Música

El último vals de Leonard Cohen

Día 04/10/2012 - 17.58h

El cantante canadiense seduce y emociona al Palau Sant Jordi con un antológico concierto de más de tres horas

inés baucells
Leonard Cohen, anoche en Palau Sant Jordi de Barcelona

Al final habrá que acabar dándole un abrazo o mandándole una cesta de fruta a Kelley Lych, la malvada asesora financiera que arruinó a Leonard Cohen y, por extensión, le hizo recuperar la sana costumbre de actuar en directo, quitarse el sombrero ante varias miles de personas y, en fin, firmar magistrales lecciones de elegancia contenida como la que protagonizó anoche en el Palau Sant Jordi de Barcelona.

Sonará mezquino, sí, pero al final sus penas se han convertido en nuestras alegrías y el propio Cohen, vestido de nuevo para seducir y encandilar, parece haber redescubierto a sus 78 años la magia del directo y una intimidad que, pese a las 12.000 personas que casi llenaron el recinto, empezó a estrecharse en cuanto el canadiense apareció al trote sobre el escenario y se arrodilló junto a Javier Mas para susurrar eso de "Dance Me To The End Of Love". Porque, al final, de eso se trata, ¿no? De bailar hasta el final; hasta que el cuerpo o el amor aguanten.

"No sé si nos volveremos a ver, pero prometo que esta noche os lo daremos todo", anunció Cohen antes de deslizarse suavemente por las atrocidades de "The Future" e hincar de nuevo las rodillas en la alfombra para desplegar las alas, una vez más, de su "Bird On The Wire". Su voz, esa garganta de dulce gravilla seducida por las más bellas palabras, volvió a ser el timón y la brújula; el atronador termómetro musical y espiritual de una noche en la que, en efecto, Cohen y su gang de impecables instrumentistas lo dieron todo. Literalmente: no se adivinaba horizonte, final ni casi principio, en una majestuosa travesía cronológica que tomaba impulso desde el lejano "Songs Of Leonard Cohen" y acababa aterrizando en el reciente "Old Ideas".

Pocos cambios

Sin alejarse demasiado del guión de su última actuación en la ciudad hace tres años, apenas unas cuantas escapadas hacia su trabajo más reciente para airear letanías como "Darkness", "Amen" o "Going Home", el canadiense no faltó a su palabra y, durante más de tres horas, recorrió a ritmo de vals apocalíptico ese campo minado de corazones rotos, versos fracturados y malabarismos entre lo carnal y lo espiritual que es su discografía con inmensa elegancia. Cuidando hasta el más mínimo detalle, arracándose de dentro unas canciones que, con los ojos cerrados y los poros bien abiertos, saltaban del escenario como valiosos regalos mecidos por teclados y violines y aupados por las habilidosas manos de Javier Mas, Cohen se reivindicó en Barcelona como pletórico cartógrafo de la belleza.

Y así, con las arcas llenas pero con la necesidad imperiosa de seguir compartiendo sus canciones, Cohen, el atribulado poeta de sombra decadente y aire enamoradizo, el gentlemen esquivo de pose ascética y emociones a flor de piel, cruzó de nuevo el fuego para pasar de "Sisters Of Mercy" a "In My Secret Life", se hizo con una guitarra para acariciarle el lomo a "Who By The Fire", renovó los votos de "Hey, That's No Way To Say Goodbye", "Suzanne" y "Tower Of Song" e incluso se apartó del foco para que fueran las tres coristas quienes defendieran "Alexandra Leavin'" y "Coming Back To You".

El último baile

No faltaron los guiños, las reverencias y las ovaciones, así como los versos rasgados de "The Partisan" y "So Long, Marinanne", la apuesta canalla de "I'm Your Man", las inevitables y jugosas menciones a "First We Take Manhattan","Famous Blue Raincoat" y, en fin, todas esas canciones con las que Cohen sigue reivindicándose como pletórico artista en la cumbre.

Y aunque al final no echó mano de "Closing Time", una de las canciones más o menos fijas en esta gira, el bardo canadiense se despidió, una vez más a ritmo de vals, mirando de reojo a los Drifters con "Save The Last Dance For Me" e invitando al público, una vez más, a guardarle un último baile. Un último vals que, quién sabe, bien pudo ser el de anoche.

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NATIVIDAD PULIDO Es uno de los artistas más singulares del Renacimiento español. Se dedicó exclusivamente a la pintura religiosa, pero fue tremendamente original

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