Antonio Goicoechea en una imagen de archivo
Antonio Goicoechea en una imagen de archivo
historia

Goicoechea y el monarquismo integral

Injustamente postergado, deseaba armar a la derecha con un ideario diferenciado

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A comienzos de 1933, el acuerdo establecido entre diversos sectores de la derecha española para agruparse en defensa de unos valores esenciales, llegó a su final. El elemento que determinó la crisis interna de Acción Popularfue la imposibilidad de seguir manteniendo la unidad de los monárquicos alfonsinos y de los defensores de la indiferencia ante las formas de gobierno.

La ruptura venía a sumarse a la que ya había padecido el tradicionalismo carlista en años anteriores, cuando el catolicismo social de hombres como Salvador Minguijón o Luis Lucia creyó que los valores políticos del humanismo cristiano podían defenderse bajo cualquier tipo de Estado.

La crisis de Acción Popular se aceleró con el fallido golpe de Estado del general Sanjurjo en agosto de 1932. Si la campaña revisionista contra los preceptos anticlericales de la Constitución permitió la primera movilización de las fuerzas conservadoras desarboladas a la caída de la Monarquía, la ola de detenciones y clausura de periódicos desatada tras la «sanjurjada» llevó a la definitiva radicalización de quienes consideraron que la derecha española debía considerarse, esencialmente, ajena a una República. A partir de aquel invierno de 1932-1933, la derecha se escindió en cuatro espacios que la debilitaron de un modo irreparable, porque la competencia entre ellos fue casi siempre superior a su afán de colaboración.

Idea de España

No es extraño que así sucediera. Para los republicanos radicales, para los populistas católicos de la CEDA, para los tradicionalistas y para los alfonsinos de Renovación Española, sus principios de partido se confundían honestamente con la idea misma de España. A ninguno de esos grupos le pareció que la nación podía constituirse y defenderse al margen de lo que cada uno de ellos recogía en su propio programa.

La república moderada de las clases medias, para Lerroux y sus compañeros; la agrupación de los católicos en torno a los valores de orden, familia, trabajo y propiedad de los seguidores de Gil Robles; la terca reivindicación de los ideales forales y cristianos de un carlismo que pugnaba por actualizarse, y, ahora, la propuesta de una monarquía que se desvinculara de los «excesos» liberales de la Constitución de 1876 y enlazara con el nacionalismo integral y el neotradicionalismo, en los simpatizantes de Antonio Goicoechea.

Prestigioso jurista, joven seguidor de Antonio Maura, teórico de la superación de la democracia liberal, orador de singular potencia retórica y erudición, Antonio Goicoechea es uno de esos personajes injustamente postergados en los olvidadizos pliegues de la historia española. Es uno de los lujos y de los vicios culturales que nos solemos permitir, y que nos dejan con ese aspecto de recién llegados a todas partes, con la mezcla de ingenuidad y de insolencia que atribuimos a las personas sin ninguna educación.

Haber olvidado la aportación de Antonio Goicoechea a la política española de la primera mitad del siglo XX ha empobrecido nuestra visión de un pasado común mejor definido que ese futuro disolvente y mitificado en el que algunos columpian los despropósitos separatistas. Es, además, un personaje cuya preocupación por la cultura y por la necesidad de armar a la derecha con un ideario diferenciado, podría aportar ciertas advertencias graves en los ambientes tan propensos a considerar los principios como una penosa carga que nos inmoviliza, y no como una valiosa herencia que nos permite avanzar.

Ideario

«Sorprende la energía con la que defendía sus valores, único modo de enfrentarse a la fuerza de los contrarios»

Goicoechea defendió su ideario en una carta publicada, en enero de 1933, en el ABC. Al afirmar la urgencia de «una nacionalización de nuestras instituciones y de nuestro gobierno, con la mirada puesta en la tradición», Goicoechea apuntaba los cuatro aspectos sobre los que debía desarrollarse Renovación Española.

El primero de ellos era la declaración de un catolicismo militante, exento de clericalismo, pero obligado a mantener en el espacio público los valores que se identificaban con los de la propia nación. El segundo era considerar la monarquía como factor de continuidad esencial en la forma de gobierno de España. Una monarquía que había de garantizar la representación del pueblo a través de los cauces que mejor se ajustaran a la tradición, y que respondiera a la conciencia de una crisis del liberalismo que en toda Europa se hacía evidente. El tercero era la primacía de la ley, la necesidad de un Estado de derecho a definir al margen del absolutismo y de la visión rousseauniana de la soberanía popular. En el cuarto de los caracteres de una política de derechas, Goicoechea se definía como un «demócrata en lo social», crítico con las escandalosas injusticias de la marginación y el privilegio.

Las propuestas de Renovación Española carecieron de fortuna política y electoral en los tres años que faltaban para el estallido de la Guerra Civil. Eran afirmaciones duras, firmes, intransigentes. No trataban de ocultar discrepancias radicales con lo que proponían los gestores del nuevo régimen o con quienes propugnaban una colaboración que implicaba la moderación de los principios.

Pero es que Goicoechea no solo exponía su pensamiento personal, sino que deseaba convocar a la derecha española en torno a una ideología precisa. Más allá del acuerdo o desacuerdo con los principios esgrimidos se encuentra la sorprendente energía con la que se decidió defender unos valores, único modo de enfrentarse a la similar fuerza con que se exaltaban los contrarios. Goicoechea representaba, lo mismo que sus adversarios de la CEDA, del lerrouxismo o del carlismo, a una derecha con densidad intelectual.

Una derecha para la que los programas de gobierno eran insuficientes, si no iban precedidos y acompañados de toda una concepción de la sociedad, del Estado, de la ciudadanía y, especialmente, de la persona. Para aquellos hombres, el consenso y la tolerancia hacían posible la convivencia política. Pero ni el acuerdo ni el respeto eran verdaderas maneras de convivir en paz sin la previa y exigente afirmación de los propios ideales. Quizá esa sea la diferencia fundamental con nuestro tiempo.