonista, se encuentra ante la gran encrucijada humana: escoger entre descubrir la dolorosa verdad (tomando la «maldita pastilla roja») o continuar viviendo en la mentira, sin duda mucho más cómoda, que le ofrece la pastilla azul. La elección, que en la película dura unos segundos, dista de ser simple. «Entre enfrentarse al horror de la realidad sierva o no saber nada de nada, la elección no es precisamente fácil», dice el catedrático de Filosofía Gabriel Albiac, que no se decide.

¿Por qué no es tan sencillo? Tal vez porque la verdad y la felicidad no son sinónimos, ni mucho menos, como asegura Luisgé Martín: «El ser humano no necesita la verdad, sino la felicidad. La intensidad que a veces nos da una novela, una película, una obra de arte o una realidad virtual inventada, en las que creemos a ciegas, es muchísimo más valiosa, o al menos tan valiosa, como la verdad con mayúsculas. Yo soy de los que habrían elegido la pastilla azul».

Al otro lado se sitúa el cineasta Rodrigo Cortés. «Es una opción personal, claro, es mejor lo que te parezca mejor, eres libre de optar por el sueño, si eso es lo que prefieres. En la verdadera realidad de “Matrix”, la ropa está hecha jirones, todo está sucio, comen lo que comería Oliver Twist... El despertar es, se diría, un camino de renuncia, necesariamente doloroso, pero verdadero y, por tanto, preferible, si estás dispuesto a aceptar la responsabilidad de tenerte a ti mismo».

Se sale de la ecuación Fernández Mallo, que propone la mezcla como solución: «Esa dicotomía de la pastilla roja o azul es falaz, no es real. Lo que realmente ocurre en nuestra cotidianidad es que todos elegimos las dos pastillas, ingerimos las dos pastillas al mismo tiempo porque la vida es compleja». Algo parecido recomienda Fernando Castro Flórez: «Se trata de una cuestión que habría que abordar “en sentido extramoral”, conscientes de que la verdad es la necrópolis de la intuición».

Por desgracia, estamos hablando de un dilema ficticio: lo que suele ocurrir es que, más que pastillas, lo que nos ofrece la vida, con nocturnidad y alevosía, son cócteles mezclados y agitados. «Tal vez el asunto aquí estribe en si somos libres para elegir. Creo que, mientras estemos en este mundo, las ficciones son inevitables, y que la pastilla del despertar remite a una toma de conciencia que sirve, si acaso, para no creer que nuestra manera de ver las cosas es la verdadera», zanja Elvira Navarro.