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El peligro de votar por la «cara»

Una investigación asegura que asociamos rasgos faciales específicos con la personalidad de un individuo, hasta el punto de que los candidatos políticos más agraciados son más propensos a ganar elecciones

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A lo largo de la historia y en diferentes culturas, se ha alimentado la creencia de que el rostro humano puede revelar algunos aspectos de la personalidad y las intenciones de los demás. La cara es el espejo del alma, solemos decir. Santiago Ramón y Cajal, que está semana está de plena actualidad, nuevamente volvía a adelantarse a su tiempo con una sentencia, aparentemente trivial, pero que ahora resulta ser muy certera: “La simpatía es muy frecuentemente un prejuicio sentimental basado en la idea de que la cara es el espejo del alma. Por desgracia, la cara es casi siempre una careta”, sostenía.

Y eso es exactamente lo que propone una investigación que se publica en el último número de Trends in Cognitive Sciences. Y advierte de las consecuencias que puede tener dejarse llevar por las apariencias, algo que hacemos a diario, incluso a la hora de tomar decisiones importantes. Increíble pero, cierto.

Aunque nos gustaría pensar que nuestros juicios y decisiones son racionales, imparciales, consistentes y fruto únicamente del análisis detallado de la información pertinente, la verdad es que a menudo están sesgadas por factores superficiales e irrelevantes, como la apariencia de un rostro, aseguran los autores del trabajo.

En los últimos años se ha demostrado que las personas asocian rasgos faciales específicos con la personalidad de un individuo. Por ejemplo, consideramos que las caras que tienen rasgos más femeninos o que parecen más felices son más dignas de confianza.

Además, admitimos sin cuestionarlo que esos rasgos faciales van unidos a una mayor competencia, dominio y amabilidad. Y, dando una vuelta más de tuerca, advierte este nuevo trabajo, nos dejamos guiar por estos rasgos faciales sutiles y arbitrarios incluso para tomar decisiones importantes. Por ejemplo, votar a un candidato político o formar un juicio sobre el sospechoso de un crimen.

Esta es una tendencia humana preocupante que hay que corregir, o al menos mitigar, porque las caras no son predictores válidos de los rasgos de una persona, advierte el autor principal de la investigación, Christopher Olivola, de la Universidad Carnegie Mellon. Esa tendencia sesga nuestras decisiones, que se ven influidas por lo que lo psicólogos llaman el efecto halo. Un término acuñado en 1920 por el psicólogo Edward Thorndike, a partir de sus investigaciones llevadas a cabo en el ejército.

Thorndike observó que los oficiales atribuían características positivas a sus superiores una vez que habían descubierto en ellos una cualidad positiva. O al revés. Lo que traducido significa que si alguien tienen un rostro agraciado le añadimos, "por la cara", otra serie de características positivas -inteligente, simpática, agradable- sin haber comprobado si las tiene o no.

Como han demostrado numerosos estudios, formamos impresiones de líderes basadas en su apariencia facial y también escogemos así a nuestros amigos e incluso nuestra pareja. Se sabe, por ejemplo, que los candidatos políticos con caras agradables son más propensos a ganar las elecciones que los que tienen un aspecto facial menos agraciado, que unimos a la etiqueta "más incompetente". De la misma forma un rostro con aspecto dominante es un predictor de alcanzar un rango alto en el ejército. Ni Darwin, estudioso también de las emociones, se libró de este tipo de juicios: El capitán del Beagle estuvo a punto de no admitirle en su barco. El motivo: la nariz del naturalista no era propia de una personalidad resuelta, arguía el marino. Afortunadamente no se dejó llevar por esa primera impresión y Darwin pudo recoger datos para su teoría de la selección natural como fuerza evolutiva.

Sin embargo, de esas decisiones basadas en la primera impresión depende nuestro éxito en la vida. Es más esas falsas atribuciones sesgadas por la apariencia pueden acarrear también graves consecuencias en el sistema jurídico y el ámbito financiero. También se sabe que somos más propensos a condenar a personas cuyos rostros se nos antojan poco fiables o culpables, mientras que tener una cara que parece digna de confianza fortalece la capacidad de un individuo para atraer inversiones financieras y préstamos. Respecto a esto último, sobran comentarios...

Para no dejarnos llevar por este sesgo que atribuye cualidades positivas a determinados rasgos faciales, lo mejor es seguir el dicho: las apariencias engañan. Se impone, aseguran los autores del trabajo de la Carnegie Mellon, investigar los méritos de los líderes a los que pretendemos votar "por la cara", para no tener luego que “botarlos”.