En una imagen simbólica, la boda del X-Men NorthStar con su pareja congregó a una multicultural bancada de superhéroes
En una imagen simbólica, la boda del X-Men NorthStar con su pareja congregó a una multicultural bancada de superhéroes - panini

Los superhéroes cruzan la frontera

Las grandes editoriales conquistan minorías a golpe de superhéroe. Una revolución nada subterránea y tan antigua como el tebeo. Después de todo, se trata de vender cómics

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Fue el jefe de todo esto. Romántico capitán del tebeo e icono tintado de casaca Burberry, el gran Corto Maltés saludaría con una sonrisa la última irrupción de las minorías en el cómic de superhéroes. Marino cool, epígono de Sandokan y defensor a ultranza de los oprimidos, Corto se esfumó en la polvareda negra de la Guerra de España; y luego supimos que no, que envejecía mirando el mar –o el mar envejecía mirando a Corto– desde un retiro melanesio en las Islas Salomón, confines del Pacífico. La criatura del desaparecido Hugo Pratt era un desobediente, un símbolo de las diásporas y los no alineados de este mundo a la altura sentimental del francés Frantz Fanon; y estaría encantado de leer a un Spiderman de pasaporte latino o a un C apitán América afroamericano. Porque haberlos, Corto, haylos.

América no tuvo mitos. Como el western, el cómic de superhéroes se ha esforzado por cubrir una ausencia que atenaza desde siempre la cultura estadounidense. Un vacío mitológico que Whitman, Twain y, en otro registro, Zane Grey o Fenimore Cooper trataron de suplir y que retomarían los cow-boys tras la forja filmada (y plomada) de una épica de espuelas, justicieros de la frontera. El superhéroe hereda esa genética si bien –matiza Santiago García, coordinador de «Supercómic», la antología que Errata Naturae dedicó a la viñeta en abril del pasado año– desde una vertiente más popular que alimenta y recoge «la evolución de una sociedad en permanente cambio».

Buenos y malos

«Los cómics no nacieron como vehículo de ideas políticas, sino como un entretenimiento de masas», precisan por su parte Pablo Durá y David Abadía, flamantes fichajes de Marvel y guionistas de las aventuras de «El águila». «La idea de impartir justicia que impregnó el cómic de superhéroes era algo más sencillo -resumen-, que ganen los buenos y pierdan los malos».

Lo cierto es que cuando en un álbum de 2012 Superman renunciaba al pasaporte norteamericano, Estados Unidos empezó a constatar que algo pasaba con sus tebeos. Y era evidente. La última réplica de aquel seísmo, de aquel pasaporte, se tradujo en un editorial que el «Wall Street Journal» publicaba el pasado junio para cargar contra el «relativismo moral» de un cómic que, ante el estupor de algunos, hace tiempo que salvó la frontera. Ahora esa frontera encierra o libera la saludable ensaladera racial de una nación jovencísima que se mira a sí misma en el espejo que ofrece su ficción. También en forma de tebeo, por supuesto.

Y tiene sentido. Pionero en convivir con el prefijo súper y por mucho que aprendiese a decir hello en las praderas de Kansas, el hombre de acero era un espalda mojada en el sistema migratorio interestelar. Desde el planeta Krypton, y sin escalas, Superman aterrizó en los quioscos estadounidenses en el verano de 1938 como un paladín del New Deal o la reforma social de Roosevelt. «Era un héroe popular producto de la Gran Depresión que se enfrentaba a políticos y empresarios corruptos», concluye el dibujante y académico Pepo Pérez, coautor junto a García de la serie «El vecino» y una de las firmas que suman fuerzas en el volumen de Errata. Porque los superhéroes nunca han dejado de parecerse a la sociedad que los piensa –luego consume.

Por eso, el último Spider-Man se apellida Morales y T hor asume rasgos femeninos mientras Marvel, a imagen del Robin que asiste al septuagenario Batman, anuncia un Capitán América negro. Antes, en 2012 y tras el tsumani Obama, un miembro gay de los X-Men confirmaba compromiso con su pareja para actualizar así la figura del mutante como metáfora del inadaptado. «No reflejar esa diversidad sería evitarla», concluye García confirmando la «búsqueda de relevancia social» que, en palabras de Durá y Abadía, persiguen los gigantes del tebeo. «El cómic no empuja el progreso social, sino que lo refleja», redondean.

Y si el colonialismo tuvo su despedida irónica en los spots de Benetton o la regresión epidérmica de Michael Jackson, el cómic liquida las taras de un país que, desde siempre, despeja fantasmas en la viñeta. Kamala Khan, una superheroína nacida en Jersey y con raíces pakistaníes, no deja de ser eso: la digestión enfriada del 11-S. «El fenómeno no es nuevo», advierte García. «La diferencia es que hoy, frente a la carga traumática que arrastraban otros superhéroes minoritarios en los setenta, el Spider-man de Morales es un latino de Brooklyn absolutamente normalizado. Existe una clara voluntad por parte de las editoriales de vender diversidad». Para el crítico, el redoble nostálgico del «Wall Street Journal» sólo es una reacción previsible de un sector muy «minoritario» del cómic. Y algo más potente fuera de sus paginas. «En las últimas décadas –argumenta Pérez– se ha retomado aquella versión del superhéroe que cuestiona el orden establecido».

Una mirada que daba para mucho. Después de la humareda contracultural de los sesenta y el trago amargo de la década siguiente, los guionistas de las potentes Marvel y DC reescribían sus héroes desde el maltrecho espíritu de un país que encadenaba Marvel y DC reescribieron a sus héroes desde el maltrecho espíritu de un paísel naufragio de Vietnam con los micrófonos del Watergate. García cita al Capitán América, un ícono nacional del fuste de las comedias de Capra o la cintura de Jayne Mansfield que, en los álbumes de los setenta, renegaba de su Gobierno tras destapar una conspiración muy similar a la que hundió a Nixon. La idea, razona Pérez, pasaba por mostrar al supérheroe «fiel al ideal estadounidense, no a los políticos y autoridades de turno». «Era y es una América progresista», concuerdan Durá y Abadía.

Gente común

Del todopoderoso mito clásico al tipo corriente, pasando por el señor feudal, el comerciante, el mendigo y el chalado, el novelista británico Martin Amis describió una vez la humillación creciente del personaje literario a lo largo de la ficción universal. Las conclusiones encajan. Ya no hay superhéroes o, mejor, todos lo somos. «El cómic es un medio muy pegado a la realidad, puesto que el espacio de tiempo desde que se concibe la idea hasta que sale a la venta puede ser muy corto», concluyen Durá y Abadía para sugerir que hoy los mitos toman tierra, se confunden entre nosotros.

Y frente a supervillanos del trasunto mítico de la crisis, la intolerancia racial o la desigualdad, los titanes de nuestro tiempo se las arreglan para salvar el mundo después de recoger a los niños, antes de calentarse una pizza o cobrar el paro. Los héroes caminan hacia la prosa ciudadana de un oficinista asqueado y tan querible como Super López, hacia el romanticismo corsario y poco obediente que, al fin y al cabo, ya patentaron Stevenson, Salgari y, sobre todo, mejor que nadie, Hugo Pratt. Al otro lado –eso sí– de la frontera.