Una visitante observa la imagen del marqués de Sade en el Museo de Orsay
Una visitante observa la imagen del marqués de Sade en el Museo de Orsay - AFP

Polémica conmemoración en París del bicentenario del Marqués de Sade, de criminal a libertario

El Museo de Orsay acoge la exposición «Sade. Atacar al sol», en la que se rastrea su influencia en el arte moderno y se le considera el precursor de Picasso

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Conmemoración muy polémica del bicentenario de la muerte de Donatien Alphonse François de Sade (París, 2 de junio de 1740-Charenton-Saint-Maurice, Val-de-Marne, 2 de diciembre de 1814), entre el «libertinaje» y la delincuencia sexual, precursora de los crímenes totalitarios.

Con una ligereza asombrosa, el Museo de Orsay presenta una exposición destinada al gran público, «Sade. Atacar el sol», comisariada por una vieja beata del culto sadiano, Annie Le Brun, que lleva sus legendarias arbitrariedades «religiosas» hasta el extremo de presentar al «divino Marqués» como un «precursor» de Picasso que habría «influido» en grandes maestros del arte contemporáneo, tan dispares como Goya, Géricault, Ingres, Degas, Rodin, Man Ray, Fragonard, Francis Bacon, entre un largo etcétera.

Sade no fue solamente un delincuente sexual

En el otro extremo, el filósofo y ensayista Michel Onfray publica un ensayo implacable contra el filisteísmo ignorante de las modas parisinas, transmitiendo sin leer ni verificar los más catastróficos eufemismos, transformando en «libertario» a un torturador criminal, hablando de «liberación del cuerpo y el erotismo» para ocultar el comportamiento de un asesino capaz de profanar a sus víctimas, glorificando el carácter «revolucionario» de un personaje capaz de secuestrar a hombres, mujeres y niños para torturarlos en un castillo medieval con el fin de «gozar» con tales crímenes.

Annie Le Brun ha escogido un centenar largo de grandes obras, esencialmente francesas, con el fin de «glorificar» la influencia sencillamente invisible del Marqués de Sade entre los más grandes maestros del arte y la literatura de finales del siglo XIX y todo el siglo XX.

Difícilmente defendible

Así, obras de carácter directa o indirectamente erótico o carnal de Cézanne, Degas, Picasso o Man Ray son presentadas como sujetas a la «influencia precursora» de Sade. Annie Le Brun no presenta ninguna prueba que permita creer su profesión de fe, cuando habla del «paralelismo» e «influencia» de Sade en «Las señoritas de Avignon» de Picasso, por ejemplo. Modestas escenas prostibularias de Degas son avanzadas, igualmente, con el mismo fin: intentar «probar» lo difícilmente defendible, desde un punto de vista intelectual... La comisaria se guarda muy mucho de presentar las versiones gráficas o ilustraciones de los grandes libros de Sade, «Justine» o «Las 120 jornadas de Sodoma y Gomorra», bien conocidas y al alcance de «todos los público». Esas ilustraciones pondrían de manifiesto exactamente lo contrario.

Cézanne, Degas, Picasso, tratan el cuerpo humano, en general, y el cuerpo femenino, en particular, con un respeto sacro. El erotismo más escandaloso (en el caso de Picasso) está siempre al servicio de la glorificación respetuosa del cuerpo del «otro» o la «otra».

Sade, por el contrario, se sirve del cuerpo humano para glorificar el crimen, el asesinato, la tortura. Que no tienen nada de «liberación». El crimen, el asesinato y la tortura están perpetrados por «libertinos» que compran, raptan, secuestran y profanan el cuerpo humano con el fin expreso de «gozar». Todos los crímenes están permitidos, con el fin de «eyacular libremente». La «liberación» de los «libertinos» sadianos pasa por el secuestro y la tortura de las víctimas, mera carne de cañón inmolada en la prisión donde el delincuente sexual es un precursor de los totalitarismos del siglo XX.

Trágica deriva intelectual

Annie Le Brun y sus colegas del Museo de Orsay se guardan muy mucho de evocar esatrágica deriva intelectual.

Quizá fue el cineasta Pier Paolo Pasolini el primero en revisar la parisina «subida a los cielos» de Sade, con su película «Saló o los 120 días de Sodoma», inspirada parcialmente en la célebre novela de Sade. Por vez primera, de manera muy gráfica, se recuerda el carácter totalitario (fascista y nazi, en esa película) de las prácticas glorificadas por Sade: secuestro de inocentes utilizados como víctimas de torturas sexuales.

El beaterío parisino / sadiano no apreció ni aprecia la pavorosa versión cinematográfica de una novela de Sade. Michel Onfray va mucho más lejos. En su nuevo ensayo, «La pasión de la maldad», el ensayista reconstruye con mucha precisión pedagógica la genealogía contemporánea de los sucesivos «descubrimientos» de Sade, tras la legendaria apología de Apollinaire.

Eróticos y transgresores

No sin cierta alegría liberadora, Onfray subraya que André Breton, Georges Bataille, Jacques Lacan, Roland Barthes y Philippe Sollers, entre un largo etcétera, siguieron el camino abierto por Apollinarie, sin haber leído, en verdad, los textos «liberadores, eróticos y transgresores» de un delincuente sexual glorificado por «revolucionario y precursor».

«Se trata de un fenómeno de alucinación colectiva», comenta Onfray, agregando: «Alucinación patológica muy parisina, a lo largo de todo el siglo XX. Tras haber suscrito la vulgata marxista-leninista, el maoísmo, el freudo-lacanismo, el estructuralismo o la actual “teoría del género”, los intelectualoides parisinos se ponen de rodillas, todavía, ante la apología del crimen de un delincuente sexual».

Sin duda, Sade no fue solamente un delincuente sexual. Ni su obra, luciferina, puede reducirse a la mera ilustración de una patología criminal. Su poesía filosófica engarza con el materialismo de los ilustrados de mediados y finales del XIX. Algunos de sus relatos -no siempre libertinos- forman parte de una cierta novela «galante» y pedagógica, tediosa pero nada subversiva.

Quizá la polémica abierta con motivo del bicentenario permita aproximaciones menos ideológicas y apresuradas, para liberar a Sade de sus exégetas más beatos y poder comprender la «modernidad» de una cierta fascinación intelectual por el crimen totalitario.