Jeremy Treglown durante la entrevista
Jeremy Treglown durante la entrevista - elisa fonta
entrevista a jeremy treglown

«Que la familia Franco siga viviendo en España, indemne, es un tributo a la democracia española»

El crítico británico Jeremy Treglown revisa en «La cripta de Franco» la minusvalorada producción cultural durante el régimen

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De nuevo, un autor inglés revuelve con su pluma la historia de España. De nuevo, una voz extranjera irrumpe en la conversación patria −una suma de monólogos, en realidad- sobre la memoria de la Guerra Civil y la dictadura. Pero, incluso para quienes apreciamos la mirada historiográfica anglosajona en nuestro pasado, hay en la «La Cripta de Franco», de Jeremy Treglown, elementos novedosos y refrescantes suficientes para impedir que caiga pasto del inevitable encasillamiento con el que el sueño de la razón en España devora a sus hijos. Para empezar, Treglown (nacido en 1946) es crítico literario y no historiador. Dirigió durante varios años el prestigioso «Times Literary Supplement», y es el autor de biografías sobre escritores como Roald Dahl o V. S. Pritchett.

Por eso, su libro sobre la producción cultural bajo el franquismo, que será editado en España por Ariel, es ante todo una invitación a la lectura, y a descubrir los matices que encierran unas fuentes que, según Treglown, estaban sepultadas bajo las líneas divisorias de la identidad y la política. «Muchos españoles han olvidado el material en su propia cultura que cuenta la historia que, según algunos, nunca ha sido contada», nos explica en una entrevista en su residencia en el sur de Londres. Se refiere al presunto «pacto del olvido» con el que algunos caracterizan la Transición española. Una tesis que rechaza, y que intenta refutar con un paseo personal por algunos de los escritores, artistas y cineastas que ejercieron su creatividad y su espíritu crítico durante el franquismo, y a pesar del franquismo.

«La mera existencia de censura no impide que emerja un arte de calidad»

Acepta con deportividad que en su recorrido hay ausencias, ya sea Juan Goytisolo en la literatura o Edgar Neville en el cine. «El libro refleja mi gusto personal y mis intereses, quizás debería aclararlo más», dice. No le guía ningún afán enciclopédico. Lo suyo es un intento de acto de desagravio generacional. «Muchos escritores, amigos y españoles de mi generación con los que he hablado me transmiten su indignación ante esa corriente de opinión que dice ahora que nadie había contado estas cosas, que nadie sabía acerca de aquello», explica. «Aquello» son los horrores fratricidas de la Guerra Civil y de la represión durante el franquismo. Treglown pasa largas temporadas en España, un país al que le unen fuertes vínculos personales y sentimentales. Un país en el que, según escribe, «te sientes igual que en otras partes de la Europa Occidental, aunque hay algo diferente».

Manipulación de la memoria

Para este profesor emérito de Literatura de la Universidad de Warwick, el «Spain is different» no reside en unos tópicos y prejuicios culturales que combate abiertamente. «Al tratar de identificar lo que hace a España especial, pronto me di cuenta de que en gran parte está relacionado con esa obsesión manipulada políticamente y amnésica culturalmente de la “memoria”», explica en su obra.

Treglown se sitúa entre quienes creen que «el concepto de memoria histórica es peligroso, porque siempre hay una distancia entre la percepción popular de la historia y lo que los historiadores realmente saben». En el caso de España, es crítico con la Ley de Memoria Histórica de 2007, «en la medida en que creo que la memoria no es algo que se pueda legislar». Aunque, con la característica templanza británica, reconoce a la controvertida ley aprobada por el anterior Gobierno socialista «una consecuencia beneficiosa, al generar una mayor atención hacia los documentos y hacia la importancia de conservar los archivos y hacerlos accesibles», reflexiona.

«Siempre hay una distancia entre la percepción popular y lo que saben los historiadores»

Esta obsesión política disfrazada de historia no la circunscribe a España tampoco. «Vivimos un periodo de creencia muy intensa en las políticas de la reparación», dice, a la vez que apunta a sus limitaciones. «La comisión de la verdad sudafricana es una idea bonita pero no ha logrado demostrar que haya ayudado a cambiar las cosas en Sudáfrica», defiende. «Otro factor es la ausencia de ideologías utópicas; la gente ya no puede mirar al futuro de forma optimista e idealista y, entonces, inician la tarea de mejorar el pasado, pero todos sabemos que es una tarea inútil». Para Treglown, esta obsesión por el pasado es a menudo una disculpa para no afrontar las dificultades del presente.

«Hay mucho sentimentalismo e infantilismo en nuestra época, y en épocas duras la gente debe estar preparada para reaccionar con dureza, lo que a menudo implica pragmatismo. Ese fue precisamente el gran logro del Rey, de Adolfo Suárez y de otros en la Transición», cree. Para Treglown, la idea «amnésica» del pacto del olvido «implica una enorme falta de respeto para la generación que luchó en años muy duros; el proceso de transición por el que salieron del franquismo es único en el mundo por su alcance y por su éxito, y eso hay que celebrarlo», defiende. «Más interesante que el maniqueísmo que caracteriza al debate político español es la reticencia de los españoles a reconocer sus propios logros, deberían hacerlo con orgullo, por encima de las líneas divisorias políticas», cree.

En blanco y negro

«En épocas duras hay que reaccionar con dureza, lo que a menudo implica pragmatismo. Ese fue el gran logro del Rey y Adolfo Suárez»

El actual clima de degradación cívica y de falta de proyecto común compartido en las Españas llevará a muchos a sentir exasperación ante un libro que arranca, previsiblemente, con la excavación de fosas comunes y el Valle de los Caídos. Pero su punto de partida es tan obvio como reseñable. «Aunque los académicos ya sabíamos que hubo producción y disidencia cultural bajo el franquismo, el público general, especialmente el anglosajón, tiende a ver ese periodo demasiado en blanco y negro», nos explica. «La mera existencia de censura no impide que emerja un arte o una escritura de calidad, y en el régimen franquista había gente mucho más tolerante con la libertad artística que Franco», afirma.

En su repaso personal, se detiene en la gestación del Museo de Arte Abstracto de Cuenca y en la creación de artistas universales como el vasco Eduardo Chillida o el catalán Antoni Tàpies. O en escritores como Camilo José Cela y Ramón J. Sender, distantes en sus ideologías, pero próximos en su brutal foco en el sufrimiento de los individuos, de uno y otro signo ideológico, que vivían bajo Franco. Un «depósito cultural», en palabras de Treglown, discriminado y menospreciado históricamente por su etiqueta de hecho bajo el franquismo. «Con la excepción de quienes partieron al exilio, los participantes en la Guerra Civil terminaron viviendo juntos. Eso es algo muy difícil de gestionar. El hecho de que la familia Franco haya seguido y siga viviendo en España, indemne, es un tributo extraordinario a la democracia española», reivindica.

A Treglown, la ironía y los matices del cine de Berlanga y de Buñuel, o de la literatura de Rafael Sánchez Ferlosio, de Carmen Laforet o de Wenceslao Fernández Flórez, le recuerdan a los escritores que escribían bajo el régimen soviético: «Mediante el uso de metáforas y de alegorías eran capaces de decir la verdad y de contar cosas complicadas». En el caso español, invita a redescubrir la memoria del pasado en la escala de grises de lo ya escrito. «Lo que se necesita para ello es una manera de mirar al pasado tan sutil como el psicoanálisis o la economía, capaces de abordar cuestiones complejas en los términos complejos que requieren».