El nacionalismo, una educación sentimental
Manifestación en la Plaza de Cataluña, celebrada el pasado 12 de octubre, Día de la Hispanidad, en Barcelona - ines baucells

El nacionalismo, una educación sentimental

La Generalitat convoca un encuentro académico -los días 12, 13 y 14 de diciembre- presidido por el rencor, centrado en la represión desde el siglo XVIII

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Habrá que ver si estamos ante el chupinazo de inauguración o ante la traca final de esos fuegos artificiales para los que el independentismo catalán lleva ya tiempo almacenando material inflamable. No existe proceso de toma de conciencia nacional que no se base en el conocimiento y aprecio de una tradición. No hay espacio de agitación nacionalista que no construya en el escenario de un sacrificio ritual de la historia. En la liturgia del nacionalismo, el pasado no consta como referencia intelectual. Sólo se invoca en una eucaristía laica en la que la comunidad de creyentes puede alimentarse con el cuerpo y la sangre de la sagrada forma de la patria. Cuestión de fe, ciertamente, pero que siempre tratará de presentarse como evidencia que sólo pueden negar aquellos desdichados que no acepten la verdad en el fondo de su corazón. Educación sentimental, pero que trata de atemperar sus recursos emocionales con las presuntas razones políticas de la democracia y con el farsante rigor académico de una reflexión sobre nuestro pasado.

Porque nuestro es, sin duda, ese pasado, cuando el simposio montado por organismos de la Generalitat se refiere a España y a Cataluña. Nos hemos acostumbrado ya -hasta el punto de que algunos tertulianos tropiezan en esa sutil trampa del lenguaje- a hablar de ambas como entidades distintas. Las batallas importantes siempre empiezan por perderse en el nada inocente ámbito de las palabras. Por eso se ha podido dar un paso al frente, hacia el abismo. Ya no se habla de España y de Cataluña. La nada inocua copulativa ha sido desplazada por la sombría preposición: España contra Cataluña. Naturalmente, el orden de los factores sí altera el producto. Es España la que está contra Cataluña y ésta no hace más que defenderse del modo que siempre han gustado los nacionalistas: huyendo.

Quizás hayamos llegado ya al país del Nunca Jamás, a la región en que Todo Vale o a esa realidad invertida que tentó a Alicia desde el lado imaginario del espejo. Sólo por haber respirado durante algunos años la atmósfera estupefaciente de la inmersión nacionalista, puede entenderse que un puñado de profesores universitarios de una sociedad madura haya caído en semejante mezcla de delirio identitario y de jactanciosas pretensiones de rigor intelectual. La elocuencia de los títulos de las comunicaciones del simposio es de tal calibre que ya ha despertado de su resignación a ciudadanos dispuestos a aguantarlo todo, menos el poder contagioso de la estupidez y la alarmante pérdida del sentido del ridículo.

Generaciones humilladas

El simposio se realiza para explicar la realidad de Cataluña en los últimos trescientos años a través de la represión ejercida por España ya no contra las aspiraciones de los grupos nacionalistas, sino contra todos los catalanes que han ido sucediéndose en generaciones humilladas desde 1714. Eso significa que los españoles solo podemos comprender a fondo nuestra historia aceptando esa misma tradición. En el mundo onírico que fabrica el independentismo, Cataluña es sólo un sueño que ha tenido España, pero España es una agotadora pesadilla que ha atormentado un largo viaje a través de la noche, urdido por la ficción nacionalista a expensas de la historia.

Quienes se traguen ese brebaje de hechiceros crepusculares habrán de lamentar, sin duda alguna, la frustración de un territorio en el que, de no haber sido por esa lamentable aberración llamada España, podía haberse producido un enérgico proceso industrializador, podía haberse levantado una Barcelona que fuera referencia para los europeos, podía haberse mantenido el uso habitual de una lengua viva, podía haberse asistido a la prodigiosa plasticidad de la poesía de Foix, a la perfecta fábrica de la prosa de Pla, al desafío al aire de la arquitectura modernista, a la perpleja exactitud de los cuadros de Dalí, a la minuciosa dulzura de la música de Casals, a la reflexiva elegancia de los ensayos de D’Ors. Podía haber ofrecido a la mirada sorprendida de la historia la corpulenta dignidad del sindicalismo de Peiró, el sensato patriotismo de quienes lucharon cuando hizo falta por la libertad de todos los españoles, la fuerza tranquila de quienes construyeron en Cataluña las bases indispensables de una nación constitucional. Pero nada de esto ha sido posible en un país sometido al desguace de sus recursos materiales, al desmantelamiento de su cultura y a la quiebra de sus derechos políticos por la avidez insaciable de un enemigo despiadado. Porque esa es la triste realidad que el simposio describe, esa es la verdadera sustancia de nuestra historia común. Lo demás, al parecer, todo aquello que creíamos saber de un pueblo, de un territorio, de una cultura, de una historia que tanto hemos admirado solo es un espejismo creado por nuestra sed, solo es un fantasma inventado por nuestro deseo. Sólo es un sueño que ha tenido España.