EL PULSO DEL PLANETA

Fernando Beltrán, el inventor de palabras que usas, como Faunia, Opencor, Rastreator o Amena

Madrid Gráfica rinde homenaje a treinta años de éxito de un nombrador en La Casa del Lector

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¿Cómo se inventa una palabra? «Con el paso de los años he llegado a comprobar que el nombre está siempre aguardando dentro de lo que hay que nombrar». Quien lo cuenta es un poeta venido a más palabras, Fernando Beltrán (Oviedo, 1956), alguien que iba poniendo nombre a los proyectos de otras personas, sin saber cómo llamar a lo que hacía. Ha dado su palabra a muchos éxitos recientes, desde «Rastreatror» a «Opencor», pasando por zoológicos como «Faunia», vinos como «Nebla» o servicios de la sociedad digital como «Amena» y «Emoción».

Pero el poeta no sabía lo que hacía hasta que alguien se lo dijo. «Fue mi hija, en el colegio, rellenando un formulario». ¿Trabajo del padre? Poeta nombrador. «Me lo enseñó la profesora y nada más verlo -pone cara de ¡eureka! y choca el dorso de una mano contra la palma de la otra-: ¡Ahí estaba!». Ahora, la asociación de diseñadores madrileños, que son los que han trabajado con sus palabras para dar forma a muchas marcas, le ha dedicado una exposición en la Casa del Lector, en Matadero. Han elegido 50 de esas ideas que nacieron gracias a Fernando Beltrán y las han puesto juntas como un pequeño bosque.

«No soy un diosecillo, yo soy una partera», nos cuenta Beltrán sobre su concepto del oficio de nombrador, y lo dice al pie de «Pincho en mente», nombre que le pidió un amigo barman para un aperitivo que tenía «en mente» y quería vender a lo grande. «Estaba ahí, lo había dicho él». Ahora es el que más le piden… Como comadrona actúa de ese modo, ayuda a que nazcan, aunque no siempre es tan fácil. «Después de las reuniones para el encargo yo desaparezco un mes y pico, a veces les extraña, pero lo necesito. Me tengo que empapar del tema, visitar el lugar, ver quién pasa por allí, escuchar, buscar información».

Se mira en una frase de Platón, que le encanta: «Todo objeto tiene un nombre natural. Hay que descubrirlo». Pero entre sus frases de cabecera están también el Juan Ramón de «intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas», o el Nicanor Parra de «el poeta no cumple con su palabra si no cambia los nombres de las cosas». Descubridor, por tanto, se siente Fernando Beltrán, que un día resbaló en un puente de Valladolid junto al hotel que debía nombrar y vio al revés el rótulo del río Pisuerga, y así nació «Gareus», de una caída camino de su Damasco.

El dios de las palabras es caprichoso, a veces obliga al nombrador a acuñar nombres y ofrecerlos de la manera graciosa, como ocurrió con el título de uno de sus primeros poemas: «Lloviedo», que hoy es hashtag de redes y casi un himno para los ovetenses que coinciden en juntar la lluvia con el yo y una ciudad que «crece cuando llueve». Así nació también «Twitubear», esa duda que vemos en el móvil cuando el otro escribe pero no acaba de enviar... O también el nombre que ha acuñado para el primer rayo de una tormenta: «lámpago», detrás del cual solo se suceden réplicas o re-lámpagos.

Gracias al bosque de palabras que ha plantado nació «El nombre de las cosas» hace treinta años, como una forja artesanal de voces, hoy profesionalizada. A su estudio llegan peticiones no solo de corporaciones y grandes empresas. A su lumbre de palabras se acercan amigos, pequeños comercios, editoriales o incluso agencias literarias («Dos Passos» o «Musa a las 9»).

Porque su materia de base no es solo un ingenio envidiable: «Si voy a nombrar una empresa de tornillos tengo que estudiar la historia del tornillo. Aprendo mucho». Así ocurrió con «La Gavia», centro comercial de Vallecas, que nació de un topónimo olvidado en el desarrollismo que Beltrán rescató de un mapa antiguo. Su labor también precisa a veces un contraste con estudios de mercado y otros ribetes jurídicos para inventar la palabra perfecta. «Muchos nombres ya están registrados, por eso hay que preguntarle a la palabra misma». Así exprimió en Colombia «Naranyá» para un zumo instantáneo que, por cierto, se ha transfrutado a la «Maracuyá» y a otros productos.

El nombrador explica así su éxito: «Una imagen vale más que mil palabras, pero una imagen nunca valdrá más que una sola palabra». Así que los juegos de palabras pueden llegar a ser algo muy serio. Eso es algo que ya sabíamos muchos lectores, sobre todo desde «El nombre de la rosa», o desde antes, cuando Gabriel García Márquez nos paseaba por su territorio recóndito y decía aquello de que «el mundo era tan reciente que las cosas no tenían nombre y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo».